El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como

aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en

Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad

Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección

de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está

completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.

El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad,

bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra,

se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí,

pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos

blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de

marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos,

los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos,

las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata,

clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente,

y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen

mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen

las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas,

los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas

por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen

serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven?

No.

Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado

en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su

aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte.

La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado

espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de

devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.

La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento

español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí

el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos

y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la

odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en

sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo,

descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban

de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al

crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad.

El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en

Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos

de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos;

para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas,

enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!

Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han

tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y

extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los

comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos

y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los

hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador;

Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven,

declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era

un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía

compadecerse á «este pobre Holofernes».

Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se

obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus

ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad

Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers;

es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio

del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad

bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_.

Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de

hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á

dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso.

Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo

está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella

tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla

sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha

con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella,

demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano

cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.

Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas

argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta

caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la

diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este

agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!

III

=Con qué condición puede respetarse lo pasado=

El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el

Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida.

Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el

azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á

la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el

claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los

nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in

pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias

infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma

de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios

individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis,

os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos

sudarios de invención humana.

Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de

la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno

siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al

mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas,

en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que

reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión

del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del

traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura

de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.

¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué

me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido

rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice

el convento.

Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.

Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el

gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas

deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente

los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las

supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos

nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el

militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación

de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad,

cosa extravagante.

Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales

teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy

sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden

social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad,

autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van

gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era

ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con

tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._

Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos

perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere

vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.

Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas

larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida:

tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas

cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es

una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir

fantasmas eternamente.

Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.

Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro

de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito

de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma

floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales,

para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al

milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.

Combatamos.

Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca

excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso

destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen

benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la

llama allí donde alcanza la luz.

Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á

todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía,

á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su

putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce

calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las

plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que

los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los

talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.

Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos

lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.

IV

=El convento bajo el punto de vista de los principios=

Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho?

En virtud del derecho de asociación.

Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del

derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.

No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y

venir, que implica el derecho de estarse en su casa.

Y allí, en su casa, ¿qué hacen?

Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las

ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al

orgullo, á los intereses.

Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en

propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo

á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual

al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se

someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan

negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La

misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.

Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan

todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una

sombra como los demás.

Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son

conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del

nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su

comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres.

Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.

Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro,

le llama: hermano.

Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta

que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.

De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento

en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y

reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista

estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante,

y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente

voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos

siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con

diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde

hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula:

Igualdad, Fraternidad.

¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida!

La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el

monasterio.

Prosigamos.

Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro

paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman

hermanos, ¿hacen todavía algo más?

Sí.

¿Qué?

Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.

¿Y esto, qué significa?

V

=La oración=

Ruegan.

¿Á quién?

Á Dios.

Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?

¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente,

permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que,

si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente

inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le

faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea

de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos

más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto

respecto del cual somos nosotros lo relativo?

Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro

de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!)

¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por

así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su

eco, abismo concéntrico de otro abismo?

¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere?

Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un

principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior

como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de

arriba, Dios.

Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo

con el infinito de arriba, se llama orar.

No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo

necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se

dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo

desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de

lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes

fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del

alma? Á la sombra; es decir, á la luz.

La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de

nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado,

está el derecho del alma.

Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No

debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á

contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber:

trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el

milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir

como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las

supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.

VI

=Bondad absoluta de la oración=

En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad

todo libro y penetrad en lo infinito.

Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también

hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta

filosofía se llama ceguedad.

Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente

una razón de ciego.

Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma

para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas.

Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!

Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo,

encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de

su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en

todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que

existe.

Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos

inexorablemente su filosofía.

Continuemos.

Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de

palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha

creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando

la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.

Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto

una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque

de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el

Universo quiere, hay pues un Dios.

Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no

rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una

voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir

la voluntad en el Universo, que ella niega.

Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino

negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.

La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se

convierte en «concepción del espíritu».

Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es

lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que

exista él mismo.

Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que

«una concepción de su espíritu».

Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo

pronunciar la palabra: espíritu.

En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa

filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.

Al No, no hay más que una respuesta: Sí.

El nihilismo no tiene trascendencia.

No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.

El hombre vive de la afirmación más que de pan.

Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía;

debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe

entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer

salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar

el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste

fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el

verdadero triunfo del alma.

Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles

á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia

y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace.

Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión

de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser

práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible

para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad,

ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una

comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril

de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión

humana; y de filosofía se eleva á religión.

La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para

mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.

Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro

pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre

como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas,

que son los dos motores: creer y amar.

El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.

¿Qué es lo ideal? Dios.

Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.

VII

=Precauciones indispensables para condenar=

La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo

tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á

Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo,

explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir

aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y

respetado. El cenobitismo es un problema humano.

Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de

inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de

devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir

sí y no.

Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el

sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la

abnegación suprema.

Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.

En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre

la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el

claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.

La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la

eternidad.

No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en

ello serio, así el bien como el mal.

El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.

Comprendemos la cólera, no la malignidad.

VIII

=Fe, ley=

Algunas palabras todavía.

Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos

la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas

partes al hombre pensativo.

Saludamos al que se arrodilla.

Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!

El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo

visible y el invisible.

Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.

Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al

cielo es una obra.

Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.

Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios

holgazanes.

Pensar en la Sombra es una cosa seria.

Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los

vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y

el filósofo están de acuerdo.

_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.

Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es

también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio

convergen.

Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el

engrandecimiento moral, que respetamos.

Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:

--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio?

¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?

¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin

saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:

--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y

añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.

Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.

Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en

la oración.

Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit

Voltaire._

Estamos por la religión contra las religiones.

Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la

oración.

Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que

afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en

que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre

tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de

las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra

á sí propio nos parece venerable.

El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no

deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de

tener su grandeza.

Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus

aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y,

sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer

padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta;

el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta

majestad.

La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos

de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad;

no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde

donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado

el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar;

es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado

y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo

debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de

la tumba.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 47 / 64 段