Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo,

maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia,

atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda

encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de

_escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto

como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser

una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á

desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el

efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al

tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa:

_abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía

un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de

Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita,

pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones

higiénicas.

Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano

señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para

canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en

no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al

año.

Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el

respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos;

por eso tienen entendimiento».

Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los

demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar.

El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la

ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento

penetrante, y pensador más de lo que parecía.

Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía

informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.

Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.

El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado

á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en

1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le

presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una

administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).

El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el

nombre escrito así: _Lesgle_.

Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo

sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis

antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este

mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle,

y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y

por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si

por inadvertencia ó á propósito.

El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se

firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban

Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de

esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_.

Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su

especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía

de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido

comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa

como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le

había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.

En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo

aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida,

le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de

ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas

se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa

prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los

reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo

de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último

céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba

en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba

cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad

hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala

suerte!» le decía.

Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva,

abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer

despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien

francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio

de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las

botas_».

Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado;

estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces

ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más

frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que

Bossuet.

Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido

estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los

veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la

lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y

ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al

Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la

sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad,

se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía.

Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen

humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico

y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas,

llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.

Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón,

lo cual es indicio de espíritu sagaz.

Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse

en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.

Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos,

llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus

padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas,

doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran

jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su

pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión

alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.

Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.

En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos

espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba

allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se

firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se

guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían

aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el

del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había

buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del

Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes

pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo

blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo;

además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato,

lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era

además desmesuradamente feo.

La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy,

indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es

imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba

tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo

quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía

generalmente solicitado.

Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre,

contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad,

civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi

completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa

carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en

la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que

una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios

en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo

de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado

con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca

que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con

frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin

cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del

«Viva Enrique IV».

No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era

ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre:

Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién

se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus

absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por

las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un

escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley

de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta;

nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el

sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á

los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía

en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin

explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza

casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba

instintivamente á su contrario.

Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se

adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se

apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien.

Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles.

Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía

pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la

amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción;

pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser

el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y

Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición

de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se

escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece;

es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de

estos hombres; era el revés de Enjolrás.

Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del

alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.

Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.

Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo

de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su

placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores

del vino. Le toleraban por su buen humor.

Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este

borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire

era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás,

rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás:

¡Qué hermoso mármol!

II

=Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=

Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con

los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba

sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain.

Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo

más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar

recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de

los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance

que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que

modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por

otra parte, bastante vagos.

La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que

medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie

de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de

dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién

pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba

dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado

saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito

con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.

Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al

joven del cabriolé:

--¡Señor Mario Pontmercy!

El cabriolé interpelado se detuvo.

El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.

--¡Eh!--dijo.

--¿Sois el señor Mario Pontmercy?

--Sin duda.

--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.

--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía

de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto

nunca.--No os conozco.

--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.

Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una

broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para

ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux,

imperturbable, prosiguió:

--¿No estabais anteayer en la cátedra?

--Es posible.

--Es cierto.

--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.

--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya

comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba

pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en

tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta

francos perdidos.

Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:

--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz

muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los

que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no

escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba

mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente.

Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás

ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie

responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario

Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije

rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista.

Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen

discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño

pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno

de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler

por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace

novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que

quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera

Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra

pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y

repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_

Y esto hizo que no se os tildara.

--¡Caballero!...--dijo Mario.

--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.

--No os entiendo,--dijo Mario.

Laigle continuó:

--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder,

y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta

fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de

que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de

Meaux, y me llamo Lesgle.

--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!

--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita:

_¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la

benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es

Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era

muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.

Mario exclamó:

--¡Siento muchísimo!...

--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas

frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había

mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su

rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_.

Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la

disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la

lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante.

Dios le borró como él me borró á mí.

Mario repitió:

--Siento mucho...

--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más

puntual en lo sucesivo.

--Os pido mil perdones....

--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.

--Lo siento en verdad...

Laigle soltó una carcajada.

--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me

salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni

atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que

me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros

solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?

--En este cabriolé,--dijo Mario.

--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién.

Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.

En este momento salía Courfeyrac del café.

Mario sonrió tristemente.

--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo

luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.

--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.

--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.

--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.

--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el

Águila).

--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.

Courfeyrac subió al cabriolé.

--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.

Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la

fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.

III

=Admiraciones de Mario=

En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la

época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario,

junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él.

Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la

expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.

Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía

charlatana. Se les mira y conoce desde luego.

Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:

--Á propósito: ¿tenéis opinión política?

--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.

--¿Qué sois?

--Demócrata bonapartista.

--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.

Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain,

murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución.

Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus

camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no

comprendió: un discípulo.

Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque

silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.

Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte,

por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella

bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le

llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso

vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus

ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se

llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas.

Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de

religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y

como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar

el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre,

había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer

con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El

prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse.

Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro

batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.

Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía,

en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu

tímido todavía.

Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de

tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia

favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo

Combeferre replicaba:

--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos

en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su

razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan

el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la

creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que

no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un

grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la

volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia

clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.

Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo

Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.

Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle

Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en

ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se

componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna

criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.

Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:

--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus

hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.

Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador.

Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás

decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._

Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._

IV

=La sala interior del café Musain=

Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las

cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un

verdadero sacudimiento en su espíritu.

Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos

los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El

quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de

otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se

callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre

camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello

tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos

á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los

cuatro extremos.

Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no

fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en

cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».

Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había

apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 59 / 64 段