aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en
Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad
Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección
de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está
completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.
El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad,
bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra,
se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí,
pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos
blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de
marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos,
los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos,
las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata,
clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente,
y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen
mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen
las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas,
los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas
por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen
serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven?
No.
Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado
en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su
aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte.
La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado
espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de
devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.
La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento
español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí
el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos
y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la
odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en
sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo,
descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban
de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al
crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad.
El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en
Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos
de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos;
para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas,
enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!
Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han
tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y
extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los
comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos
y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los
hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador;
Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven,
declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era
un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía
compadecerse á «este pobre Holofernes».
Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se
obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus
ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad
Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers;
es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio
del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad
bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_.
Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de
hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á
dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso.
Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo
está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella
tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla
sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha
con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella,
demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano
cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.
Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas
argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta
caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la
diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este
agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!
III
=Con qué condición puede respetarse lo pasado=
El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el
Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida.
Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el
azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á
la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el
claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los
nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in
pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias
infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma
de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios
individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis,
os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos
sudarios de invención humana.
Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de
la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno
siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al
mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas,
en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que
reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión
del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del
traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura
de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.
¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué
me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido
rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice
el convento.
Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.
Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el
gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas
deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente
los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las
supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos
nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el
militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación
de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad,
cosa extravagante.
Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales
teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy
sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden
social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad,
autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van
gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era
ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con
tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._
Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos
perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere
vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.
Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas
larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida:
tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas
cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es
una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir
fantasmas eternamente.
Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.
Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro
de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito
de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma
floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales,
para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al
milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.
Combatamos.
Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca
excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso
destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen
benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la
llama allí donde alcanza la luz.
Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á
todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía,
á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su
putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce
calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las
plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que
los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los
talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.
Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos
lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.
IV
=El convento bajo el punto de vista de los principios=
Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho?
En virtud del derecho de asociación.
Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del
derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.
No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y
venir, que implica el derecho de estarse en su casa.
Y allí, en su casa, ¿qué hacen?
Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las
ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al
orgullo, á los intereses.
Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en
propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo
á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual
al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se
someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan
negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La
misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.
Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan
todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una
sombra como los demás.
Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son
conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del
nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su
comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres.
Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.
Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro,
le llama: hermano.
Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta
que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.
De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento
en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y
reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista
estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante,
y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente
voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos
siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con
diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde
hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula:
Igualdad, Fraternidad.
¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida!
La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el
monasterio.
Prosigamos.
Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro
paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman
hermanos, ¿hacen todavía algo más?
Sí.
¿Qué?
Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.
¿Y esto, qué significa?
V
=La oración=
Ruegan.
¿Á quién?
Á Dios.
Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?
¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente,
permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que,
si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente
inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le
faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea
de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos
más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto
respecto del cual somos nosotros lo relativo?
Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro
de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!)
¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por
así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su
eco, abismo concéntrico de otro abismo?
¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere?
Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un
principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior
como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de
arriba, Dios.
Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo
con el infinito de arriba, se llama orar.
No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo
necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se
dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo
desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de
lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes
fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del
alma? Á la sombra; es decir, á la luz.
La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de
nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado,
está el derecho del alma.
Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No
debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á
contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber:
trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el
milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir
como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las
supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.
VI
=Bondad absoluta de la oración=
En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad
todo libro y penetrad en lo infinito.
Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también
hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta
filosofía se llama ceguedad.
Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente
una razón de ciego.
Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma
para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas.
Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!
Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo,
encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de
su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en
todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que
existe.
Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos
inexorablemente su filosofía.
Continuemos.
Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de
palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha
creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando
la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.
Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto
una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque
de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el
Universo quiere, hay pues un Dios.
Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no
rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una
voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir
la voluntad en el Universo, que ella niega.
Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino
negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.
La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se
convierte en «concepción del espíritu».
Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es
lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que
exista él mismo.
Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que
«una concepción de su espíritu».
Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo
pronunciar la palabra: espíritu.
En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa
filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.
Al No, no hay más que una respuesta: Sí.
El nihilismo no tiene trascendencia.
No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.
El hombre vive de la afirmación más que de pan.
Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía;
debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe
entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer
salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar
el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste
fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el
verdadero triunfo del alma.
Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles
á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia
y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace.
Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión
de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser
práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible
para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad,
ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una
comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril
de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión
humana; y de filosofía se eleva á religión.
La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para
mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.
Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro
pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre
como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas,
que son los dos motores: creer y amar.
El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.
¿Qué es lo ideal? Dios.
Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.
VII
=Precauciones indispensables para condenar=
La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo
tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á
Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo,
explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir
aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y
respetado. El cenobitismo es un problema humano.
Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de
inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de
devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir
sí y no.
Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el
sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la
abnegación suprema.
Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.
En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre
la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el
claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.
La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la
eternidad.
No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en
ello serio, así el bien como el mal.
El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.
Comprendemos la cólera, no la malignidad.
VIII
=Fe, ley=
Algunas palabras todavía.
Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos
la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas
partes al hombre pensativo.
Saludamos al que se arrodilla.
Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!
El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo
visible y el invisible.
Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.
Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al
cielo es una obra.
Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.
Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios
holgazanes.
Pensar en la Sombra es una cosa seria.
Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los
vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y
el filósofo están de acuerdo.
_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.
Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es
también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio
convergen.
Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el
engrandecimiento moral, que respetamos.
Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:
--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio?
¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?
¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin
saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:
--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y
añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.
Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.
Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en
la oración.
Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit
Voltaire._
Estamos por la religión contra las religiones.
Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la
oración.
Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que
afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en
que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre
tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de
las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra
á sí propio nos parece venerable.
El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no
deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de
tener su grandeza.
Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus
aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y,
sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer
padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta;
el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta
majestad.
La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos
de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad;
no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde
donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado
el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar;
es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado
y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo
debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de
la tumba.