Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que

no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si

su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido

y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido,

cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre!

¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo!

¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de

lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus

vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan

pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de

su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á

cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave;

se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un

nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él

como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento

natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.

Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se

explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido.

Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes

cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á

quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas

ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían

rancias, se indignaba y sonreía.

De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la

rehabilitación de Napoleón.

Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin

esfuerzo.

Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido

de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones

de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar

á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había

explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres.

Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y

para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado

hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814

hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo

terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser

grotesco; desde Tiberio al Coco.

Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó

reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca

acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las

cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su

carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que

odiaba á Napoleón.

Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los

materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á

los ojos de Mario.

Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca

de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á

subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después

con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los

escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los

luminosos y espléndidos del entusiasmo.

Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba

encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana

abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á

mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!

Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer

como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces

más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es

imponente.

Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas

escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el

nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á

sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase

en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre

á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo

poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso

regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería;

de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en

las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos

después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales.

Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante.

De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza

secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de

la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso

infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!

Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el

usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus

hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador

de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo

campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta

una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El

emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien

admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo

más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo

al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso

arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis

XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación

pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es

decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus

defectos, poderoso en sus crímenes.

Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á

decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de

Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz

que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se

levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero

dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una

revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús

el Hombre-Dios.

Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una

religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba

quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una

pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable

le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la

idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es

decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo

brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.

Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por

donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo

abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al

juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria

de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.

Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes

la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había

cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió

una vuelta en redondo.

Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo

sospechase.

Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel

de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata,

de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario,

profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador

de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en

que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».

Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en

él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.

Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en

ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.

Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre,

á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado

veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho,

desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre

ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven

grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á

la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las

opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un

puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió,

los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos

de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos

estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo

del padre y al padre del hijo.

Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á

su abuelo.

Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan

sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y

con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía

era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los

exámenes, las conferencias, etc.

El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco

eso.

Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.

--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir

la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento

de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la

posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con

motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.

--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.

Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho,

algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.

VII

=Algún amorcillo=

Hemos hablado de un lancero.

Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el

cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida

de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las

condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial.

Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y

llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario

no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.

Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía

Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes

permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita

Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo

su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un

viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había

respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando

las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La

señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando

escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta

interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de

corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un

misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente.

Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo:

y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos

receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.

Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.

Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo

acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto

á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del

Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé.

Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su

silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la

nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo

de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja,

mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver

entrar en su cuarto un lancero.

--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.

--De paso, tía.

--¡Pero, abrázame!

--¡Ya está!--dijo Teódulo.

Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.

--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?

--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.

--¡No es posible!

--Matemáticamente.

--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.

--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es

muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan

á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar

por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».

--Toma por la molestia.

Y le puso diez luises de oro en la mano.

--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un

poco el cuello con los cordones del uniforme.

--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.

--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso

especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á

propósito, tengo que preguntaros una cosa.

--¿Cuál?

--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?

--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo

de su curiosidad.

--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.

--¿Y qué?

--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he

visto su nombre en la hoja de la administración.

--¿Qué nombre?

--Mario Pontmercy.

--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como

tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!

--Como yo.

--Pero tú es por obligación, y él por desorden.

--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.

En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor.

Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y

dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:

--¿Sabes que tu primo no te conoce?

--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse

en mí.

--¿Y vais á viajar juntos?

--Él en el imperial y yo en la berlina.

--¿Adónde va esa diligencia?

--Á los Andelys.

--¿Y va allí Mario?

--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo

en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.

--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario!

¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!

--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.

--Oye, Teódulo.

--Ya oigo, tía.

--Préstame atención.

--Estoy atento...

--¿Estás?

--Estoy.

--Pues bien; Mario hace escapatorias.

--¡Eh! ¡Eh!

--Viaja.

--¡Ah! ¡Ah!

--Duerme fuera de casa.

--¡Oh! ¡Oh!

--Quisiéramos saber la causa.

Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:

--Cuestión de faldas.

Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:

--Alguna muchacha.

--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor

Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la

palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el

sobrino. Y añadió:

--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no

te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla.

Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.

Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle

conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de

sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:

--Como usted quiera, tía.

Añadiendo para sí:

--Ya estoy convertido en chaperona.

La tía Gillenormand lo abrazó.

--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la

disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y

fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una

muchachuela.

El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón

Cartouche, elogiado por su probidad.

La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin

sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que

hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó

roncando toda la noche.

Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón!

¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo

despertó.

--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.

Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su

tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los

hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.

--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el

levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también

en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á

menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta

Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á

la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué

diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?

En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció

en la vidriera de la berlina.

--¿Mario será éste?--dijo el teniente.

En efecto, era Mario.

Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una

muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:

--Flores para las señoras, caballeros.

Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su

cesta.

--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto

mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que

sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.

Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de

los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.

Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas

mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada

á su alrededor.

--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.

Mario se dirigió hacia la iglesia.

--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas

sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una

mirada pasando por encima de Dios.

Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y

desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.

--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.

Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la

vuelta Mario.

Al llegar allí, se quedó estupefacto.

Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la

yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la

fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera

negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE

PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.

La chica era una tumba.

VIII

=Mármol contra granito=

Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París.

Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».

El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado

encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y

singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que

inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió,

pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada

algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras,

y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía,

tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido

consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores

de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes

en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo

así, una especie de resonancia en París.

Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa

de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la

diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora

de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear

más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el

cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.

El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos

fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo

con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de

abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.

Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el

octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la

buhardilla, ya Mario había salido.

La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón

negro.

--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.

Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita

Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.

La entrada fué triunfal.

El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la

otra.

--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber

lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya

tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.

En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy

semejante á un medallón.

El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla,

con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre

diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para

él.

--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se

lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso

mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan

mal gusto!...

--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más

que un papel cuidadosamente doblado.

--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que

es; ¡un billete amoroso!

--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.

Desdoblaron el papel y leyeron esto:

--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de

Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi

sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno

de él».

Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se

quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una

palabra.

Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:

--Es la letra de aquel acuchillador.

La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de

nuevo en la cajita.

En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito

oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió,

y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.

Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario

de Pontmercy._

El viejo llamó, y acudió Nicolasita.

Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en

medio de la sala, y dijo:

--Llévate esos arreos.

Pasó una hora larga de profundo silencio.

El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro,

pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la

hora, dijo la tía Gillenormand:

--¡Magnífico!

Algunos minutos después apareció Mario.

Estaba de vuelta.

Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo

que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con

su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:

--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué

quiere decir esto?

Mario ruborizándose ligeramente, respondió:

--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.

Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:

--Tu padre soy yo.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 57 / 64 段