Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los

dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente,

Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por

insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones

que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal

ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es

verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.

La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de

separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin

embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se

admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que

conducía á la calle.

Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del

claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una

iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y

doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una

prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna

obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la

cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense

allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas

del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y

las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas

del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se

llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La

iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á

las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo

se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los

sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.

VII

=Algunas siluetas de aquella sombra=

Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora

del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la

madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora

de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_.

Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja,

gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada

anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del

convento, y por esto era estimada de todas.

La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la

Dacier de la orden.

Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa,

rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más

benedictino que benedictina.

La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la

madre Cineres.

Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa

Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de

novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción,

sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en

el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy

joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había

estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro,

entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre

santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita

de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre

Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta

años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre

Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita

de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina

(hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa

Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.

Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años,

que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que

se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.

La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba

muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una

gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis

inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de

pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual

ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de

flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.

Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor

santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor

san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.

Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para

ellas mismas.

No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado

con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil

cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le

hablaba, la monja no respondía nunca.

La regla del silencio había producido el efecto singular de que en

todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando

se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la

iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la

tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus

variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica,

todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al

locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa.

Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la

vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que

las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con

cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de

Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_,

decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un

gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_,

enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus

goznes sino á presencia del arzobispo.

Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres

que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno

el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían

contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor

de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado

algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y

jorobado_.

Como se ve, todos los hombres eran escogidos.

Tal era aquella curiosa morada.

VIII

=Post corda lapides=

Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de

más indicar en breves palabras la configuración material: el lector

tiene ya de ella alguna idea.

El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi

completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de

las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el

callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais.

Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se

componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado

en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á

vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en

tierra.

El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle

Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau;

el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada,

que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la

puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la

ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas

tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y

en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna

religiosa.

Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba

una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que

las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las

celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro

brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia.

Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais,

estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio

formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle

Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro

que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro,

en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual

arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes

calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras,

de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano

geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una

rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del

jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.

Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados

álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en

el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño,

situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al

convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase

á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las

habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y

vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de

la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace

cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus.

Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó

un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban

el _trinquete de los once mil diablos_.

Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de

Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban

eran más antiguas todavía.

La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle

Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres,

porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.

IX

=Un siglo bajo una toca=

Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo

el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana

en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera

digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y

útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos

originales.

Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí

procedente de la abadía de Fontevrault.

Antes de la revolución había pertenecido al mundo.

Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de

una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su

vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada

paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una

ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.

Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las

educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de

hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó

en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos

de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san

Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las

educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas

sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.

Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud

los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo

hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro

vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que

un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un

par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el

Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de

cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción:

«vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino

del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros

expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la

primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la

tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.

Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso,

que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía,

pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en

la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que

quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario

tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le

hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de

hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio,

y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de

los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del

convento.

¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la

centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna

reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.

Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de

prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el

objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.

Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos

volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de

enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas.

Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus

alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa

satánica.

Moraleja: el amor vencido por el cólico.

Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de

sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta

en una prendería del boulevard Beaumarchais.

Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del

convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste».

X

=Origen de la adoración perpetua=

Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado

dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante

severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple,

que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban

reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón

bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca,

y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una

benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una

cabeza de turco.

En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño

de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que

tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre

de todos los castaños del reino».

Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las

benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían

de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta

sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado

dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en

San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que

conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de

los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando

el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á

dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa

de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del

altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas

mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración

perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y

otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina

de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para

fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito.

El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina

de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no

pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de

renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San

Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias

abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de

Cuentas y en el Parlamento.

Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las

benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en

París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de

Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.

Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las

benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de

los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen

del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general

de los lazaristas.

Era también totalmente distinta de la de las bernardas del

Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el

papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas

del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las

benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron

por eso menos distintas.

XI

=Fin del Pequeño-Picpus=

Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus

iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden,

que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el

siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad

humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución,

y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.

La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el

convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya

viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido.

_Volaverunt._

La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra;

las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban

aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una

de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince

no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora

era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se

hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número,

aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase

desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena

de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San

Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas

como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.

En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París,

murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta

pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et

tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha

renunciado á la educación de niñas.

No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria,

desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los

espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de

algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado

en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que

parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_.

Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con

respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle.

No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma

distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la

coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta

reirse del crucifijo.

Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera

defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que

niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El

asesinato de la sabiduría.

En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis.

Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar

aquello se aprenda esto.

Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones,

y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas

las reconstrucciones.

Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario

conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones

del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.

Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar

su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.

Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la

hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.

En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La

civilización los condena; los protege la libertad.

LIBRO SÉPTIMO

PARÉNTESIS

I

=El convento: idea abstracta=

Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.

El hombre es el segundo.

Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos

debido penetrar en él. ¿Por qué?

Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente,

de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo,

del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los

instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.

No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin

embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras

restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo:

siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido,

nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la

mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos

y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y

que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de

la humanidad.

II

=El convento: hecho histórico=

Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad,

queda el monaquismo condenado.

Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la

circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde

son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á

la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que

la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan

la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las

civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por

medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos.

Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como

continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le

hacían saludable en su período de pureza.

La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera

educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su

crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera

de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo,

discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono.

La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables

naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa,

durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos

ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de

1789.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 46 / 64 段