Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela
de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la
vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa
que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se
cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La
felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El
Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre
que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo,
se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras
grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un
saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario,
un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un
jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene
derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías;
el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno
y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la
dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan
con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II
hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el
cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de
las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino
del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena
hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando
de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul.
Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas;
pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era
discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo
robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á
mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras
perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un
defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la
prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á
fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto
de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César
ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató.
Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes
hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba
enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor
griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de
amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en
sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de
acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La
Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro.
La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y
el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy
poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer;
la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna
cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista,
¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito,
incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto,
desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte?
¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los
atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción,
como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto
de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El
hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el
gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en
los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de
Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio
en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato?
Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria.
Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia?
¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi
opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene
un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es
capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross,
mueren anualmente cien personas de hambre.
Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una
inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para
Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan?
Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el
_Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_,
¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos
extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba
la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras,
un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados
de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un
Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes,
muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el
palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de
insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación
del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y
generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del
ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo
de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale
más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué
os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis
mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias
complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel,
hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo:
¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo
más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres
más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan
reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París,
hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser
trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis
saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las
más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones,
bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de
traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo
soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto,
y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos
Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos
días.
Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en
su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo
más que _bebido_.
Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero
Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:
--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto
tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te
dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga!
el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el
hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es
una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable.
_Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía,
con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la
boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe
Dios de dónde está el diablo!
--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un
punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en
una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:
--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar
por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre
de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un
equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada
uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis,
arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é
hipotecables...
--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.
Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel,
un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba
bosquejando un vaudeville.
Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos
cabezas trabajadoras:
--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se
encuentra el asunto.
--Es verdad; dicta: ya escribo,
--¿Señor Dorimón?
--¿Rentista?
--Naturalmente.
--Su hija Celestina.
--...tina. ¿Y luego?
--¿El coronel Sainval?
--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.
Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que
aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo.
Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le
explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.
--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce
el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista;
presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.
En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al
dominó, y hablando de amores.
--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.
--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas
hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres
quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces
parece caso de conciencia.
--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!
--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa
alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas
fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo,
pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí
la paz.
--La paz es la satisfacción de la digestión.
--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes
á quién aludo?
--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.
--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.
--¡Ah!
--Yo en tu lugar la plantaba.
--Esto es muy fácil de decir.
--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?
--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies
pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos
más gitanos. ¡Me tiene loco!
--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y
producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de
cuero, de lana. Esto da carácter.
--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.
En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana
disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan
Prouvaire por romanticismo.
Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una
vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su
entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.
--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal
vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses
son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal
como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan
de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las
apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía,
para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan
no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces,
tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que
para algo está en la cascada de Pissevache.
En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta
otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba
con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de
la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía,
mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.
--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde
el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito.
No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir
Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras
de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos
millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760,
según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce
mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta
otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición,
dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente
la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las
ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y
mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los
principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional.
Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey
al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de
la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta.
Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un
pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el
derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!
Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la
irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la
desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama;
Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis
XVIII, limitándose á decir:
--La Carta metamorfoseada en llama.
Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa
llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno
y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos
del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil
encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una
especie de alegre bombardeo.
V
=Dilatación del horizonte=
El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable
particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar
el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La
carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los
impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada
uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado.
Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la
perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales
conversaciones.
Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de
palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que
se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet,
Combeferre y Courfeyrac.
¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que
quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la
oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet
terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:
--18 de junio de 1815: Waterloo.
Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca
de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar
fijamente al auditorio.
--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso
en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca.
Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario
detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad
significativa de que el principio es pisoteado por el fin.
Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el
silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:
--Tú quieres decir el crimen por la expiación.
Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario,
muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.
Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba
de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito
separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:
--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.
Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que
iba á empezar algo.
Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud
de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.
Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar
el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:
--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es
grande porque es Francia. _Quia nominor leo._
Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse
hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del
extremecimiento de sus entrañas:
--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla
asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre
vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes
somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo
decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto
que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os
creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué
admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no
consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?
«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo
de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba
como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el
rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son
Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma;
dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides;
en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de
Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con
Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los
otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos,
como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear
unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le
impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su
hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los
ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían
los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes
gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los
reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de
la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en
la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus
dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el
arcángel de la guerra!».
Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce
siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua.
Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:
--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo,
ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y
asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar
y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus
granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á
paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en
el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á
César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas
vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por
despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz
palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole,
Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de
los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés
por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el
gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así
como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar,
fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza
de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes;
conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es
sublime. ¿Hay algo más grande?
--Ser libre,--dijo Combeferre.
Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó
como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse
dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí.
Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de
salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.
La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba
gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas,
no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á
traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando
se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y
he aquí lo que cantaba:
Si César me hubiera dado
La gloria de las batallas,
Obligándome á dejarle
El cariño de mi madre,
Le hubiera dicho al gran César:
Recoge el cetro y el carro,
Que yo prefiero mi gusto,
Como prefiero á mi madre.
El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción
cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió
casi maquinalmente: ¡Mi madre!...
En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.
--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.
VI
=Res augusta=
Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad
triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en
el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de
trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del
fruto, vienen más tarde.
Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía
rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no
quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos
religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la
otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de
murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera
luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía
de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado
irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante,
sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de
haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar
otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas
las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su
alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos;
temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente
aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al
café Musain.
En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles
serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan
olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.
Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:
--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.
--Sí.
--Pues me hace falta dinero.
--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que
hablarle,--dijo Mario.
Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.
Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que
estaba como solo en el mundo y sin parientes.
--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.
--No lo sé,--respondió Mario.
--¿Qué pensáis hacer?
--No lo sé.
--¿Tenéis dinero?
--Quince francos.
--¿Queréis que os preste?
--Jamás.
--¿Tenéis ropa?
--Ésta.
--¿Y alhajas?
--Un reloj.
--¿De plata?
--De oro. Éste.
--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.
--Corriente.
--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.
--Y las botas.
--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!
--Tendré bastante.
--Conozco un relojero que os comprará el reloj.
--Bueno.
--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?
--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.
--¿Sabéis inglés?
--No.
--¿Sabéis alemán?
--No.
--Tanto peor.
--¿Por qué?
--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de
enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó
ingleses. Lo paga mal, pero se vive.
--Aprenderé el inglés y el alemán.
--¿Y entretanto?
--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.
Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.