Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas

pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es

preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida

de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde

consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte

encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas

las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa

del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente

por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien

recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es

el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se

admite á los ladrones con tal que sean dioses.

El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no

tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro

anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje

abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y

metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de

Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.

Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa

de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su

nombre de Valois.

En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era

absolutamente de buen género. Tenía autoridad.

Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su

jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente

altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta

impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una

venerable aureola.

Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia.

Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á

Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y

fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de

Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo

aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él,

_no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta

respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á

ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos

de este género fundan una situación.

En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al

príncipe de Talleyrand, y dijo:

--_He ahí á su Excelencia el Mal._

Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de

todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la

intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que

uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la

superioridad del viejo hidalgo.

Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella

_prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y

representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco,

sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba

jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones:

¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de

quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su

padre era «un bandido del Loira».

Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien

hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».

II

=Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=

Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón,

y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será

sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de

alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del

parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana,

vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba

cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja,

calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo

casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á

la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando

casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno

de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que

se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda

del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse

si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños:

son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río,

y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía

en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de

aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con

una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni

lugareña.

El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo

por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda

su ocupación.

Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua,

había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas

dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la

naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la

formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos

raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba

el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando,

andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de

tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas

enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de

algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de

una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos

del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche

que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era

tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que

á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor

Mabeuf, un buen anciano.

Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso

de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo.

Éste era el bandido del Loire.

El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las

biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera

podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy.

Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de

Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge

fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la

monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída

del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira,

en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno

de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también

otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de

Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre

el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha

desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber

en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo

roto de un balazo.

Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta

granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert

fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente.

Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en

aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido

artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su

antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable,

gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos

del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto

de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas.

El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los

soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque

mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la

driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de

las fragatas británicas.

Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y

apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba

tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba

atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher,

que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En

Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al

coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones,

distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada,

verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la

guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de

línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella

tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente

caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack

en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por

Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de

línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo

en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor

de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y

tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo.

Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio.

Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina,

y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros

de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las

orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición

de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos,

y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él

en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del

brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa

de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues

tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir,

igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como

oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada

por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales,

como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes

é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era

jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien

cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los

pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido,

al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El

emperador, satisfecho, le dijo:

«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».

Pontmercy respondió:

--Señor, os lo agradezco por vida mía.

Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge

Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.

Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo,

sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse

al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los

acantonamientos del Loire.

La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es

decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando

como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le

reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de

coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre

«el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca

azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de

la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un

intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta

condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa:

ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no

os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se

atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el

comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al

señor comandante Pontmercy».

Devolvióles las cartas sin abrirlas.

En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las

cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy

había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma

saliva que su emperador.

En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar

á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.

Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de

Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es

permitido llevar mi cicatriz?

No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había

alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella

vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos

campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El

viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en

ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven

obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer

por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar,

digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño

hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo

había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo

entregaban le desheredaría.

El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al

lado, dedicó su cariño á las flores.

Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba.

Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las

grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó

acordándose de Austerlitz.

El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel

era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero».

Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna

alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que

Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser

éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como

un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal

quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo

obrar bien, sacrificándose únicamente él.

La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la

señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había

sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su

hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía

que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle

de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus

cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la

atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como

naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración

lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así

decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su

padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.

Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el

coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia

que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en

que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de

que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin

atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de

cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.

De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el

señor Mabeuf.

Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había

visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había

fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la

gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de

varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero;

su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su

hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en

él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos,

bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que

trajo tras sí luego otras muchas.

El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón.

El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como

Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto

hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel

cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos

sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un

viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa;

el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de

arriba; no hay otra diferencia.

Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía

Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que

parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba

el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el

abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.

III

=Requiescant=

La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy

conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la

vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más

tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al

entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que

aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas

personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno

suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.

Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que

se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis,

que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres

bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo

Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas

en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por

una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos

grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que

no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos

palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las

contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino

patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.

Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella

tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de

órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba

bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el

príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos

grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo

escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de

aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor

que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****,

buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy,

columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El

señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en

1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio

por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el

obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico,

mientras que él lo era como soldado.

Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante

la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día;

llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que

sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una

costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la

tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas,

y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos

diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord

de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero

de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón

corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en

aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de

devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado

debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y

por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un

filósofo un baile.

Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien

Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene

cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur,

predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde,

ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin

botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados;

además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo

de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y

otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno

de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de

la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di

santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa

poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y

por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl******

T*******.

El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años

después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos

en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de

Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en

casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y

Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que

enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad

era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella

época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la

calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******,

se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del

cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in

partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».

El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por

su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís,

y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable

por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través

de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la

Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían

ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie,

recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta,

sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos,

aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la

gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el

marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******,

el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto

señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir,

príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia

y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía

decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son

los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución

en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba,

según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor

Gillenormand reinaba allí.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 55 / 64 段