Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette

consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que

acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar,

y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo

en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los

ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza.

Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un

extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol,

no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro

espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera

que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.

Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni

á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que

había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse

cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto,

quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean

no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura,

los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah!

dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró

nuevamente en su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había

creído ver era el de Javert.

Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al

hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.

Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su

puesto.

--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean,

dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz

lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.

Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á

reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus

adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.

Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando

en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y

después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció

singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se

acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo

seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En

rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese

ido á la botica. Juan Valjean escuchó.

Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja

usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como

al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su

luz.

Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:

--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se

detuvieron las pisadas.

Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la

puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo

su respiración en la obscuridad.

Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido,

y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el

ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra

en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí

alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.

Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó

ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido

á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.

Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no

pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.

Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga

despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla

del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre

que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban

acercando.

Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que

era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el

ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á

su puerta.

Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante

del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro

para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la

escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y

Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada

estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo.

Era la formidable facha de Javert.

Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que

daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.

Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su

casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?

Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la

habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin

interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.

Mientras iba barriendo, dijo:

--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?

En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche

cerrada.

--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más

natural.--¿Quién era?

--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.

--¿Y que se llama?...

--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.

--¿Y qué es ese señor Dumont?

--Un rentista como vos.

Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean

creyó descubrir alguna.

Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de

francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por

mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera

remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que

fué rodando ruidosamente por el suelo.

Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.

No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad

que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.

Volvió á subir.

--Ven,--dijo á Cosette.

Y tomándola de la mano, salieron los dos.

NOTAS:

[10] Traducción de Samaniego.

LIBRO QUINTO

Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA

I

=Las sinuosidades de la estrategia=

Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán

después, es indispensable una observación.

Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo

á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó,

París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es

hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama

á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de

los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París

que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París

de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera

todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los

lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día

casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el

trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe

con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más

agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí

de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido

todo aún.

Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le

son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada

significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son

más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el

empedrado por donde anda son simplemente piedras.

Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles

le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas

puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que

aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba,

había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de

sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos

aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás,

y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso,

se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen

visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la

patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran,

obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque

estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de

nuestra madre.

Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto,

suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.

Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado

en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo

algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le

seguían.

Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en

que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la

ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es

lo que en montería se llama _emboscada falsa_.

Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna,

muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios

de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas

y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá

bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las

callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de

que nadie iba tras él.

Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros

años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza.

Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener

en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy

exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las

extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.

Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en

Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él

le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le

conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan,

ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel

Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan

Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo,

hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No

necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de

Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde

esconderse, mientras encontraba donde alojarse.

Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio

Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la

disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas

maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la

calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por

allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando

lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban,

hubiesen perdido la pista.

Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de

Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número

14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más

arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias

al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le

seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la

parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el

portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo

decididamente sospechoso.

--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de

Pontoise.

Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que

estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la

Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.

Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde

va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.

Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle

vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una

silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII

por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.

La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean

se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos

hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando

atravesasen por aquella claridad.

En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron

los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos

con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos

bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura

y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les

podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.

Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para

consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente

señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan

Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia

la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la

luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente

á Javert.

II

=Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=

Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía

para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían

tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había

escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín

Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos

y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los

faroles á causa de la luna.

Dobló el paso.

En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la

claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:

De Goblet el hijo, está aquí la fábrica,

Venid á escoger floreros y cántaros,

Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras,

Que todo se vende, ya en fino y en basto.

Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor,

bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle.

Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las

calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.

Llegó al puente de Austerlitz.

Todavía se pagaba peaje en aquella época.

Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.

--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura

que puede andar. Debéis pues pagar dos.

Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación.

Toda fuga debe pasar inadvertida.

Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también

hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo

atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.

Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso

andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.

Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha,

unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso

atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que

le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se

creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.

Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una

callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha,

obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de

sí.

Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de

Austerlitz.

Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.

Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia

la orilla derecha.

Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.

Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.

Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no

habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el

momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran

espacio iluminado.

En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se

encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y

terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.

Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró

en la misma.

III

=Véase el plano de París de 1727=

Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle

bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á

la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de

una. Y. ¿Cuál debía seguir?

No vaciló un momento, y tomó por la derecha.

¿Por qué?

Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los

sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares

desiertos.

Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de

Juan Valjean.

Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro

de su buen conductor sin decir una sola palabra.

Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por

el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las

dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio

era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto,

en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la

calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que

se movía.

Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna

callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su

pista.

Pero encontró una tapia.

Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante;

era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual

terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.

Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.

Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre

construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida.

Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.

Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á

distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que

era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.

En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin

de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela,

observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una

especie de estatua negra, inmóvil.

Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el

paso.

Juan Valjean retrocedió.

El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre

el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido

completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos,

transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los

edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes

calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de

caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su

correctivo.

Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella

de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro

Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde

había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de

Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los

Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la

Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus,

son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria

del pueblo flota sobre los residuos del pasado.

El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de

ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad

española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco

edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar,

todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí

y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á

las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas,

pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.

Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya

maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado

y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En

treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las

nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.

El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos

actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en

París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de

Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence.

El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles,

formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas;

tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha

el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en

su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del

Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de

Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo

del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á

su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto,

en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación

truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón

Genrot.

Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.

Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el

ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No

cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.

¿Qué hacer?

No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la

sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda,

Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la

calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las

apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado

sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida.

Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron

enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita

de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el

callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó

después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura

sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por

la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era

lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un

lazo que fuera estrechándose lentamente.

Miró al cielo con desesperación.

IV

=Tentativas de evasión=

Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una

manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que

quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en

ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha,

hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia;

á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de

varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á

medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese

edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por

la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado,

descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la

cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán

muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que

estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 41 / 64 段