Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos

el reloj.

--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en

la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.

--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.

--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.

El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía

á setenta francos.

--Me quedan diez francos,--dijo Mario.

--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras

aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto

será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos

muy lentamente.

En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en

los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.

Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de

su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro,

en una cajita cerrada.

Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta

muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia

suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le

quedaban tres francos.

La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de

acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca

de aquel bebedor de sangre?

Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer

deudas.

NOTAS:

[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.

LIBRO QUINTO

EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I

=Mario indigente=

La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no

era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se

llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin

pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo,

porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero

viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra

cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del

portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las

humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase

aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á

tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo.

En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad

de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque

andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la

juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una

vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta

vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y

admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes;

crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en

un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay

valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la

sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia.

Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna

fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el

aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen

sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes

ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la

miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez

engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la

altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable

cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la

tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del

crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba

furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se

veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas

cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo

el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba

el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un

profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la

carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó

siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre

dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que

asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el

tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó

nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió

constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución

que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro;

pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac;

pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién

había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le

volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró

con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde:

Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual

hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto,

lo hacía con las tinieblas de la noche.

Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado.

Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y

donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y

completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca

exigida por los reglamentos.

Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.

Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de

una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand

tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro

pedazos y la arrojó al cesto.

Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que

estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía

siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:

--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo

abogado y barón.

II

=Mario pobre=

Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por

tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de

cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo

arregló Mario Pontmercy su existencia.

Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante

de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad,

había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales.

Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le

había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la

literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos,

traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.;

producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos

vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.

Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de

treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde

no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles

eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina,

para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco

de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con

este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro

sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la

tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau,

frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins.

No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media

ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente,

por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á

vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada

majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y

todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le

devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos

tenía comida y sonrisa.

El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y

tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.

Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau

el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por

diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es,

en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta

de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos

menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba

alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la

ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total

no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban

cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á

un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En

cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le

había «suprimido».

Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los

días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más

que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la

lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre

rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.

Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años:

años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero

Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia

de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase

testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En

su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á

decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más

que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede

abofetearla.

Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos

días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone

cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma,

vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en

otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora

rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer

retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era

tímido hasta la aspereza.

En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por

una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y

hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener

su jaula.

Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el

corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento

entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á

quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido

sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la

metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del

recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era

una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel,

y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su

agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y

abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina

y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes

esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel

tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.

Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy,

en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado

sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus

ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle

ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también,

con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber

conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco

acierto de sus pesquisas.

Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra

en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo

en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y

de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le

debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle

en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la

vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto,

Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su

sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No

me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal

era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.

III

=Mario crecido=

En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado

á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos

términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado,

volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría

llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el

abuelo Gillenormand era la olla de hierro.

Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón

de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había

tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño,

que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le

profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo

de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no

aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya

hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario.

Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de

cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro

vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por

lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que

volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel

setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los

años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre

no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo,

y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar

del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su

blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no.

Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen

tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también

es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario

había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido

dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por

él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en

el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su

alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera,

y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento

dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas

veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!

En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era

para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado

por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella

probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del

señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar

nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención

que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso

importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le

ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba

triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El

señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».

Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como

á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la

amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero

se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo

para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera

indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y

por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le

satisfacía y le agradaba.

Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una

expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde,

por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que

no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos

y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez

comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio

de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la

indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era

sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras:

_será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su

pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su

corazón.

Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un

niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria,

repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando

acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el

de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia

la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material

en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos

inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien

distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la

caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás;

ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más

altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su

pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar.

Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el

espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que

sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad,

que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios.

Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.

Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que

medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo

y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la

naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las

almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia,

á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á

medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra

parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca

miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza,

su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa,

sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus

dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo,

aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el

sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere

gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los

éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies

en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á

veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce,

pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo;

bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos

ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace

digno.

Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo,

se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación.

Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se

había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo

del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días

enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las

mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había

planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo

posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al

trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la

vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer

de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las

formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras

necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.

Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no

podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las

inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.

En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el

señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el

abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con

los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba.

¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo

de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro,

trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.

Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel,

le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo

regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil

quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar

asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de

Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo;

ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y

bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así

como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.

Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer

extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había

entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían

quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente

cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más.

Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor

Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la

revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por

haber conocido y amado á su padre.

_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.

Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.

Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente

tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por

casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él

había sido la vela, no el cualquiera.

En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era

incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.

Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que

digamos sobre él algunas palabras.

IV

=El señor Mabeuf=

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 61 / 64 段