su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes,
resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de
dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en
que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon
por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de
Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama
Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó
alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos
golillas gracia de su nombre ó poco menos.
Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á
su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado,
porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse
Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una
antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.
Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido
propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital,
siendo él mismo el autor de la monumental ventana.
De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.
Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un
gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba
la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin
empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según
la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba
á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una
fábrica vecina.
La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía
aún.
Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el
camino de Bicêtre.
Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración,
entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí
fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado
«del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la
Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso
que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal
calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de
Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos
más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la
barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar
el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad
mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á
abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.
Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques,
que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más
triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco
atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.
Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí
sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las
ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre
el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de
Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer
y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se
distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas
raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por
todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como
mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel,
construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza
lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un
capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto
glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y
es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo.
La desesperación bosteza.
Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre,
sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante
infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del
Hospital.
Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad
desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo
crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas,
cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y
el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las
líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos
del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las
innumerables tradiciones patibularias del lugar.
Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes,
tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en
aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían
sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los
árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde
lúgubre; de noche siniestro.
En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas
viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las
lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.
Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido
que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya
entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban
desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde
hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí
junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en
el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte
de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de
esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las
poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la
civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena
de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres
para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y
las nuevas se elevan.
Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los
terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas
á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven
violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes
de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen
retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen
peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así
como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace
vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es
cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles.
Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio
provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado,
comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde
no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de
julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de
asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle
de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.
II
=Nido para búho y curruca=
Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como
las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su
nido.
Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la
puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera,
siempre con Cosette en brazos.
En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual
abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente,
era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón
puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida,
cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.
El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el
fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la
niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.
Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de
antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á
contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la
expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío.
La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á
la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber
con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.
Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.
Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también
acababa de dormirse.
El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.
Arrodillóse junto al lecho de Cosette.
Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.
Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván,
esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente,
una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la
calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado,
haciéndola temblar de arriba abajo.
--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy!
¡Allá voy!
Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la
pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.
--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.
Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan
Valjean.
--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.
Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la
felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.
Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y
empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas
á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien
lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto
exclamó:
--¡Qué bonito es esto!
Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.
--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.
--Juega, le dijo Juan Valjean.
Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se
consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen
hombre.
III
=Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=
Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al
lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.
Algo de nuevo penetraba en su alma.
Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que
estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni
amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El
corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades.
Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que
un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi
enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para
encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La
naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud,
si es que las tuvo, habían caído en un abismo.
Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó,
sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían
en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase
á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba
arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura
y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un
corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!
Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho,
todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió
en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y
diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el
alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.
Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.
Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre
criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se
acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de
la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido
conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y
otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada
ni nadie había querido amarla.
Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía
frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que
le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo
cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre.
Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.
El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale
Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.
Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de
la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena
parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha
en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván
poético.
La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una
separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación
la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible
poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la
edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á
la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de
Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento
misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando
aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como
necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.
Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría
decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era
el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan
Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.
Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo
del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en
la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de
aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de
Dios.
Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en
una seguridad que podía parecer completa.
El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana
daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que
temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.
El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía
de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el
principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas
ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso
contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los
cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la
habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.
Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina
principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le
había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.
Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos
de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses
adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete
como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo
preparó todo la noche de su llegada.
Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable
tabuco una existencia feliz.
Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen
su canto matinal como los pájaros.
Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y
acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada
á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda
avergonzada.
Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no
llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la
vida.
Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.
Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido
con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en
presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á
leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa
meditabunda de los ángeles.
Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una
voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones.
Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.
Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la
vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.
Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre.
Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su
muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de
interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación
no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna
para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba.
Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz
simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces
reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.
Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que
pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á
amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para
mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos
la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos
incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo
verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad
pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente
por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el
disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo
del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero
su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto
que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan
Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó,
volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la
protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso
de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué
sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh
misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!
IV
=Lo que observó la inquilina principal=
Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las
tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo,
frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los
boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de
la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana.
Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era
la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir
con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la
mano dirigiéndole palabras dulces.
Así es que Cosette estaba muy contenta.
La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.
Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes
necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del
primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera
la vidriera del gabinete de Cosette.
Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero
viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna
buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el
céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que
encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás
de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz,
le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba
rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele
en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja
_inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de
la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que
él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora.
Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se
tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette,
la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de
Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió
entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto
aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo
observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que
venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de
espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus
bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro
de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo
de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era
un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en
toda su vida. Huyó toda asustada.
Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á
cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de
su renta que había cobrado á la víspera.
--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la
caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La
vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas.
Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo
infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la
calle de Vignes-Saint Marcel.
Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa,
aserró unos maderos en el corredor.
La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola,
porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada;
la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la
escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la
palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las
escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados.
¡Otros billetes de mil francos sin duda!
Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo
las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada,
una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores
varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino
particular en el caso de acontecimientos imprevistos.
Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del
invierno.
V
=Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=
Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de
un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de
muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos
sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este
mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y
cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.