Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente

todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los

ojos abiertos le estaba mirando.

Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es

menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado

por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un

muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.

--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.

Y se incorporó quedándose sentado.

Fauchelevent cayó de rodillas.

--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!

Después se levantó diciendo:

--¡Gracias, señor Magdalena!

Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había

vuelto en sí.

La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi

tanto como Juan Valjean para reponerse.

--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he

llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados

dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco

furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo

de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría

comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué

historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin

de fiesta.

--Siento frío,--dijo Juan Valjean.

Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad.

Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué,

turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural

y siniestra del lugar.

--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.

Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.

--Antes de todo un trago,--dijo.

La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió

un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.

Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.

Tres minutos después había salido de la fosa.

Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo

necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada

del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la

tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el

bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.

Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron

el ataúd vacío.

Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:

--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.

Cerraba ya la noche.

Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar;

en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La

anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué

necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.

--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo;

moveríamos un poco los talones.

--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á

las piernas.

Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre.

Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero,

Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó

en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron

los dos.

--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor

Magdalena!

Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En

las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes.

La calle de Vaugirard estaba desierta.

--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la

vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el

número 87.

--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.

--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y

esperadme dos minutos.

Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por

el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la

obscuridad á la puerta de una buhardilla.

Respondióle una voz.

--Entrad.

Era la voz de Gribier.

Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como

todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de

trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de

manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama;

el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo,

que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca,

formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre

vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había

efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban

levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había

llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de

un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había

buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á

todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier

parecía desesperado.

Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para

fijarse en este lado triste de su triunfo.

Entró, pues, y dijo:

--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.

Gribier le miró estupefacto.

--¿Sois vos, provinciano?

--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del

cementerio.

Y dejó en el suelo la pala y el azadón.

--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.

--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que

la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado

al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que

el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince

francos. Esto es lo que hay, recluta.

--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer

enterramiento seré yo quien pague de beber.

VIII

=Interrogatorio feliz=

Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se

presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de

aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.

Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.

Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera

de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado

Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin

comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no

había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le

había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada

triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo

que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba

atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente».

¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras

pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No

digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos

como un niño?

Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan

Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el

hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un

abismo.

Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las

puertas se abrieron.

Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.

El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que

ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se

veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de

la puerta cochera.

El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí

pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido

Fauchelevent las órdenes de la priora.

La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado,

cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.

Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio

La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos

ojos bajos.

Después le interrogó:

--¿Sois el hermano?

--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.

--¿Cómo os llamáis?

Fauchelevent respondió:

--Último Fauchelevent.

Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había

muerto.

--¿De dónde sois?

Fauchelevent respondió:

--De Picquigny, cerca de Amiens.

--¿Qué edad tenéis?

--Cincuenta años.

--¿Qué oficio es el vuestro?

Fauchelevent respondió:

--Jardinero.

--¿Sois buen cristiano?

Fauchelevent respondió:

--Todos los somos en nuestra familia.

--¿Es vuestra esta niña?

Fauchelevent respondió:

--Sí, reverenda madre.

--¿Sois su padre?

Fauchelevent respondió:

--Su abuelo.

La madre vocal dijo á la priora á media voz:

--Responde bien.

Juan Valjean no había pronunciado una palabra.

La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre

vocal:

--Será fea.

Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del

locutorio, y después volvióse la priora y dijo:

--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se

necesitan dos.

En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y

las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta

del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á

dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento.

Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.

Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.

Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de

cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último

Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta

observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_.

Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette,

admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.

Es todo ello altamente lógico.

Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la

conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se

dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en

razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que

de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.

Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por

haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien

salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía:

me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias

á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido

eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el

Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard;

el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo

advirtió.

En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué

grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor

de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó

lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un

poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y

en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué

después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió

tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida

por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la

nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee

lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente

jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia

de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió

injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor

idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra

noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato

se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey

que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_.

IX

=Clausura=

Cosette en el convento continuó guardando silencio.

Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra

parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera

dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como

la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía,

hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había

precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á

tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á

la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no

se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:

--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.

Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las

colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los

vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió

al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse

Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho

alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en

un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al

lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó

un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?

El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que

él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la

satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole.

Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado

del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo

mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el

nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_.

Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de

Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de

salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent

el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya

fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque

estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó

aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en

estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio

de mucho más de un mes.

Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de

abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el

cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante

feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.

Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella

casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía,

como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo

las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor

[Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello,

por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo

destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un

papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea,

cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:

Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero

precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó

Fauchelevent.

Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo.

Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.

Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos

del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del

jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes

frutas.

Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.

Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan

bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría

á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su

presencia de alegría.

Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette.

La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de

debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante

las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette

jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.

Porque entonces Cosette ya reía.

El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había

desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa

las nubes del rostro humano.

Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento,

Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se

levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.

Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette,

á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es

cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que

está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan

Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la

Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado

sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde

que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á

nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría

concluido por volver al odio?

El convento le detuvo en aquella pendiente.

Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud,

en lo que había sido para él el principio de la vida, y después,

recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos

rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen

de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y

pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del

claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.

Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las

espirales sin fin de meditación.

Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes

se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas

les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les

toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían

lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible

chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela

en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos;

no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga».

Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi

convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado,

sumisos á la vara en la vergüenza.

Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.

Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos

bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio

del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí

azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre

entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos.

No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban

en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino

un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno,

y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso

de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis

meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían,

no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en

celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones

de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les

era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo,

era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando

empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y

rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.

En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno,

permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó

prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.

Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.

¿Qué habían hecho aquellos hombres?

Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran

bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.

¿Qué habían hecho estas mujeres?

Nada.

Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la

lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio,

todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la

inocencia.

La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción,

unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.

De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del

otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.

¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!

Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.

Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y

devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento

de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la

sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.

Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención;

tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el

segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo

lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman

muerte.

En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo

por la fe.

¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de

dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra

la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.

¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.

Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos

clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.

Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la

expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba

la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se

preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?

Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de

las generosidades humanas: la expiación ajena.

Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores;

nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos

sus impresiones.

Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre

más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los

hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura

aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado,

para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad

abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante:

débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de

los escogidos.

¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!

Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar

el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas

de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran

castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para

blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.

¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia

en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que

había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la

ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión

difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en

este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?

Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la

otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal

semejanza.

Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar

ángeles.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 51 / 64 段