coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla».
Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe
leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un
punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas
las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830
imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en
las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie,
vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar
con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de
Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó
al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de
oro, le dijo: _ahí también hay una pera_. Al pilluelo le gusta mucho la
bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto
día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba
haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del
número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte.
El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el
nuncio.
No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le
presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces
ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y
que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le
cosan el pantalón.
El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de
policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle
su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo.
Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee
como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir
inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un _traidor_, Zutano es _muy
malo_; éste es _grande_, aquél _ridículo_»; (y todas esas palabras,
traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación
particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe _á
la gente_ pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la
manía de tirar de las orejas á las _gentes_, etc., etc».
IX
=El antiguo espíritu de los Galos=
Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los
mercados; y los hay también en Beaumarchais. La _pilluelería_ es una
vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le
da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero
se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía
travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que
tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles
de París; de pequeño había _inundado los pórticos_ de San Juan de
Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de
Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro.
El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los
dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero
buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata
coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los
crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los
motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un
héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra
era un pilluelo de París; grita: _¡Adelante!_ como el caballo de la
Escritura dice: _¡Va!_ y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.
Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á
Barra.
En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser
que se distrae, porque es desgraciado.
X
=Ecce París, ecce homo=
Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como
en otros tiempos el _græculus_ de Roma, es el pueblo niño que lleva en
su frente las arrugas del mundo viejo.
El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una
enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.
La luz sanea.
La luz alumbra.
Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las
letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres.
Iluminadlos para que os calienten.
Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se
establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y
entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa,
tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París;
entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.
El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.
Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la
prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas.
Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo
y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa
de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio
de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una
Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la
opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su _majo_ se
llama majadero, su _transtiverino_ se llama arrabalero; su _hammal_
se llama matón de plazuela; su _lazzarone_ se llama pillastre; su
_cockney_ se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte
se encuentra en París.
La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas
de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda
Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el
granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre
prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo
que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto
la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el
erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella
el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por
Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y
Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado
en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma,
Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en
la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo
ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre,
como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda
en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los
Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de
Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de
la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del
Thesprion: _quis properantem me prehendit pallio?_ El vino de Surenne
parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre
parejas con la gran copa de Balatron.
El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los
mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por
cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.
Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene
nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en
Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán;
el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita
Uumoumié de Damasco.
París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita
Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la
visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la
griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si
Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París
combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos
codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón.
Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con
números viejos del _Constitucional_ y crea á Chodruc Duclós.
Por más que Plutarco diga: _el tirano no envejece_, Roma, en tiempo
de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua
en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto
doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: _Contra Gracchos Tiberim
habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci._ París bebe un
millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega
el caso, de tocar generala y somatén.
Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no
es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con
tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le
entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni
aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario,
que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego
de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno
de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la
danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con
sus miradas á la _loreta_, de igual manera que la encubridora Estafila
acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo;
pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César.
La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si
Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y
Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los
genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai
pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno
hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.
París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén,
Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también
todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.
Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta
eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y,
gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este
prolongado carnaval.
XI
=Reir es reinar=
París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación
que se ríe á veces de los que subyuga. _¡Complaceros, oh atenienses!_
exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y
hace más que la moda, la rutina.
Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo;
pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve
París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta
la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad!
¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen
consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y
que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y
otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad
soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes
surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus
obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo
como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica
toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus
caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la
civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su
truhanería.
Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á
todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche
del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de
su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas
las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á
Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á
Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla,
en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en
Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído
de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's
Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los
Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á
Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo
allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset
en Barcelona.
Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre;
sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su
filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á
Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada
minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la
boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos
los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja
son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de
sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de
todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas.
Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su
luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de
Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides.
París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.
Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del
universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo
es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es
audaz.
La audacia es el precio del progreso.
Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del
atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta
Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie,
que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la
premedite; es preciso que Dantón se atreva.
El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_.
Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre
las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades
deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora
es audaz cuando aparece.
Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar
cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco
miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como
insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los
ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza.
El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el
botafuego de Cambronne.
XII
=El latente porvenir del pueblo=
En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es
siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto
hemos estudiado el águila en el gorrión libre.
En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí
conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el
pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces
del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos,
en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la
Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama
Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho.
Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué
importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no
sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su
desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas?
Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz,
luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las
revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?
Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad
alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas
públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad
los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad
verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta
multitud puede llegar á ser sublime.
Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes
que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies
descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa
abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal.
Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.
La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se
funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él,
Galileo y Newton descubren los astros.
XIII
=El niño Gavroche=
Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que
hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el
boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo
de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del
pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de
su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío
y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre,
que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su
madre.
Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin
embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni
su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre
todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.
Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la
calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.
Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.
Había empezado por sí mismo á volar.
Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto,
chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al
chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y
los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se
incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar,
ni cariño, pero estaba contento porque era libre.
Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del
orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos
se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.
Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que
otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi
madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín;
bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal,
llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el
número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.
En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y
adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa
rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en
París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos
pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués
entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas
de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las
cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia
el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.
La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto,
habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho:
Nunca faltarán mujeres viejas.
Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable
en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado
sucesivamente en su alma.
Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia
de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas,
los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas
celdas de que hemos hablado anteriormente.
Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su
extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse
Jondrette.
Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una
frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_,
el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era
portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese
alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó
tal vez por un español, ése seré yo.
Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí,
encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa;
el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le
preguntaban:
--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.
Cuando se iba le preguntaban:
--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.
Su madre le decía:
--¿Pues qué vienes á hacer aquí?
Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas
yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le
molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que
debían ser un padre y una madre.
Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.
Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban
á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?
Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.
Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos
que unen á sus individuos.
El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el
último al extremo del corredor.
La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.
Digamos ahora quién era este Mario.
LIBRO SEGUNDO
EL NOBLE BURGUÉS
I
=Noventa años y treinta y dos dientes=
En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún
algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen
señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este
buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado
por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que
se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles
inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV,
los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en
nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli,
los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de
paso, en que se patentiza el progreso.
El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres
á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que
son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se
parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de
otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del
siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez
que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa
años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio,
comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se
ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero
decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á
las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy
viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera
arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una
renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta
de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se
ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han
estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya;
este gallardo viejo había estado bueno siempre.