muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no
hubiesen desenredado nunca aquella madeja.
Fauchelevent se enjugó la frente.
La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo
después levantando la voz:
--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones;
después de muerta hará milagros.
--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y
esforzándose para no volver á tropezar.
--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión.
Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle
celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando
estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta
dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado
el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y
luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si
tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda,
os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo.
Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el
paraíso.
Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:
--Amén.
--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.
La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó
callado.
Ella prosiguió:
--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en
la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical
recogiendo admirables frutos.
--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde
el jardín.
--Y luego, que más que una difunta, es una santa.
--Como vos, madre reverenda.
--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de
nuestro santo padre Pío VII.
--El que coronó al emp... Buonaparte.
Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una
torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le
entendió.
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se
escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra,
y así se hizo. ¿No es verdad?
--Sí, reverenda madre.
--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo
la horca, y se hizo así.
--Es verdad.
--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió
que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la
losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen
sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los
muertos.
--Así sea.
--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche
Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla,
conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que
Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse
lo contrario?
--No, reverenda madre.
--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.
Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.
La priora continuó:
--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que
ha dormido por espacio de veinte años.
--Es justo.
--Es una continuación del sueño.
--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?
--Sí.
--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?
--Naturalmente.
--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán
--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.
--No; á bajarla.
--¿Adónde?
--Á la bóveda.
--¿Qué bóveda?
--Debajo del altar.
Fauchelevent dió un brinco.
--¿En la bóveda debajo del altar?
--Debajo del altar.
--Pero...
--Llevaréis una barra de hierro.
--Sí; pero...
--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!
--Pero...
--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre
Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la
capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo
sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.
--Pero eso está prohibido.
--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.
--¿Y si llega á saberse?
--Confiamos en vos.
--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.
--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de
consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre
Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del
altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros!
¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.
--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino
Pogonates.
--No obstante, el comisario de policía...
--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las
Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho
de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del
altar.
--Pero el inspector de la prefectura...
--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general
de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur
orbis_.
--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre
de salir del paso siempre que oía hablar en latín.
Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho
tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel,
llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró
ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes
esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al
dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó,
exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:
--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es
Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país
bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su
madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado
de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux;
tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué
quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro
de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se
llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al
monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims;
hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de
l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey
Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó
la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta
treinta y nueve en sólo un día.
¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo
fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha
producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas,
mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro
emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y
una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún,
después de mil cuatrocientos años.
¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De
un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la
vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración,
¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al
ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras
cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria.
Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio,
Fauvent!
Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su
gusto. La priora continuó:
--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie.
No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos
tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se
sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad.
Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo
San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen
eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto
de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI
no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!
No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y
se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un
bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal
de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y
Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin,
y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre
del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron
á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus
juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.
Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo,
es que hacía fullerías en el juego.
¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos
sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone,
obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa?
¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera
la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran
los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los
animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para
nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo
que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos
ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un
negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente
dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos,
para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con
los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador
Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón,
duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En
otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas
del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato
del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que
queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia
en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió
en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto
es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero
odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer
á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de
Achery.
La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:
--Tío Fauvent, ¿está dicho?
--Está dicho, reverenda madre.
--¿Se puede contar con vos?
--Obedeceré.
--Está bien.
--Estoy completamente consagrado al convento.
--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á
la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al
claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo
se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las
cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
--Y la hermana que esté en el poste.
--No se volverá.
--Pero oirá.
--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.
Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:
--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el
poste advierta que estáis allí.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué, tío Fauvent?
--¿Ha venido ya el médico de los muertos?
--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle.
¿Pero vos no oís ningún toque?
--No me fijo más que en el mío.
--Muy bien hecho, tío Fauvent.
--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.
--¿De dónde la sacaréis?
--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un
montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.
--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.
--¿Reverenda madre?
--¿Qué?
--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es
fuerte. ¡Un verdadero turco!
--Despacharéis lo antes posible.
--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría
mal un buen auxiliar. Cojeo.
--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El
emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á
Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.
--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que
en realidad tenía el oído un poco duro.
--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera.
Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de
hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que
todo esté concluido un cuarto de hora antes.
--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho.
Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya
allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían
mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la
bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no
va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda
madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?
--No.
--¿Hay más que hacer?
--Sobre la caja vacía...
Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora
meditaba igualmente.
--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?
--Le enterraremos.
--¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de
gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.
--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de
la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con
el paño mortuorio.
--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa,
conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.
--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent.
La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El
_ablo_ se le quedó atascado en la garganta.
Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.
--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que
si llevara dentro un cuerpo.
--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que
llenaréis así el vacío del ataúd?
--Queda á mi cargo.
El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó.
Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior.
Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora
levantó dulcemente la voz.
--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro,
acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.
IV
=Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=
Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan
fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba
perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del
jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca
de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto
del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:
--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero
volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive
aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una
señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la
Thénardier, obedece y no digas otra palabra!
Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.
Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.
--¿Y qué?
--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó
Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es
preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la
niña, es cosa fácil.
--¿La llevaréis?
--¿Se estará callada?
--Yo respondo.
--Pero ¿y vos, señor Magdalena?
Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:
--¡Pero salid por donde habéis entrado!
Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:
--¡Imposible!
Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean,
murmuró:
--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y
ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá
semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.
¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.
Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho
mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.
Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un
servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus
atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y
ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto
aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de
cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto
estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa
era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y
las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta.
Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría
el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el
cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría
á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano
sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había
dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después
del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera
al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta
es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.
--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.
Fauchelevent respondió:
--El ataúd de la administración.
--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?
--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad
y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día
siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd
y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la
caja, y no habrá nada dentro.
--Pues meted cualquier cosa.
--¿Un muerto? No le tengo.
--No.
--¿Pues qué?
--Un vivo.
--¿Qué vivo?
--Yo,--dijo Juan Valjean.
Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado
un petardo debajo de su silla.
--¿Vos?
--¿Y por qué no?
Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago
en un cielo de invierno.
--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha
muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí
tenéis.
--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.
--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?
--Sin duda.
--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?
--¿Y qué?
--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.
--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.
--Vaya por el paño blanco.
--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.
Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que
las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las
cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba
«la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un
transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el
arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.
Juan Valjean prosiguió:
--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un
medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese
ataúd?
--¿El vacío?
--Sí.
--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y
debajo del paño mortuorio.
--¿Cuál es la longitud de la caja?
--Seis pies.
--¿Y dónde está la sala de los muertos?
--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín,
la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da
al convento, y otra á la iglesia.
--¿Á qué iglesia?
--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.
--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?
--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la
de la puerta que da á la iglesia.
--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?
--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar
el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.
--¿Quién clava el ataúd?
--Yo.
--¿Quién pone el paño encima?
--Yo.
--¿Vos solo?
--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en
la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.
--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento,
ocultarme en dicha sala?
--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia
sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave
tengo en mi poder.
--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?
--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el
Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.
--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda
la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.
--Yo os llevaré que comer.
--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.
Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.
--¡Pero es imposible!
--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?
Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo
para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que
ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de
las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la
crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es
lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón
como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no
le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin
morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.
Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es
estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar
crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió
Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la
Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.
Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:
--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?
--Respirando.
--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de
la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.
--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?
--El que se evade no tose ni estornuda jamás.
Y Juan Valjean añadió:
--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó
salir en el carro de los muertos.
Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear
entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un
gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente
abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer
indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el
destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más
gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez
mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso.
Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y
murmuró:
--La verdad es que no hay otro medio.
Juan Valjean replicó:
--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.