Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas,

con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los

motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y

diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y

resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en

Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua;

es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.

Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se

le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el

presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó

ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la

noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda

rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo

dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón

algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas

terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber

escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un

poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría

perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos,

como quien anda buscando una aguja.

Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación,

volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que

se hubiera dejado prender por un ladrón.

NOTAS:

[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la

época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas

á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)

LIBRO SEXTO

EL PEQUEÑO PICPUS

I

=Callejuela de Picpus, número 62=

Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como

la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella

puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver

dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de

vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del

fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el

patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar

por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea

risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.

El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.

Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede

decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo,

ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á

la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida

entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que

una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento

amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla;

si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después

otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura

amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico

encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos

magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro.

Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba

una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada.

Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos

seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de

papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la

pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios

pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.

Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una

pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto

no estaba amueblado; no había ni una silla.

Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un

agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro

de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados;

mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las

florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las

barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las

hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan

excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel

agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba

pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu.

Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada

de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más

adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una

espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida

á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de

campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.

Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy

cercana que hacía temblar.

--¿Quién va?--preguntaba la voz.

Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.

Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la

voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado

estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.

Si se sabía la palabra, la voz respondía:

--Entrad por la derecha.

Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una

ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte,

pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión

que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que

ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto,

en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la

puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera

destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que

tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no

con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado

de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la

pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.

Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á

acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar

la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba

con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por

traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos

estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban

unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre

estaban cerrados.

Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de

los postigos, diciendo:

--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?

Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie.

Apenas se oía el ruido de la respiración.

Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la

losa de la tumba.

Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por

cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se

convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé

veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual

sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un

velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible,

cubierta por un sudario negro.

Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.

La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el

visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante.

Aquella luz era un símbolo.

Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha

en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable

rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella

vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se

conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el

vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la

tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía

nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni

aún los fantasmas.

Lo que se veía era el interior de un claustro.

Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el

convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el

locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera,

que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la

pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro

y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.

La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado

del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos

no debían ver nada de aquel lugar sagrado.

Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz:

había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el

más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer

penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que

los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.

II

=La obediencia de Martín Verga=

Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela

Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín

Verga.

Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los

bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos:

seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.

Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga

fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por

capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.

Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países

católicos de Europa.

Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la

Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito,

diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín

Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa

Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes,

Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos,

los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los

Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no

era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto,

abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529

fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era

ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo

de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete

años.

Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con

una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la

más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas

de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San

Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un

gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma

cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí

el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.

Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan

además un rosario al lado.

Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración

perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento,

las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una

en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las

bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos,

eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras

del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el

temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las

bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y

las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la

llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas

tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del

Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración

perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin

embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.

Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del

Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la

había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á

la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre

otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de

Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio

de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París

pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo

cuando Bérulle era cardenal.

Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.

Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año,

ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan

en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para

leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en

todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca

lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no

se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan

camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que

es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses

son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel

insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos

nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación

el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen

tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y

estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por

la regla.

La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman

_madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo.

Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en

nueve años el mando más duradero de una priora.

No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una

cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el

predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro.

Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la

cabeza inclinada.

Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.

Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre

es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín,

y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel

atado en la rodilla.

Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es

la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo,

_ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum

signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta

obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam

obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus

fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial,

_legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_.

Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_.

La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas,

por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las

iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra.

Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las

cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro

de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas

sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y

una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se

prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste

es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del

universo. Esto es grande, casi sublime.

Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio,

se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_.

Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que

encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.

_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma.

La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus

espaldas.

Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo

Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados

de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.

Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad

particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino

de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la

madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo,

no están prohibidos los nombres de santos.

Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.

Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un

cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una

escala después de la cual viene la perdición del alma.

Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada

suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como

nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían

indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier

objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una

medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse

á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de

santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden:

«Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en

mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra

casa._

Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_.

Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y

alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra:

_Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la

puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se

oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las

prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á

veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de

decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo

Sacramento del altar_.

En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la

que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está

en efecto «lleno de gracia».

Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la

iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas,

conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que

hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco,

por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el

Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas

horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da.

Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á

Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en

la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de

Jesús inflame mi corazón_.

Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta

años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente

en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al

encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo

bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono

tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de

mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.

Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar

mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas,

no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir

del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una

infracción.

Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y

en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba

un terreno que se decía había sido de la comunidad.

Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás

oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las

demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia

prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia.

El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al

número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando

estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes

son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las

profesas aún son peores_.

Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten

á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la

piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y

pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan

públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz

la penitencia.

Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las

faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman

_la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo

delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más

que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando

un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas

insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar

involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una

nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La

culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada

aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de

fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios

ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora

entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en

alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una

culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué

que el capítulo se había reído.

Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora,

se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la

boca.

La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no

pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad

quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo,

tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas

veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla

por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana.

No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.

Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.

Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están

frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves.

Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.

III

=Severidades=

Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro,

y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan

pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las

bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto

viudas en su orden.

Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las

cuales no deben hablar nunca.

El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos

atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus

cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo

negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se

dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas,

diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la

otra: _Vive en Jesucristo_.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 44 / 64 段