café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera.
Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que
aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á
abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron.
Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había
hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la
cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y
vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió
la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una
condecoración.
--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.
--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.
Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora
violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.
Una mirada había causado todo aquello.
Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada
hay más sencillo. Una mirada es una chispa.
La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en
lo desconocido.
La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en
la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días
tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en
que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se
sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó.
La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.
Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera
de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción
que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda
la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas
misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos
á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura
en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro
porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una
criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa
máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la
pasión.
VII
=Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=
El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la
inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana
y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el
éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario
para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por
su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda
religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer
término, y vino el amor.
Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al
Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de
servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad
que la joven le miraba.
Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no
pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al
instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente
no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de
los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo
profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo
menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía
inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco
cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos,
tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual,
por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador.
Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el
hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos
rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial
maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee
desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada
al otro.
Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado
por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba
prosiguiendo el paseo.
Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto
de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario
les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa
falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y
á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo;
entonces Mario se marchaba. Otra falta.
Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había
pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor
iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido
una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las
tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había
hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de
abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco,
fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él
con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario
no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre,
ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía;
adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar
conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó.
¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su
corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios
para dormirse.
--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.
Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del
bolsillo.
Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el
Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón.
La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo
manifestaba por medio de señas imperceptibles.
--¡Oh pudor!--decía Mario.
VIII
=Hasta los inválidos pueden ser felices=
Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos,
debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis,
experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué
uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y
pasear por la alameda.
Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y
la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de
Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una
manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.
De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras,
encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo
desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en
un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los
faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido
más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga,
dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita.
Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.
La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto
encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la
alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera
habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa
de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un
culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el
Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía
celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón
humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de
la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de
aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable;
la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría
causado mayor placer.
Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda,
volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde
se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y
feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas,
con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».
Éste fué «su primer disgusto».
Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando
una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y
encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la
pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de
San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme
sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó
notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le
pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había
dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad
cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan
contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna
de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba
ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al
inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra
«Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar;
pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante
tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo
demás, la pasión crecía, llegando á la locura.
IX
=Eclipse=
Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que
ella se llamaba Úrsula.
Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido
mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella
felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.
Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del
Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo
cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa:
siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos
frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia.
Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo,
la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se
llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de
mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.
Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego
que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos
y preguntó muy resuelto al portero:
--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?
--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.
Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á
Mario.
--¿Interior ó exterior?--preguntó.
--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.
--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.
--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo,
que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.
--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.
El portero alzó la cabeza, y dijo:
--¿Sois acaso de la policía?
Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.
--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y
que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.
Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo
cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando
se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía
acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo
pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral,
se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al
Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.
Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del
tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la
luz.
Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la
tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas.
Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni
período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor
al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija
no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes
conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día.
Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los
cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el
corazón.
Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en
ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es
ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce,
hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras
del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.
Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni
había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie
en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.
No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso
estaba completamente á oscuras.
Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:
--¿El señor del piso tercero?
--Ha desocupado,--contestó el portero.
Mario vaciló, y preguntó débilmente:
--¿Desde cuándo?
--Desde ayer.
--¿Adónde ha ido á parar?
--No lo sé.
--¿No ha dejado su nueva dirección?
--No.
Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:
--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de
policía?
FIN DEL TOMO PRIMERO