--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si

tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la

fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un

viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y

yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá.

Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del

cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y

yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo

y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán

una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las

oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará.

Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os

he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté.

Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está

abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta

mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo.

Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el

cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas

sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo.

Se va, y os saco del agujero.

Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela

con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.

--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.

--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería

terrible!

V

=No basta ser borracho para ser inmortal=

Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de

la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro

fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas.

Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que

se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos

colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y

un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda

de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros.

Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se

dirigía al cementerio de Vaugirard.

Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja

de un escoplo y las puntas de unas tenazas.

El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de

París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo

que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio

por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de

los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del

Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de

ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había

pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á

una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el

cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas

de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse

el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella

el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de

caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas

á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y

habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo

tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol

desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.

Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro,

no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de

enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un

postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de

correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía

caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el

sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que

solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría

la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince

francos de multa.

Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría

administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de

Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna

medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un

membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los

bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al

Buen Membrillo_.

El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio

en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le

abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les

enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise

¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de

caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era

un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses,

con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de

algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente.

Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.

Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco

con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El

cojo que le seguía era Fauchelevent.

El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar,

la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los

muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada

había salido mal.

Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión

debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es

una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían

hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia

conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más

que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo

importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced

cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se

paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á

Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.

Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.

Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el

señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra,

habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una

de esas tranquilidades potentes que se comunican.

Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la

menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al

sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno

como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba

el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba

perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto,

completa.

Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente

al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y

dijo á media voz frotándose sus grandes manos:

--¡Vaya una farsa!

Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era

preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las

pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante

este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos,

apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado

de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes

bolsillos, y un azadón al brazo.

Fauchelevent miró á ese desconocido.

--¿Quién sois?--le preguntó.

El hombre le respondió:

--El sepulturero.

Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no

hubiera hecho un movimiento más expresivo.

--¡El sepulturero!

--Sí.

--¡Vos!

--Yo.

--El sepulturero es el tío Mestienne.

--Ha sido.

--¿Cómo... ha sido!

--Porque ha muerto.

Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un

enterrador.

Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza

de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.

Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para

tartamudear:

--¡Pero esto no es posible!

--Pues lo es.

--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.

--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino

Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.

Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.

Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un

médico desacreditado convertido en enterrador.

Fauchelevent se echó á reir.

--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío

Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir?

Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el

verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento;

era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada?

Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.

El hombre respondió:

--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.

El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la

calle principal del cementerio.

Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de

necesidad.

El enterrador iba delante.

Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.

Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que,

siendo flacos, son muy fuertes.

--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.

El hombre se volvió.

--Soy el sepulturero del convento.

--Mi colega,--dijo el hombre.

Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que

habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces

murmuró:

--¿Conque murió el tío Mestienne?

El hombre contestó:

--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le

hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que

morir.

Fauchelevent repitió maquinalmente:

--Conque Dios...

--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los

filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.

--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.

--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.

--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que

vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se

niega entre gentes de buena voluntad.

--Primero es el deber.

--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.

Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al

apartado de las monjas.

El sepulturero añadió:

--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que

coman, no puedo yo beber.

Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una

máxima:

--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.

El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal,

atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en

la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura.

Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del

carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de

invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.

Fauchelevent se aproximó al enterrador.

--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.

--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre

era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron

sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido

que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.

--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á

esta rama, demasiado débil en verdad.

--Lo uno no impide lo otro.

Fauchelevent no entendió esta frase.

--Vamos á beber,--dijo.

Aquí es indispensable una observación.

Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero

no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre

convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces

era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el

nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero

dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora

de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de

pagar.

El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:

--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío

Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo.

Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo

de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los

paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les

compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas

amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida,

compadre.

El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á

todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.

--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y

tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las

manos.

El carro fúnebre se detuvo.

El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.

Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de

tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.

--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.

VI

=Entre cuatro tablas=

¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.

Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y

apenas podía respirar.

Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en

todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan

Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera.

Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la

menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni

calma más completa.

De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La

tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.

Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases

del terrible drama que estaba representando con la muerte.

Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió

Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por

la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es

decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido

sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera

parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo:

aquí está la fosa.

Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en

las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.

Después tuvo una especie de vértigo.

Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el

ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su

acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo

del hoyo. Sintió una especie de frío.

Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan

claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que

no comprendía:

--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam,

et alii in opprobrium, ut videant semper._

Una voz infantil contestó:

--_De profundis._

La voz grave volvió á oirse diciendo:

--_Requiem æternam dona ei Domine._

La voz infantil respondió:

--_Et lux perpetua luceat ei._

Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas

gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.

Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de

paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á

Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré

de aquí. Es cosa de una hora.

La voz grave repitió:

--_Requiescat in pace._

Y la voz de niño dijo:

--_Amén._

Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que

se alejaban.

--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.

Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del

trueno que despide el rayo.

Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.

Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.

Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.

Cayó otra paletada. Después otra.

Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el

conocimiento.

VII

=Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=

He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan

Valjean.

Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron

en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos

del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada

en el montón de tierra.

Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.

Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:

--¡Yo soy quien paga!

Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:

--¿El qué?

Fauchelevent repitió:

--¡Yo pago!

--¿El qué?

--El vino.

--¿Qué vino?

--El de Argenteuil.

--¿Dónde está ese Argenteuil?

--En el _Buen Membrillo_.

--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.

Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un

sonido ronco.

Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con

una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:

--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_!

El enterrador llenó nuevamente su pala.

Fauchelevent continuó:

--¡Yo pago!

Y asió del brazo al sepulturero.

--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo

para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber

un trago.

Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta

reflexión lúgubre:

--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?

--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis,

consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.

Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.

--¡Argenteuil de á seis!

--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no

sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.

Y arrojó á la fosa la segunda paletada.

Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se

dice:

--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.

--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.

Y echó la tercera paletada.

Después, clavando la pala en tierra, añadió:

--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría

gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.

En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo

entreabierto el bolsillo de la blusa.

La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo,

y se detuvo.

El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante

para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel

bolsillo abierto.

La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir

los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.

Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo

advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo,

sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.

El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.

En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le

miró con cierta profunda calma diciéndole:

--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?

El enterrador se detuvo.

--¿Qué?

--Que va á ponerse el sol.

--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.

--Que se va á cerrar la verja del cementerio.

--¿Y qué?

--¿Tenéis la tarjeta?

--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.

Y buscó en sus bolsillos.

Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los

dos del chaleco, uno después de otro.

--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.

--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros

lívidos.

--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince

francos de multa!

--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.

El enterrador dejó caer la pala.

Habíale llegado su turno á Fauchelevent.

--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa

de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince

francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo

soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo

de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone,

que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á

cerrarse dentro de cinco minutos.

--Es verdad,--dijo el enterrador.

--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es

profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la

verja.

--Es verdad.

--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.

--¡Quince francos!

--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?

--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de

Vaugirard, número 87.

--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir

inmediatamente.

--Es verdad.

--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la

tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga

multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo

guardándole para que no se escape.

--Os debo la vida, provinciano.

--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y

partió corriendo.

En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus

pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y

dijo en voz baja:

--¡Señor Magdalena!

Nadie respondió.

Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que

bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:

--¿Estáis ahí?

Continuó el silencio en el ataúd.

Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo

y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan

Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.

Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y

apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el

ataúd. Miraba á Juan Valjean.

Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.

Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:

--¡Está muerto!

É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se

golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:

[Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó

quedándose sentado=]

--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!

Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es

un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes

emociones hablan en voz alta frecuentemente.

--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil?

¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha

muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el

cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay!

¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué

va á decir la frutera?

¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando

recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor

Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso

creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el

mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No

vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como

la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos!

Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó.

Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena!

¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer

ahora!

Y se arrancaba los cabellos.

Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era

la verja del cementerio que se cerraba.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 50 / 64 段