que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin
cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia,
en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas
humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del
misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo
que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero
consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo
y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad,
arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas
á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.
LIBRO OCTAVO
LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
I
=Donde se trata de la manera de entrar en un convento=
En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent,
«caído del cielo».
Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle
Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche,
era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la
obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra,
era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla
cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del
jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.
Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como
hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena
hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por
Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.
Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me
quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el
cerebro de Fauchelevent.
Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.
Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía
que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en
las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le
impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean
más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición,
era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro;
el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si
era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que
esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le
admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en
un lugar imposible, era su salvación.
Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer
que nada comprendía.
¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del
jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.
¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se
escala llevando en brazos una criatura.
¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent
entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no
sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese
aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía
á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había
conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras
escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el
señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de
la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había
comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no
repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del
Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor
Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que
quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba
inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí
el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los
veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible
acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á
tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto:
Que el señor Magdalena le había salvado la vida.
Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí:
Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no
deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de
allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.
Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes
respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le
salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría?
Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.
Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!
Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel
pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y
voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la
sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las
imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de
San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta
toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin
vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y
viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en
el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino
del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.
Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en
aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por
hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.
Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.
Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación
es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de
esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío
Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía
la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su
sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas,
pasó de curial á carretero y bracero.
Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que
necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo
curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_;
sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos
decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent
pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y
superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que
las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio
villano, y medio cortesano; sal y pimienta».
Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie
de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de
primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre
ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran
superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde
luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas
siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.
Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent
abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de
paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le
dijo:
--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?
Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus
meditaciones.
Los dos buenos hombres celebraron consejo.
Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de
este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
--Naturalmente.
--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen
momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma.
Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.
Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la
comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda
es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La
diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra
celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los
agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí
tranquilos; pero no respondo de mañana.
--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la
pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la
ve desde el convento.
--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.
--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.
Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece
que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:
--Pero están las niñas.
--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de
decir, se oyó una campanada.
--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.
É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.
Sonó otra campanada.
--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto
en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de
la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta
que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar
de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos
diablillos esos querubines.
--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.
Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy
no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís
la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.
Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.
Juan Valjean pensó para sí:
--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!
Fauchelevent exclamó:
--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que
no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí
me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.
Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este
convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz
diciendo:
--Sí, lo difícil es quedarse.
--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.
Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
--¡Salir!
--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.
Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:
--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído
del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester
haber entrado por la puerta.
Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.
--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo.
Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es
la hora en que se suele morir.
Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo
por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?
Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella
temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando
ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que
os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la
policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas
por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al
mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.
--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.
--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis
necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de
cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á
un convento de hombres, y se ha equivocado.
¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la
municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á
ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á
estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada.
Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa
han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?
Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?
--Cosette.
--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?
--Sí.
--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da
al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña
va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy
sencillo.
Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la
deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía,
sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le
gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana;
y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será
preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?
Juan Valjean meneó la cabeza.
--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio
de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano
izquierda, señal evidente de grave apuro.
Oyóse un tercer toque.
--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y
dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para
el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si
se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la
amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de
mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo
de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia,
que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el
médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros
ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros
vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos.
Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he
ahí lo que es un entierro. _De profundis._
Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que
abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan
Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.
El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero
continuó pacíficamente su charla:
--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen,
va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las
ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima,
porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el
sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al
caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente
para ellas.
¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y
el señor Magdalena ha...
--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.
Fauchelevent hizo rebotar la palabra.
--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero
entierro.
Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo
la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.
--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me
he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis
de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí
encontraréis vino, pan y queso.
Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!
Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía
su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.
Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba
á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz
dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir:
_Adelante_.
Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las
necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular.
La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á
Fauchelevent.
II
=Fauchelevent ante la dificultad=
El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos
caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y
frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este
doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que
era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente,
generalmente alegre.
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda.
La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los
ojos y le dijo:
--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
Fauchelevent repitió el saludo.
--Tío Fauvent, os he mandado llamar.
--Aquí me tenéis, reverenda madre.
--Tengo que hablaros.
--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba
interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.
La priora le miró.
--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?
--Una súplica.
--Está bien, hablad.
El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los
aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran
fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que
Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de
la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no
tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que
estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su
velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza
de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas
aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era
como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza.
Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los
diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel
claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella
esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo
todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía
estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso.
Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.
Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más
que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta
discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.
No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento
al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y
en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades
de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una
doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.
La congregación le apreciaba.
Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades!
Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló,
frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano
bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de
sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las
exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las
noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido
que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de
la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un
movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora,
pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su
hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la
comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos;
que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose
cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado
á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se
educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.
Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las
cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:
--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?
--¿Para hacer?
--Una palanca.
--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto
inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas,
probablemente, las madres vocales.
Fauchelevent, quedó solo.
III
=La madre Inocente=
Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo
sentándose otra vez en la silla.
Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor
que podamos el diálogo que se empeñó:
--¿Tío Fauvent?
--¿Madre reverenda?
--¿Conocéis bien la capilla?
--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.
--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?
--Dos ó tres.
--Es preciso levantar una piedra.
--¿Pesada?
--La losa del suelo que está junto al altar.
--¿La piedra que cierra la bóveda?
--Sí.
--Es obra para la que se necesitan dos hombres.
--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.
--Una mujer no es nunca un hombre.
--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que
puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san
Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y
siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.
--Ni yo tampoco.
--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no
es un taller.
--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!
--Además, tendréis una palanca.
--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.
--La piedra tiene una argolla.
--Pasaré por ella la palanca.
--La piedra está colocada de modo que pueda girar.
--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.
--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
--¿Y cuando la bóveda esté abierta?
--Será preciso volverla á cerrar.
--¿Es esto todo?
--No.
--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.
--Fauvent, tenemos confianza en vos.
--Estoy aquí para lo que se ofrezca.
--Y para callar.
--Sí, reverenda madre.
--Cuando esté abierta la bóveda...
--La cerraré de nuevo.
--Pero antes...
--¿Qué, reverenda madre?
--Será preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento
con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:
--¿Tío Fauvent?
--¿Reverenda madre?
--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?
--No.
--¿No habéis oído la campana.
--En el fondo del jardín no se oye nada.
--¿De veras?
--Apenas distingo yo mi toque.
--Ha muerto al amanecer.
--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.
--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!
La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo
oración mental, y continuó:
--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre
Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.
--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.
--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la
iglesia.
--Ya sé.
--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento;
vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de
los muertos!
--¡Con más frecuencia!
--¿Eh?
--¡Con más frecuencia!
--¿Qué es lo que decís?
--Que con más frecuencia.
--¿Con más frecuencia que qué?
--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo
sencillamente con más frecuencia.
--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?
--Por decir lo que vos, reverenda madre.
--Pero yo no he dicho con más frecuencia.
--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.
En este momento dieron las nueve.
--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el
Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.
--Amén,--contestó Fauchelevent.