Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba

viendo cercando corderos.

Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más

austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes

vivían más oprimidas que los presidiarios.

Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud,

atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa

más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.

¿Por qué?

Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio

de la sublimidad.

En tales meditaciones el orgullo se desvanece.

Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia

perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él

hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del

obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.

Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en

que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del

paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había

mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la

hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado

ante aquella religiosa.

Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.

Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores

embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres

graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban

lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como

el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de

ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después

reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente

acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas

las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la

segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio

volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en

el crimen; sin la segunda, en el suplicio.

Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.

Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.

NOTAS:

[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable

de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al

hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.

TERCERA PARTE

MARIO

LIBRO PRIMERO

PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO

I

=Parvulus=

París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión,

el hijo pilluelo.

Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra

toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un

pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto.

Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va

al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus

carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer

su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta

de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se

hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa

de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta

las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha,

inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado,

frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas,

habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón

nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las

perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios

quiere que sea inocente.

Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho?

respondería: Es mi pequeñín.

II

=Algunas de sus señas particulares=

El chico de París es el enano del gigante.

No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa,

pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero

generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa

cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle,

porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su

malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus

metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por

la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar

el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la

calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de

las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo

francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda

propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en

la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene

un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia

de chiquillos.

En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los

rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda,

el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de

dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y

no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita

en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos;

negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que

no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á

este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las

piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el

empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los

descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los

leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del

campo de Marte, renacuajos.

En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como

Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está

dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos

con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama

elevado hasta la farsa.

Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico:

¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á

entregar su obra?

Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de

anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:

--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.

--¡Yo, señor! Registradme.

III

=Es divertido=

Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio

de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa

aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití.

Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala

en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al

pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y

cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su

poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir

de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida,

malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.

Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.

El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo

decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es

por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la

señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba

sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita

_Muche_.

Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos

como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales,

caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las

encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama

y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos

los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra

sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco

hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el

Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El

pilluelo de París es Rabelais en pequeño.

No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.

Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones,

deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua

á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las

hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de

eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa.

Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!

IV

=Puede ser útil=

París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no

puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface

mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París

únicamente tiene esos tipos en su historia natural.

Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el

pilluelo.

Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se

anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades

sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo

se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir,

pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame

Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo,

Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.

Este niño crecerá.

¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un

puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y

siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño

ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado

con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y

populachero, ¿será un genio ó un beocio?

Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los

hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino,

hace del cántaro un ánfora.

V

=Sus fronteras=

El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de

sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco.

Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el

tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña

bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas,

que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París.

Observar los alrededores es observar un anfibio.

Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza

el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan

los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y

empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés

extraordinario.

De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares

poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el

epíteto de _tristes_.

El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de

París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado,

aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos

yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos

de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el

fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos

rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su

ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas,

aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira

con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en

las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes

y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos

inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía.

Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la

Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos,

el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del

Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón,

donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar

hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas.

La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver

en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles,

es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está

el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una

ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí

la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades

locales aparecen allí.

Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á

nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá

descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento

más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una

lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos

de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados

de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard

exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y

en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente

su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir,

allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio,

arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando

á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados,

sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen

una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en

venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas.

El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias

halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.

Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas,

sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el

ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres,

hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos;

de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz

del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al

pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios.

París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales

muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden

salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del

agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry,

Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le

Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly,

Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival,

Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son

los puntos donde termina el mundo.

VI

=Un poco de historia=

En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de

este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en

cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos

vagabundos abundaban bastante en París.

Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas

sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía

en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos

de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo

las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más

desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre

empiezan en la vagancia del muchacho.

Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á

pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa.

Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un

hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado

á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie

de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la

conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan

descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi

intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí,

y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones

populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea,

que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano.

Respirar el aire de París, conserva el alma.

Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente

el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en

cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia.

En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa

ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han

hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía

pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene

su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».

Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran

oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en

las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba

el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del

pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la

consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.

Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y

entonces espumaba las calles.

En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón,

crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay

escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no

va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se

quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces

en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como

las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto,

galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia

y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de

galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia.

Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una

procesión; actitud de hugonote; á galeras.

Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no

supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran

siglo.

En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía

los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con

horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del

rey.

Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos

encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres.

Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía

entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No,

á los padres.

VII

=El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India=

La _gaminería_ parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo

no basta quererlo.

La palabra francesa _gamín_, que traducimos no muy propiamente en la de

pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al

literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado _Claudio Gueux_.

Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.

Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre

sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy

respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de

las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el

patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de

la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por

haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado

que por poco le saca un ojo á un paisano.

Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo

parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle:

_Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto

caerse á nadie de un quinto piso!_

También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra

mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al

médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres _nos morimos solos_».

Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase,

descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora

del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta,

oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: _¡Habla el

clerizonte! ¡Qué hipócrita!_

Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser

espíritu fuerte, es lo importante.

Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á

otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la

sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada,

etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las

paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las

rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como

nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta

que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el

verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos

nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le

admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible

Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: _Le tengo envidia_.

En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine.

Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos.

Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno.

Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de

nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é

iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que

Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los

tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--_No os tiréis á la

cara el cesto_, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y

siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en

ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.

--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la

autoridad, añadió:--No me caeré.

--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme.

Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se

llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta

profundamente «hasta el hueso».

Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que

el pilluelo dice con más satisfacción es: _¡Yo soy más fuerte, vaya!_

Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.

VIII

=Donde se leerá una buena frase del último rey=

Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae

la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto

de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja

de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del

pudor y de la policía.

Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una

situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y

memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de

pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación

casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas,

hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 52 / 64 段