de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas,
aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de
anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto
del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban
por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á
título de corrección.
Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El
barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora
son demagogos; digámoslo en elogio suyo.
En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más
superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una
urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase
de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen
enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre
todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían
tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase
á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á
otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin
duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese
apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había
llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien
inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando
al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca
«vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».
Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo
cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas
admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que
cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al
corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido
desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en
el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de
derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.
Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era
apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia,
parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos.
En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes,
completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía
que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el
sepulcro.
Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su
diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones
de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á
nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban
embalsamados, los criados rellenos de paja.
Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y
arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis
criados».
¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.
Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya
desaparecido. Expliquémonos:
Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre
del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se
arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia
en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar
por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en
el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar
descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en
nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de
hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.
El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las
Restauraciones.
No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en
1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico
de la derecha.
Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco
al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del
alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes
que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado.
Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo
y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que
nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración;
grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con
ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen
y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y
nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también
sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su
monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del
Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas
que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los
compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón.
Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el
insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de
orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un
sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_.
No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo
ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no
existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él
alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos
parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto,
ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos
revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren
rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su
misión; y que pronto abren terribles profundidades!
Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y
cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.
Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias.
Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet,
publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón
era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una
concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor
de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.
Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818
empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso
que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los
doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban.
Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba
convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar.
Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac
abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido
crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban
en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado.
Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un
liberalismo conservador, y se les oía decir:
«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha
traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es
fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar,
no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas
seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la
Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las
nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de
nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de
él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento
de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué
falta! ¡Qué ceguera!
«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir,
á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata
á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á
la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila;
nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener
siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el
escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc,
que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos
nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de
lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo?
No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por
qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á
toda la Francia?»
De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo:
descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.
Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación
caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos
aquí nuestro bosquejo.
En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado
en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y
al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los
perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace
rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos
afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á
ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo
tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle.
Era la Francia de otros tiempos.
Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir
de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno
profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que
empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los
años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era
realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y
cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.
Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo,
religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.
IV
=Fin del bandido=
La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la
despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós
al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo
á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del
Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella
Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y
cansino, de que hemos hablado anteriormente.
En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á
su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.
--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.
--¿Para qué?--preguntó Mario.
--Para ver á tu padre.
Mario se estremeció.
En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese
que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más
sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía
obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un
trabajo pesado.
Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido
de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus
días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que
así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era
amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.
Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand.
El abuelo añadió:
--Parece que está enfermo, y te manda llamar.
Y después de un rato de silencio añadió:
--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las
Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma
billete. Dice que corre prisa.
Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera
podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día
siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una
diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.
Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.
Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á
encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del
señor Pontmercy?...».
Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no
reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.
Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla
en la mano.
--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.
La mujer permaneció inmóvil.
--¿Está aquí?--preguntó Mario.
La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.
--¿Puedo hablarle?
La mujer hizo un signo negativo.
--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.
--Ya no os espera,--dijo la mujer.
Mario observó entonces que la mujer lloraba.
Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.
En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la
chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en
camisa y tendido sobre los ladrillos.
Éste era el coronel.
Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba
orando el otro.
El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral;
al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió
al señor Gillenormand llamando á su hijo.
El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á
Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado
del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo
no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los
ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.
Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el
cura llegaron tarde.
También había llegado tarde el hijo.
Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del
yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los
ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se
había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.
Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez;
aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no
miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los
que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos,
y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló
aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella
frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que
aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.
La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro
cualquier muerto.
Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La
criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar
también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba
igualmente.
Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de
su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.
Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación
embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para
hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.
Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar
así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!
El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el
entierro.
La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual
estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:
«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de
Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi
sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno
de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:
«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se
llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo
de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le
encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».
No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte,
que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el
papel y se lo guardó.
Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un
prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y
saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en
abrojos y maleza, y murieron.
Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del
entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes,
sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.
Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.
Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.
V
=Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=
Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un
domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la
Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído
y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un
pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo
de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf,
capillero_.
En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:
--Caballero, éste es mi sitio.
Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.
Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de
distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:
--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de
distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído
impertinente, y debo daros una explicación.
--Es inútil, caballero,--dijo Mario.
--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí.
Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor.
¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por
espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre
padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo,
porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que
sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre
estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El
padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba
á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo
lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la
costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo
derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía
un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar
al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo
fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No
desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas
que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya
estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á
un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según
creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así
como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un
sablazo.
--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.
--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?
--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.
El anciano obrero juntó las manos y exclamó:
--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues
bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.
Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.
Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:
--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que
me ausente por tres días?
--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.
Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:
--¡Algún amorcillo!
VI
=Consecuencias de haber encontrado á un capillero=
Á dónde fué Mario, más adelante se verá.
Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué
directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió
la colección del _Monitor_.
Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el
_Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos,
todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera
vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran
ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á
cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H.
El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de
Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á
conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella
especie de león-cordero, que había sido su padre.
Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y
todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.
Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en
casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:
--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el
viejo:
--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una
pasión.
Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.
Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas.
Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta
la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir
estas frases paso á paso, é indicarlas todas.
Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.
El primer efecto fué un deslumbramiento.
La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces
más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre
crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de
ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de
tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de
temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just,
Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón.
No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco
fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los
actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el
Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió
á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en
dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico
restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa
impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del
pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su
conciencia que todo aquello había sido bueno.
Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera
apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí.
Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos
no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por
lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.
Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su
patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había
tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.
Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.