débilmente, que pensó se extinguía.
¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró
de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.
Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese
Cosette delante de la lumbre, y en la cama.
IX
=El hombre del cascabel=
Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el
paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.
Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos
pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó
por todo saludo:
--¡Cien francos!
Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:
---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por
esta noche!
La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.
--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.
Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar
solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.
Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo
y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna
izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No
se distinguía su semblante por estar en la sombra.
Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:
--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis
entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo
extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto?
¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado
miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío!
Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis
entrado aquí?
Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una
volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto
con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.
--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.
--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy
aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis.
¡Cómo! ¿No me conocéis?
--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?
--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.
Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan
Valjean al tío Fauchelevent.
--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.
--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.
--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.
--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.
En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que
Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre
el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que
estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los
movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el
cobertizo. El hombre continuó:
--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á
ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió,
mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer
vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?
Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor
Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las
preguntas.
¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien
interrogaba.
--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?
--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.
--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?
El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.
--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas
jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa
y cuando yo me acerco ellas se alejan.
--¿Pues qué casa es ésta?
--¡Toma! Bien debéis saberlo.
--No, ¡qué he de saber!
--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?
--Respondedme como si nada supiera.
--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.
Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la
Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio
de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía
dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su
carreta.
Repitió, pues, como hablando consigo mismo:
--¡El convento del pequeño Picpus!
--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado
aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois
un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.
--Pues, ¿no estáis vos?
--No hay nadie más que yo.
--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.
Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:
--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.
--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.
--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra
ocasión.
Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos
robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no
pudiese hablar.
Por fin exclamó:
--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por
vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre
anciano.
Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable
alegría; parecía irradiar.
--¿Qué queréis que haga?--preguntó.
--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?
Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo
convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.
La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y
tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la
había visto.
--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.
--¿Cuáles, señor alcalde?
--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda
que no tratéis de saber más.
--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que
siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado
aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.
--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.
--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!
Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo
un perro.
Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama
de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se
había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el
sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean
se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el
cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie
de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos
sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso,
pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan
Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No
me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después
la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de
vos! ¡Sois un ingrato!
X
=Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=
Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así
decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.
Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le
prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel
municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á
París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en
el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que
oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie
lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que
salvan.
La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que
ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur
M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la
persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la
captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella
ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la
prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo
ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése
incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias
veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes
trabajos, honrosamente útil.
Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho
olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823
leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico,
quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe
generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su
interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el
nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan
Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales,
que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el
registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.
Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena
Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según
decía, verificado con circunstancias particulares, en el término
municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota,
que había sido confiada por su madre á un posadero de la población,
había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre
de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un
hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos
de Javert, y le dió que pensar.
El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean
le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar
á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en
París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil.
Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía
en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por
los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en
el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido
averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de
Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser
robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal
vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.
Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño»,
en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.
Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.
Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían
charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la
población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había
acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota
de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier,
con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era
conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus
quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer
sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de
la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la
luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había
recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose
el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.
No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el
instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que
hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como
era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el
mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que
oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á
Juan Valjean.
Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas
en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo?
Thénardier respondió sencillamente:
--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama
Guillermo Lambert.
Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió
á París.
--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!
Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824
oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San
Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje
era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que
vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que
había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo
á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte,
que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros
varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más
que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no
permitía que nadie se le acercase.
Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones,
por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la
curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre
extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero,
y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes,
murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.
«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y
le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan
Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al
reconocer á Juan Valjean.
Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan
Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la
duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.
Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja»,
lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de
millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le
había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el
cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta
del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan
Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando
silencio.
Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda
de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo
sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á
Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando
Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.
Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el
nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto,
que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor
indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego,
porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por
muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre
los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro
los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como
Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente,
porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los
sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos
antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y
desenvolverlas después bruscamente.
Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina
en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en
los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por
qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.
Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda
libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones
arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las
Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual
era un hecho grave.
Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía
responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos
el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido
por veinte periódicos:
«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba
acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y
conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».
Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las
prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto.
Dudaba en realidad.
Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.
La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto
de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en
París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de
una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é
impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en
Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele
mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que
le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal,
aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de
Javert.
Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y
pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si
no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón
profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de
París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar
sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros,
cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas
y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen
hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de
oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert
estaba seguro de que no se le escaparía.
Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca
de aquel personaje enigmático.
Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía
de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen
en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando
encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa.
Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que
tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible
presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que
dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de
Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.
El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la
encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron
perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean
trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la
cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra
para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto,
se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso
al corriente:
--¿Habéis visto un hombre con una niña?
--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.
Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean
al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio
iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver
Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado
allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la
calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores,
y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella
salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal;
pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas,
soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se
necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales
disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la
derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de
tabaco.
Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su
presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando
retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en
tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel
y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato
que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad
monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia
aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!
Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba
seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.
Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia,
cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan
Valjean.
Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso
todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.
Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.
Calcúlese su exasperación.
Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte
que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á
nadie.
Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa,
aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más
experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se
quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es
un ciervo, es un brujo_.
Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.
Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.
Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro
en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como
lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean.
Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle
la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la
casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció
en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares
en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles,
y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el
cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan
astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado
tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole
viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando,
habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el
juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un
hilo.
Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones
con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió
el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert
cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos
y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en
montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?
Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.