el reloj.
--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en
la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.
--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.
--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.
El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía
á setenta francos.
--Me quedan diez francos,--dijo Mario.
--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras
aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto
será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos
muy lentamente.
En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en
los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.
Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de
su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro,
en una cajita cerrada.
Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta
muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia
suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le
quedaban tres francos.
La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de
acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca
de aquel bebedor de sangre?
Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer
deudas.
NOTAS:
[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.
LIBRO QUINTO
EXCELENCIA DE LA DESGRACIA
I
=Mario indigente=
La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no
era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se
llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin
pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo,
porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero
viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra
cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del
portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las
humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase
aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á
tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo.
En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad
de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque
andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la
juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una
vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta
vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y
admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes;
crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en
un ser despreciable, ó en un semidiós.
Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay
valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la
sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia.
Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna
fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el
aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen
sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes
ilustres.
Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la
miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez
engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la
altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.
Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable
cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la
tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del
crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba
furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se
veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas
cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo
el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba
el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un
profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la
carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó
siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre
dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que
asaba él mismo, vivía tres días.
El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el
tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó
nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió
constantemente, diciendo que nada necesitaba.
Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución
que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro;
pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac;
pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién
había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le
volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró
con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde:
Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual
hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto,
lo hacía con las tinieblas de la noche.
Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado.
Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y
donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y
completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca
exigida por los reglamentos.
Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.
Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de
una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand
tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro
pedazos y la arrojó al cesto.
Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que
estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía
siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:
--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo
abogado y barón.
II
=Mario pobre=
Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por
tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de
cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo
arregló Mario Pontmercy su existencia.
Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante
de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad,
había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales.
Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le
había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la
literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos,
traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.;
producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos
vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.
Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de
treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde
no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles
eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina,
para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco
de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con
este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro
sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la
tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau,
frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins.
No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media
ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente,
por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á
vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada
majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y
todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le
devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos
tenía comida y sonrisa.
El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y
tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.
Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau
el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por
diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es,
en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta
de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos
menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba
alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la
ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total
no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban
cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á
un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En
cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le
había «suprimido».
Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los
días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más
que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la
lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre
rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.
Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años:
años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero
Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia
de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase
testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En
su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á
decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más
que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede
abofetearla.
Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos
días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone
cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma,
vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en
otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora
rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer
retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era
tímido hasta la aspereza.
En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por
una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y
hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener
su jaula.
Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el
corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento
entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á
quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido
sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la
metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del
recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era
una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel,
y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su
agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y
abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina
y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes
esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel
tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.
Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy,
en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado
sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus
ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle
ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también,
con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber
conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco
acierto de sus pesquisas.
Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra
en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo
en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y
de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le
debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle
en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la
vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto,
Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su
sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No
me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal
era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.
III
=Mario crecido=
En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado
á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos
términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado,
volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría
llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el
abuelo Gillenormand era la olla de hierro.
Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón
de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había
tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño,
que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le
profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo
de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no
aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya
hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario.
Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de
cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro
vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por
lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que
volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel
setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los
años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre
no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo,
y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar
del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su
blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no.
Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen
tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también
es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario
había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido
dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por
él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en
el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su
alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera,
y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento
dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas
veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!
En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era
para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado
por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella
probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del
señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar
nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención
que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso
importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le
ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba
triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El
señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».
Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como
á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la
amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero
se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo
para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera
indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y
por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le
satisfacía y le agradaba.
Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una
expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde,
por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que
no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos
y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez
comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio
de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la
indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era
sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras:
_será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su
pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su
corazón.
Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un
niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria,
repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando
acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el
de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia
la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material
en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos
inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien
distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la
caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás;
ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más
altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su
pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar.
Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el
espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que
sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad,
que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios.
Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.
Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que
medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo
y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la
naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las
almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia,
á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á
medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra
parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca
miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza,
su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa,
sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus
dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo,
aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el
sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere
gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los
éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies
en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á
veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce,
pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo;
bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos
ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace
digno.
Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo,
se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación.
Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se
había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo
del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días
enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las
mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había
planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo
posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al
trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la
vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer
de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las
formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras
necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.
Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no
podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las
inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.
En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el
señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el
abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con
los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba.
¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo
de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro,
trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.
Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel,
le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo
regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil
quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar
asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de
Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo;
ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y
bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así
como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.
Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer
extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había
entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían
quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente
cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más.
Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor
Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la
revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por
haber conocido y amado á su padre.
_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.
Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.
Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente
tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por
casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él
había sido la vela, no el cualquiera.
En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era
incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.
Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que
digamos sobre él algunas palabras.
IV
=El señor Mabeuf=