--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un

hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á

la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido

hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla;

de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en

el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte

heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió

en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país

y á mí.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra

_República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido

repentinamente.

Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho

en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de

fragua sobre un tizón ardiente.

De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á

resplandeciente.

--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu

padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es

que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos

son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos!

¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno!

¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron

todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de

Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á

su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los

ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de

ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.

Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de

pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote

que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un

pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales

cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de

ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su

abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?

Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su

padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.

Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro

de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su

abuelo, gritó con voz tonante:

--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era

indiferente.

El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco

superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque

de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente

con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en

silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea,

atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una

estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija,

que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo

sonriéndose, con una sonrisa casi serena:

--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden

continuar bajo un mismo techo.

Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente

ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo

hacia Mario gritándole:

--¡Vete!

Mario dejó la casa.

Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:

--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y

nunca más volváis á hablarme de él.

Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en

qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de

tres meses.

Mario, por su parte, había salido indignado.

Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación.

Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas

domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los

verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo

los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin

repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era

obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito

por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y

Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día

no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el

testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por

el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal

desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada,

todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?

Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en

el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un

coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el

barrio latino.

¿Qué iba á ser de Mario?

NOTAS:

[13] _pendu_, ahorcado.

LIBRO CUARTO

LOS AMIGOS DEL A B C

I

=Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=

En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta

calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades

de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase,

estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio

movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha

igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que

debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en

demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada

con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí

resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á

Napoleón y á la libertad.

Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel

tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano,

variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el

liberalismo bonapartista.

Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio;

ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se

entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma

rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en

los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la

meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir.

La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.

Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio

amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso,

signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza

en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las

insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.

No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones

subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano;

pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras.

La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras

afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.

¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por

objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el

mejoramiento de los hombres.

Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le

quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque

estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el

_Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército;

dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_

como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc.

Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión;

casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir

héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una

taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del

Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café

Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba

en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en

una sala interior del café Musain.

Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un

largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta,

que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y

se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.

En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de

la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de

policía.

La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial

inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que

pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre,

Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly,

Grantaire.

Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad.

Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.

Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades

invisibles que están detrás de nosotros.

Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más

hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de

que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.

Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá

después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible,

y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver

la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en

alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la

tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa.

Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente;

era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado

de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote

de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados,

el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente

espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un

horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del

pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad

excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes

horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós

años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese

en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el

derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino

hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.

Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los

pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que

á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían

para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo

que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de

mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la

vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado.

¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado!

Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de

Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio,

aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos

ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento,

aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos

dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y

tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada

sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y

enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el

querubín formidable de Ezequiel.

Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución,

Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía

de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar

á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última

consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba

á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en

los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución,

decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría

á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de

Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era

más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho

divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con

Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más

que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos

dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el

otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y

_Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era

tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la

palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana

hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los

teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización

de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire

había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de

la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la

otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que

era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón

con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que

encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa

_bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la

Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera

los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la

colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos

del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de

educación.

Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del

nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la

circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en

la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la

estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos

llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales,

las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de

nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio,

purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo

«hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños:

como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones

quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo

eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban

poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano

por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los

que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las

posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear

con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz

de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y

atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la

enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para

ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos;

y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un

incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se

ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho

mejor el alba.

Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de

lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con

la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La

precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un

93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque

veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la

espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago

de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.

Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados

de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras

revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso,

al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero

irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría

arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir

con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución

de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de

continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en

mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos,

llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste

en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y

Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel

de alas de cisne del ángel con alas de águila.

Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba

Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y

profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de

la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de

flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía

de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza

el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado

una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente

delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición,

y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía

lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto

se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el

griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro

poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille

á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la

ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba

casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía

tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios;

estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales:

el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la

libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la

miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición,

el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por

la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás,

era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba

los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se

sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.

Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que

ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un

pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á

lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer

y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el

corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había

hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.

Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que

hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con

la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos

_la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la

historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel

cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él

representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la

Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres,

á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La

Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria

sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la

gran violencia de 1772 le sublevaba.

La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era

elocuente con esa elocuencia.

Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772,

del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen

de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas

esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer

sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de

bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la

repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos

corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni

un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y

rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina

el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El

congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772

es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.

Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella

le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de

eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como

Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor

en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y

flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia

vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste

siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas

no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se

borra la de un pañuelo.

Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de

las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de

aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es

que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media

del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía

obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin;

el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque,

Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no

quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.

Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á

decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.

Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría

llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde

después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies

al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.

Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones

sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele

de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo

que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac

en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac

era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la

diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que

existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés

se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.

Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los

otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de

un centro, la redondez y la irradiación.

Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con

motivo del entierro del joven Lallemand.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 58 / 64 段