colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se
distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa
que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes,
educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror
al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado
de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de
azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada,
ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y
particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran
favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas
de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les
prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una
profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde
entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas
representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por
un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto
anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera
diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto
que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de
la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de
tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á
coro ante un facistol.
Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con
todas las prácticas del convento.
Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después
de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada
vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas,
como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus
mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la
severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre
acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque
quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos
se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para
besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.
IV
=Alegrías=
Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos
aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia
en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta,
y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente
de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una
mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos
de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas
tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de
los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían
las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena
de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se
agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban
en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las
sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían.
Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían,
vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos
dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de
rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de
las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la
inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad,
había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban.
En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan
tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la
expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel
negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento,
placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las
ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de
la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.
En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas
_ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un
tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una
niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes
que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué
alegría!».
Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:
UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?
LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la
historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!
ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.
LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?
ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una
pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.
¿Y qué?
Que no ha contestado.
--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?
--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la
primera pregunta que ha salido.
--¿Y cuál ha sido la pregunta?
--Ésta: _¿qué sucedió después?_
También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un
poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:
«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una
persona!».
Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta
confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de
siete años:
«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_.
«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_.
«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».
En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una
boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de
cuatro y cinco:
«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había
muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo,
y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo
en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se
comió los pollitos».
Y este otro poema:
«--Sucedió que dieron un palo.
«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.
«Y no hízole bien sino mal.
«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».
Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y
educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las
demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:
«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».
Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los
corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las
_grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_.
El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por
un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo
y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios
contiguos le suministraban su contingente de insectos.
Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las
educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las
arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el
rincón de los grillos.
El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más
apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del
refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para
distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones.
Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón
del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor
arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por
donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y
preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que
estaba á su lado:
--¿Quién es ésa?
--Es una araña, monseñor.
--¡Bah! ¿Y esta otra?
--Ésta es un grillo.
--¿Y aquélla?
--Una oruga.
--¡De veras! ¿Y tú?
--Yo soy una cucaracha, monseñor.
Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del
siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que
se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas.
En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía
distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios
é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras
incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho
á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana
de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:
--¿Quién es virgen?
Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años,
dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la
procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:
--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!
V
=Distracciones=
Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras
la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía
la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.
«_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo,
que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres
ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies,
dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo
me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la
Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las
tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste
mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho
tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va
caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan
se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_
AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de
la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos,
lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._
«_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras
tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_».
En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica,
bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de
la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas
actualmente.
Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del
refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al
jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una,
formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio.
Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto,
variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el
régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres
mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario,
reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción.
Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana,
que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera
siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El
silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído
en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo.
La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana.
En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados,
en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y
algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de
pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los
_círculos de agua_.
La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua».
¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las
alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa,
culpadas de murmullo.
Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un
_ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san
Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas,
seu constitutiones nostras, externis communicabit».
Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer
naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de
ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente.
De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.
Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos.
Esto fué lo «más interesante».
Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales.
Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos,
cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían
furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó
una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta
que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua
educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de
París. La copia es textual.
«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á
dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la
esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la
cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era
ésta una de sus mayores delicias.
Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas,
la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con
los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento
enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué
aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se
hiciera la petición.
Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las
educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas
sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».
La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita
de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo:
«¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os
concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor
arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio.
Júzguese del efecto.
Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado
que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no
penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á
indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte
nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos
simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.
Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa,
que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora
Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por
muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia,
arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.
Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba
vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.
Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa
segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y
lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era
tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella
entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar,
díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la
segunda.
Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el
objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla
una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía
un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora
Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre
sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse
perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido
á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de
elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial
de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo
después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.
Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del
Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones
y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad.
Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo
en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_
Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó
los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural
inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó
instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se
desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.
Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que
podía hablar en el convento.
¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_
El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que
la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía
al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición,
porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él
relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le
llamaba por su nombre de pila.
Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con
frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del
privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas.
Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban
los ojos.
El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la
atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como
aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y
tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la
capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle
á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto
aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido
mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero
sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente,
que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra
estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención
de aquellas imaginaciones de diez y seis años.
Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.
Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué
éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de
aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino,
que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía,
ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente.
Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales
estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos.
Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos
enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El
sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado
todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera
por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo
joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo,
conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se
escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle
Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de
ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al
través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más
osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose
por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».
Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en
su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.
VI
=El convento pequeño=
Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente
distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio
en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un
departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas
religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos
por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros,
grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades
posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante
combinación de palabras, un convento arlequín.
Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y
desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas,
donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del
Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una
mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía
á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas
jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa
Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.
Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una
religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su
comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde
principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño
Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta
santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de
su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había
vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el
mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no
quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más
que una muñeca.
Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que
habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para
retirarse al convento pequeño.
Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la
marquesa Dufresne.
Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran
ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la
señora Batahola.
Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un
periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista
en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque
de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban;
la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la
primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la
devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del
príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses,
dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se
alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún
el arpa bastante bien.
Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era
supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su
perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de
un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos
cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en
papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á
los ladrones:
Imparibus meritis pendent tria corpora ramis;
Dismas et Gesmas, media est divina potestas;
Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas,
Nos et res nostras conservet summa potestas.
Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.