cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le
contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el
gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la
que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera
de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años.
Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas!
Uno de sus juramentos era: _¡Por el pantuflo de la pantuflada!_ Tenía
otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero
que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand
por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba
su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz;
he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo
decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras
que más frecuentemente pronunciaba, eran: _el hombre sensible_ y _la
naturaleza_. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le
ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas
sátiras domésticas.
La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo,
le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene
tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un
tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas
de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto,
á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas,
los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más
que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras
costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos
tampoco, pero arañamos.
II
=Á tal amo, tal casa=
Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa
propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número
habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las
calles de París.
Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado
entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de
los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los
dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en
los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas
de laca, de Coromandel.
Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer
grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de
estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de
una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente
el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un
gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una
colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en
las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne
hecho á los galeotes, con destino á su querida.
Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo
materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había
tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el
palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera
podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.
En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre
su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo
que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era
entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que
no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos,
con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.
Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los
_increíbles_ del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y
había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes
solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón
corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las
faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: _La revolución francesa es
una gavilla de salteadores_.
III
=Lucas-Espíritu=
Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido
el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas,
entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la
Sallé.
Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una
bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años
como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba
grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:
--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez
que la vi en Longchamps, rizada á lo _sentimental_, con _ven á verme_
de turquesas, vestido de color de _recién llegado_, y con su manguito
de _agitación_!
Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de
la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como
un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le
vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco
encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en
la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los
periódicos, _los papeles de noticias, las gacetas_, como los llamaba
él, reventando de risa.
--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann!
¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico:
¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían
tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su
verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de
las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta
tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era
la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las
perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.
Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y
le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.
IV
=Aspirante á Centenario=
Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era
su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien
llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI
ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer
el recuerdo de su coronación. _El duque de Nevers_ era para él la gran
figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le
sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había
reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil
rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.
Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la
tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían
en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio
para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó
doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio,
diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de
hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789;
repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y
cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le
cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él
elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse.
Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: _estoy
seguro de que no veré dos veces el noventa y tres_.
Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.
V
=Vasco y Nicolasita=
Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:
«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer
propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos,
que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que
un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los
cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.
«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de
todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación
de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los
procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á
los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los
contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete
y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y
desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y
particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella
la satisfacción de arruinarle».
Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando
por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes
de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo
estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia,
unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían
extinguirse con él.
No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna.
Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por
ejemplo, el de trocarse _en bienes nacionales_; había asistido á las
conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por
lo que decía: _todo eso irá á parar á la calle Quincampoix_ (esto es,
al trapero).
La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya,
como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando
entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á
los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés,
Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de
cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era
natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto
á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que
hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante
cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los
conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el
señor Gillenormand.
--Treinta francos.
--¿Cómo os llamáis?
--Olimpia.
--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.
VI
=Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos=
En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso
de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía
todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y
origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el
de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal;
á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía
alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en
una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante
recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas,
que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.
El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos.
Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién
quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué
abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor
cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado
por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y
qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una
admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo
de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una
de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal
de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de
una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del
amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno
de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo
de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada
de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces?
«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide,
puesto que él no tiene la culpa».
Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba
Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño.
Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos
chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos
al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las
andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á
verlos de cuando en cuando.
Y así lo hizo.
Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers
treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. _Le he
perdido joven_, decía.
Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que
por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se
encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación
prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del
cielo.
En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna,
la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si
hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería
que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un
día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una
manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:
--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas
porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros.
¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido
robado como en un bosque, pero de mala manera. _¡Silvæ sint consule
dignæ!_
Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una
hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta
años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un
soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República
y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el
grado de coronel en Waterloo. Es _la deshonra de mi familia_, decía el
viejo burgués.
Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la
chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.
VII
=Regla: no recibir á nadie más que de noche=
Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún
perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre
en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era
venerable.
Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande.
En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand,
que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido
en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No
se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber
ya cumplido los ochenta años.
Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La
principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente
cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere,
sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta.
Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla,
decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo
encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se
cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey.
Antigua elegancia de su tiempo.
VIII
=Las dos no hacen pareja=
Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían
nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían
parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido
lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora,
amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y
música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea,
unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor
tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier
acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho
hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres
de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las
arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de
continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una
en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una
como un ángel, como un ganso la otra.
Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en
nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el
hombre que había soñado, pero murió la pobre.
La mayor no pudo llegar al matrimonio.
En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos
narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de
las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que
pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de
su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la
_Señorita Gillenormand mayor_.
En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado
puntos á una _miss_. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un
recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.
La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su
pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba
los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el
mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto
menos amenazada está la fortaleza.
Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la
inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de
lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.
Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de _Mojigata_
con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita
Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una
medio virtud y medio vicio.
Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de
la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco,
murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba
el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un
altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los
fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y
al través de grandes rayos de madera dorada.
Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora
Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el
gusto de ser un águila.
Después del _Agnus Dei_ y del _Ave María_, la señora Vaubois, perfecta
en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de
inteligencia.
Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido
al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No
había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años
desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración.
Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que
ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el
estupor de una vida que terminaba sin haber empezado.
Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado
del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su
hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona
no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos
debilidades que se apoyan mutuamente.
Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo,
un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor
Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á
veces con el bastón levantado:
--_¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded
tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!_... etc., etc. Le
idolatraba. Era su nieto.
Ya veremos nuevamente á este joven.
LIBRO TERCERO
EL ABUELO Y EL NIETO
I
=Una tertulia antigua=
Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba
distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le
admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento,
primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era
hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la
condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener
influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son
bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía
en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio
respeto.
En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con
Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.
Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa
de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y
respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI,
embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida
fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había
muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez
volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos
dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora
de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una
corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la
corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble,
altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á
su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban
su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo,
daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta,
sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los
burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo
bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey,
más tarde Carlos X.
Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que
á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las
mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como
ésta, dirigida á los «federados»:
Recoged en los calzones
la camisa que se sale,
no digan que los patriotas
levantan bandera blanca.
Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos
inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como
éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban
parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa:
Para afirmar el trono removido en su planta
hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.
Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara
abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que
resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo
alegremente.
En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía,
para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también
cantaban su _Ça ira_:
¡Ya irán, ya irán, ya irán
los bonapartistas del farol á colgar!
Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta
cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.
En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba
partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista».
Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía
por el último extremo de la injuria.
Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos
gallos.
El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois,
del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el
Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías
singulares.