la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la
calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio
sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba
lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta
parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que
una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha
de cinc, siempre cerrados.
La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente
exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los
antiguos moradores del barrio.
El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una
puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas
perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas
por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta
cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba
evidentemente más allá de cincuenta años.
Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba
cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.
Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio
sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía.
Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar
en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una
esperanza.
En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle
Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas
vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos
conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central,
dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de
tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas
que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.
Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el
primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette
de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y
corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá
hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto
estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde
estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban
guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas
de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y
el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle,
hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette?
¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á
trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de
nuevo en la calle de Polonceau.
Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que
nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las
miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra.
En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la
cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde
podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja
todavía, pasando así el resto de la noche.
Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.
Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada
por dentro como por fuera.
Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente
desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas
estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres,
estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.
Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía
goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de
hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por
las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente
cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le
fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era
simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado.
Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente
con una pared.
V
=Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=
En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á
cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por
fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en
pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las
bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.
Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura
de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha
frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las
paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.
No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una
patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.
Los dos acólitos de Javert venían en las filas.
El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un
cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean.
Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean
de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera
vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida
para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.
No había más que una cosa posible.
Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos
alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra
los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra,
según el caso.
Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal
de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble
de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular,
apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las
rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las
piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto
piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el
rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace
unos veinte años, el condenado Battemolle.
Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el
tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba
con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte
inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado
probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de
esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de
los rincones de pared está muy generalizado en París.
Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte
superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la
tapia apenas llegaba á catorce pies.
El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.
La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar
un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla
consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son
indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso
trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.
Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una
cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel
instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado
gustoso por una cuerda.
Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos
deslumbran como nos iluminan.
La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol
del callejón Genrot.
En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de
París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de
trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda
que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la
ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la
cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de
un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la
misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.
Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de
una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario
con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á
Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos
sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.
Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El
farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los
demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba
en su sitio.
Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de
Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso
empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella,
hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del
faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la
patrulla que se acercaba.
--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?
--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.
Cosette se estremeció. Él añadió:
--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier
te descubre. Viene para llevarte.
Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión
firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la
patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse
su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los
sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de
la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes
de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los
zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió
sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo
del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese
tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había
pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.
Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo
de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.
De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy
baja.
--Arrímate á la tapia.
Ella obedeció.
--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.
Y ella sintió elevarse del suelo.
Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le
sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.
Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas
con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte
del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí
un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y
descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave
rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más
alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía
el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.
Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún
la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de
la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:
--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la
callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!
Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.
Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando
consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó
valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.
VI
=Principio de un enigma=
Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto
singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser
vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con
una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en
los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un
árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos
y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar
cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz
de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que
parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños
arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho
verde cubría el resto.
Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido
para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared,
una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una
máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.
El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas
habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de
trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.
El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la
callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á
escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las
exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz
en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las
cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra,
descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.
No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la
bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como
tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos,
y los tejados bajos de la calle Polonceau.
No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No
había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que
aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún
en medio de la luz del día.
El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus
zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no
se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la
Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.
Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la
patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra
las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía
apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se
entendían claramente.
Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido
borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.
Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.
Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel
barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor
sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con
las piedras sordas de que nos habla la Escritura.
De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido
nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el
otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de
súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche;
voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las
vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la
tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y
los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que
dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se
alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la
sombra.
Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.
No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos
comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que
debían estar de rodillas.
Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio
pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una
morada deshabitada.
Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada.
No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le
desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.
El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no
hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un
minuto.
Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún
ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había
desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia
algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.
VII
=Continuación del enigma=
Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una
ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se
había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó
éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.
La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo
que apenó á Juan Valjean.
Además seguía temblando.
--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.
--Tengo mucho frío,--respondió ella.
Un momento después le preguntó:
--¿Está ahí todavía?
--¿Quién?--dijo Juan Valjean.
--La señora Thénardier.
Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para
imponer silencio á Cosette.
--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.
La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.
La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la
brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el
levitón, envolviendo con él á Cosette.
--¿Tienes así menos frío? le preguntó.
--¡Oh! ¡Sí, padre!
--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.
Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio,
buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban
cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.
Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba
acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna
claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas.
Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas,
cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que
una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla
encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía
en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre
las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que
aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el
enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase
dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y
que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.
Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas
alumbrados, que aumenta sus horrores.
Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había
visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había
presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática,
cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío
y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese
ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.
Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se
movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le
pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De
pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó.
Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás.
Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de
él agitando los brazos.
Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor
corría por todo su cuerpo.
¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á
aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella
extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las
almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les
ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las
puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible
puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que
tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo
tocar las piedras.
El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían
producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí
dentro de su cerebro.
Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.
VIII
=Auméntase el enigma=
La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.
Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á
medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su
libertad de espíritu.
Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo,
esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de
él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada
sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose
quitado su levitón para abrigarla á ella.
Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía
algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara.
Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente.
Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los
ganados pastando por la noche en los prados.
Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.
Miró, y vió que había alguien en el jardín.
Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas
del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos
regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra.
Aquél ser parecía cojear.
Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los
desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del
día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les
sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y
entonces se estremecía de que hubiese alguien.
Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales.
Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que
sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel
hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría.
Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos,
llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón
más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.
Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo
que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía
todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba,
el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido
igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba
el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía,
por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre;
pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo
que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?
Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban
heladas.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó.
Y la llamó en voz baja:
--¡Cosette!
Ella no abrió los ojos.
Sacudiola vivamente.
No despertó.
--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á
cabeza.
Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay
momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un
escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro
cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra
prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser
mortal al contacto del aire de una noche fría.
Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el
menor movimiento.