Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por

la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la

calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio

sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba

lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta

parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que

una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha

de cinc, siempre cerrados.

La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente

exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los

antiguos moradores del barrio.

El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una

puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas

perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas

por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta

cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba

evidentemente más allá de cincuenta años.

Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba

cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.

Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio

sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía.

Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar

en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una

esperanza.

En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle

Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas

vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos

conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central,

dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de

tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas

que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.

Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el

primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette

de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y

corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá

hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto

estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde

estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban

guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas

de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y

el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle,

hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette?

¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á

trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de

nuevo en la calle de Polonceau.

Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que

nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las

miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra.

En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la

cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde

podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja

todavía, pasando así el resto de la noche.

Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.

Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada

por dentro como por fuera.

Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente

desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas

estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres,

estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.

Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía

goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de

hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por

las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente

cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le

fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era

simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado.

Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente

con una pared.

V

=Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=

En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á

cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por

fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en

pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las

bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.

Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura

de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha

frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las

paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.

No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una

patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.

Los dos acólitos de Javert venían en las filas.

El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un

cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean.

Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean

de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera

vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida

para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.

No había más que una cosa posible.

Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos

alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra

los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra,

según el caso.

Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal

de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble

de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular,

apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las

rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las

piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto

piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el

rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace

unos veinte años, el condenado Battemolle.

Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el

tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba

con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte

inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado

probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de

esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de

los rincones de pared está muy generalizado en París.

Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte

superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la

tapia apenas llegaba á catorce pies.

El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.

La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar

un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla

consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son

indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso

trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.

Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una

cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel

instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado

gustoso por una cuerda.

Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos

deslumbran como nos iluminan.

La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol

del callejón Genrot.

En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de

París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de

trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda

que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la

ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la

cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de

un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la

misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.

Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de

una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario

con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á

Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos

sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.

Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El

farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los

demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba

en su sitio.

Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de

Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso

empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella,

hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del

faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la

patrulla que se acercaba.

--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?

--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.

Cosette se estremeció. Él añadió:

--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier

te descubre. Viene para llevarte.

Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión

firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la

patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse

su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los

sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de

la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes

de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los

zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió

sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo

del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese

tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había

pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.

Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo

de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.

De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy

baja.

--Arrímate á la tapia.

Ella obedeció.

--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.

Y ella sintió elevarse del suelo.

Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le

sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.

Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas

con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte

del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí

un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y

descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave

rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más

alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía

el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.

Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún

la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de

la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:

--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la

callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!

Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.

Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando

consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó

valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.

VI

=Principio de un enigma=

Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto

singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser

vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con

una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en

los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un

árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos

y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar

cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz

de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que

parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños

arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho

verde cubría el resto.

Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido

para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared,

una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una

máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.

El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas

habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de

trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.

El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la

callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á

escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las

exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz

en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las

cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra,

descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.

No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la

bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como

tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos,

y los tejados bajos de la calle Polonceau.

No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No

había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que

aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún

en medio de la luz del día.

El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus

zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no

se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la

Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.

Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la

patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra

las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía

apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se

entendían claramente.

Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido

borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.

Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.

Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel

barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor

sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con

las piedras sordas de que nos habla la Escritura.

De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido

nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el

otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de

súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche;

voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las

vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la

tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y

los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que

dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se

alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la

sombra.

Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.

No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos

comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que

debían estar de rodillas.

Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio

pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una

morada deshabitada.

Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada.

No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le

desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.

El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no

hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un

minuto.

Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún

ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había

desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia

algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.

VII

=Continuación del enigma=

Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una

ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se

había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó

éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.

La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo

que apenó á Juan Valjean.

Además seguía temblando.

--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.

--Tengo mucho frío,--respondió ella.

Un momento después le preguntó:

--¿Está ahí todavía?

--¿Quién?--dijo Juan Valjean.

--La señora Thénardier.

Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para

imponer silencio á Cosette.

--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.

La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.

La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la

brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el

levitón, envolviendo con él á Cosette.

--¿Tienes así menos frío? le preguntó.

--¡Oh! ¡Sí, padre!

--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.

Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio,

buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban

cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.

Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba

acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna

claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas.

Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas,

cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que

una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla

encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía

en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre

las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que

aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el

enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase

dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y

que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.

Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas

alumbrados, que aumenta sus horrores.

Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había

visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había

presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática,

cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío

y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese

ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.

Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se

movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le

pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De

pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó.

Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás.

Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de

él agitando los brazos.

Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor

corría por todo su cuerpo.

¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á

aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella

extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las

almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les

ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las

puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible

puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que

tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo

tocar las piedras.

El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían

producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí

dentro de su cerebro.

Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.

VIII

=Auméntase el enigma=

La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.

Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á

medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su

libertad de espíritu.

Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo,

esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de

él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada

sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose

quitado su levitón para abrigarla á ella.

Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía

algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara.

Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente.

Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los

ganados pastando por la noche en los prados.

Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.

Miró, y vió que había alguien en el jardín.

Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas

del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos

regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra.

Aquél ser parecía cojear.

Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los

desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del

día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les

sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y

entonces se estremecía de que hubiese alguien.

Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales.

Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que

sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel

hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría.

Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos,

llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón

más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.

Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo

que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía

todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba,

el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido

igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba

el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía,

por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre;

pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo

que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?

Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban

heladas.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.

Y la llamó en voz baja:

--¡Cosette!

Ella no abrió los ojos.

Sacudiola vivamente.

No despertó.

--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á

cabeza.

Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay

momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un

escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro

cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra

prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser

mortal al contacto del aire de una noche fría.

Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el

menor movimiento.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 42 / 64 段