El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las

opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo.

Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas

todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo

modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas,

las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del

señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre

todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_,

sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni

realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista:

era _bouquiniste_[15].

No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por

tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía,

la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo,

de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros

en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho

de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico

no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre

el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las

flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir

peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas

combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan

célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba

á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del

semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y

silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser

algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo

demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á

una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había

cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó

alguien:

--¿Pero no habéis estado casado nunca?

--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no

le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el

lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose

en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota

en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el

reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito

y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas

iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía

por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle

Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos

al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había

tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y

de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos

géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre

volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso

bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos

herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un

sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado

á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago

regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de

dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo,

risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después

de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un

librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran

ideal la aclimatación del añil en Francia.

Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja

era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere

de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba

perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus

pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá

de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus

papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de

misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama

vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf

la llamaba _la tía Plutarco_.

Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y

agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud

amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario

estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y

había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y

éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.

Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como

cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para

el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma

de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su

hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis

en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de

venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_

se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un

comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la

campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones

de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus

libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse

en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un

trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín

costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos

de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou,

y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras

y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie

de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año

tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó

de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en

esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos

para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto

del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y

pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya

tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran

admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á

decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por

una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor

frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente

sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta

lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése

razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden,

se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es

verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son

extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son

la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor,

todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor

Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero

profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un

péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho

tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se

detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco

costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un

día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto;

leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es

afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y

que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las

manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un

oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es

verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba

llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas

muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre.

Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro

ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.

V

=Pobreza muy próxima á la miseria=

Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente

cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas

sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á

Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los

boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas

menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del

día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre

el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes

le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una

fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando

sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y

habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No

se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron,

cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había

rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de

hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde

Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en

los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario

se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales

bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche,

y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos

de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por

todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros

más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las

botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando.

La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución

de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era,

pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas

opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía

ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por

el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre

la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se

dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un

poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que

un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de

meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas

de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin

nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo

lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de

la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al

cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los

castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado

fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de

Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En

efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de

otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su

imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en

el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva,

aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada

sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma,

que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores

del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas

y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre.

Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual

sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario

le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable

familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa,

apenas sabía que tuviese vecinos.

--¿Y por qué los despiden?--preguntó.

--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

--¿Y cuánto es?

--Veinte francos,--dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por

esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.

VI

=El sustituto=

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése

de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una

segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer

vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á

Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga

necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de

aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar

otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á

veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma

un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la

Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo

encontrar, porque se trataba de su favorito:

--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

--¿Qué Teódulo?

--Vuestro sobrino.

--¡Ah!--dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un

Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le

sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era

de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno

de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces,

esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina

debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar».

Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de

la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra

y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la

plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se

necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los

demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo

vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido

por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento:

«El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien

vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

--Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

--Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó

con cierta timidez:

--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo

involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de

paisano.

--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á

pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos,

hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los

dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón!

¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando!

¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar

mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que

vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería

ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á

las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién

van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto

todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá

allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y

los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía:

¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras,

imbécil. Éstos son los republicanos.

--Es verdad,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse

carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano.

En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque

tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los

habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que

el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre

Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la

guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa

por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el

aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un

veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un

verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es

lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de

decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que

el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es

_Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en

francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son

las barbaridades de estos tiempos!

--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres?

¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer

vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de

ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant!

Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para

estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor

de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las

piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes

del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez;

repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos,

chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo,

botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno

servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta

muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente

prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden

la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la

legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero

en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican

el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de

las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública!

¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive

Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos,

y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia

Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el

de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz

adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son

menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos,

haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar!

Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable

globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo

proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer

periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y

el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y

el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los

periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué

en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás

vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

--Es evidente,--dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento,

el lancero añadió magistralmente:

--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que

el _Anuario militar_.

Gillenormand prosiguió:

--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque

siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano

para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde,

en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El

filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas

caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del

gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el

muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas,

con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos

de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso

es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un

crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia

virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que

seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque

fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad

y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores

míos.

--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había

empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y

dijo:

--Sois un imbécil.

NOTAS:

[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.

[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como

_Bouddha_, el dios Buda.

LIBRO SEXTO

LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

I

=El apodo: manera de formar nombres de familia=

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 62 / 64 段