Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan

débilmente, que pensó se extinguía.

¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró

de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.

Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese

Cosette delante de la lumbre, y en la cama.

IX

=El hombre del cascabel=

Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el

paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.

Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos

pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó

por todo saludo:

--¡Cien francos!

Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:

---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por

esta noche!

La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.

--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.

Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar

solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.

Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo

y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna

izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No

se distinguía su semblante por estar en la sombra.

Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:

--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis

entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo

extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto?

¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado

miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío!

Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis

entrado aquí?

Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una

volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto

con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.

--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy

aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis.

¡Cómo! ¿No me conocéis?

--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?

--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.

Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan

Valjean al tío Fauchelevent.

--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.

--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.

--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.

--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.

En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que

Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre

el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que

estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los

movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el

cobertizo. El hombre continuó:

--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á

ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió,

mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer

vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?

Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor

Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las

preguntas.

¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien

interrogaba.

--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?

--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.

--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?

El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.

--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas

jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa

y cuando yo me acerco ellas se alejan.

--¿Pues qué casa es ésta?

--¡Toma! Bien debéis saberlo.

--No, ¡qué he de saber!

--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?

--Respondedme como si nada supiera.

--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.

Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la

Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio

de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía

dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su

carreta.

Repitió, pues, como hablando consigo mismo:

--¡El convento del pequeño Picpus!

--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado

aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois

un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.

--Pues, ¿no estáis vos?

--No hay nadie más que yo.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.

Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:

--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.

--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.

--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra

ocasión.

Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos

robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no

pudiese hablar.

Por fin exclamó:

--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por

vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre

anciano.

Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable

alegría; parecía irradiar.

--¿Qué queréis que haga?--preguntó.

--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?

Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo

convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.

La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y

tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la

había visto.

--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.

--¿Cuáles, señor alcalde?

--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda

que no tratéis de saber más.

--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que

siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado

aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.

--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!

Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo

un perro.

Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama

de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se

había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el

sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean

se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el

cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie

de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos

sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso,

pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan

Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No

me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después

la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de

vos! ¡Sois un ingrato!

X

=Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=

Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así

decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.

Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le

prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel

municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á

París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en

el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que

oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie

lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que

salvan.

La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que

ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur

M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la

persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la

captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella

ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la

prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo

ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése

incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias

veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes

trabajos, honrosamente útil.

Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho

olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823

leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico,

quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe

generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su

interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el

nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan

Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales,

que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el

registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.

Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena

Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según

decía, verificado con circunstancias particulares, en el término

municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota,

que había sido confiada por su madre á un posadero de la población,

había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre

de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un

hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos

de Javert, y le dió que pensar.

El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean

le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar

á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en

París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil.

Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía

en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por

los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en

el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido

averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de

Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser

robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal

vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.

Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño»,

en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.

Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.

Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían

charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la

población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había

acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota

de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier,

con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era

conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus

quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer

sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de

la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la

luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había

recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose

el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.

No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el

instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que

hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como

era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el

mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que

oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á

Juan Valjean.

Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas

en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo?

Thénardier respondió sencillamente:

--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama

Guillermo Lambert.

Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió

á París.

--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!

Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824

oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San

Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje

era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que

vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que

había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo

á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte,

que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros

varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más

que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no

permitía que nadie se le acercase.

Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones,

por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la

curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre

extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero,

y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes,

murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.

«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y

le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan

Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al

reconocer á Juan Valjean.

Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan

Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la

duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.

Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja»,

lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de

millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le

había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el

cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta

del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan

Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando

silencio.

Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda

de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo

sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á

Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando

Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.

Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el

nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto,

que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor

indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego,

porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por

muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre

los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro

los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como

Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente,

porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los

sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos

antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y

desenvolverlas después bruscamente.

Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina

en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en

los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por

qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda

libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones

arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las

Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual

era un hecho grave.

Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía

responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos

el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido

por veinte periódicos:

«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba

acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y

conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».

Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las

prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto.

Dudaba en realidad.

Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.

La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto

de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en

París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de

una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é

impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en

Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele

mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que

le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal,

aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de

Javert.

Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y

pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si

no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón

profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de

París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar

sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros,

cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas

y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen

hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de

oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert

estaba seguro de que no se le escaparía.

Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca

de aquel personaje enigmático.

Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía

de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen

en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando

encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa.

Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que

tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible

presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que

dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de

Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.

El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la

encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron

perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean

trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la

cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra

para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto,

se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso

al corriente:

--¿Habéis visto un hombre con una niña?

--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.

Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean

al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio

iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver

Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado

allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la

calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores,

y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella

salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal;

pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas,

soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se

necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales

disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la

derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de

tabaco.

Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su

presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando

retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en

tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel

y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato

que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad

monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia

aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!

Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba

seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.

Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia,

cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan

Valjean.

Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso

todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.

Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.

Calcúlese su exasperación.

Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte

que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á

nadie.

Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa,

aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más

experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se

quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es

un ciervo, es un brujo_.

Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.

Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.

Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro

en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como

lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean.

Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle

la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la

casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció

en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares

en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles,

y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el

cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan

astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado

tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole

viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando,

habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el

juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un

hilo.

Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones

con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió

el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert

cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos

y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en

montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?

Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 43 / 64 段