presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera
que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por
intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz.
Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros,
fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo
instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un
matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y
por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se
le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón
amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente
su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había
sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre
en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por
qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente?
Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le
irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser
el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no
darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta.
Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette.
Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo
todo, pero nada veía.
De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel
hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido
de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase
fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver
que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió
débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus
conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era
de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que
era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes
en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer:
descubrió bruscamente sus baterías.
--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos.
El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro,
abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la
mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al
tabernero:
--Haced venir á Cosette.
Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?
Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado
la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte
francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta
prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó
deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era
una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente
en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía
perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde
le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo.
Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta.
Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca
le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente
ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba
miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de
sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación
de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y
triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el
bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.
Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había
sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su
madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus
recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor
y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale
entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía
calor.
Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola;
alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su
trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el
mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la
moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á
tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y,
debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la
escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba
como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella
estrella en el fondo de su bolsillo.
Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la
Thénardier.
Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita,
no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.
--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida.
Un instante después entraba Cosette en la sala baja.
El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel
paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de
fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un
traje completo para una niña de siete años; todo era negro.
--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida.
Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que
empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un
buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de
luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse
hacia Livry.
Eran nuestro hombre y Cosette.
Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no
la conocieron tampoco.
Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía.
Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.
Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de
nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.
¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más
que opresión!
Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando
el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo.
De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se
fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto
al Dios bueno.
X
=Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor=
La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido.
Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se
hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después,
llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.
--¡Nada más!--dijo ella.
Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un
acto del dueño.
El golpe fué acertado.
--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el
sombrero.
Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió
aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha.
Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por
haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la
indicación, marchando á paso largo y monologando.
--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo
soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta,
últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo
habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.
Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo
esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se
sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos
de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber
exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy
un animal, repetía.
Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á
Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una
vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos
cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente.
Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el
hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la
parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.
Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él
caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.
De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre
que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus
pasos.
--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó.
Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces
junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas
conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado.
La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En
una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era
menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido
en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo,
dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos
que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se
necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba
algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón
del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra
maestra de deformidad.
Después de una corta vacilación:
--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse!
Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de
certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de
perdices.
Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado
oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de
Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta
á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el
cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero
del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y
Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su
corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca.
Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar
descansar á Cosette.
El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las
miradas de los que buscaba.
--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el
cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.
Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.
El hombre alzó los ojos.
--¿Qué significa esto?
Thénardier respondió respetuosamente:
--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.
Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.
Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando
mucho todas las sílabas.
--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?
--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he
reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un
hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su
madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos
diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar
la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la
madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es
evidente.
El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió
reaparecer la cartera de los billetes de banco.
--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!
Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora
en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un
alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó,
no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un
simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero,
diciéndole:
--Tenéis razón. Leed.
Thénardier tomó el papel y leyó:
M-sur-M, 25 marzo de 1823.
«Señor Thénardier:
«Entregaréis á Cosette al portador.
Os serán pagados todos los picos.
Tengo el honor de saludaros respetuosamente.
«FANTINA».
--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre.
Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.
No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de
renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre
añadió:
--Podéis guardar este papel para descargo vuestro.
Thénardier se replegó en buen orden.
--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En
fin, sea!
É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:
--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso
pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.
El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de
sus raídas mangas:
--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte
francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis
trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios
de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince
francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que
habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban
treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.
Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido
y cogido por los dientes de acero de la trampa.
--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó.
Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya
dado otra vez buen resultado.
--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda
ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes
mil escudos.
El forastero dijo tranquilamente:
--Ven, Cosette.
Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón
que estaba en el suelo.
Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.
El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero
vacilante é inmóvil.
Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas
espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.
Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados
brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba
él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.
Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.
--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta
distancia.
Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado
_Fantina_, y un consuelo en los mil quinientos francos.
El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba
lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El
invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier
podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en
cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente
distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura
donde ambos podían ocultarse.
--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso.
La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero
cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho
que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el
ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó
la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole.
Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse
de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan
sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió,
deshaciendo el camino.
XI
=Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería=
Juan Valjean no había muerto.
Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el
grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que
estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse
hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua,
ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no
le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores
de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios
escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como
todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley
y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.
Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se
dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida
vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe.
Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el
territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado
Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores
de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.
Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.
Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para
una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho
esto se dirigió á Montfermeil.
Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo,
ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había
tenido algún indicio.
Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que
se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los
periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y
casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.
La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de
las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer,
acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que
le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero,
tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche,
atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière,
dirigiéndose al boulevard del Hospital.
El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían
comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos
que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían
andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba
cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando
más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas;
Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro
de Juan Valjean, y se quedó dormida.
LIBRO CUARTO
LA CASUCHA DE GORBEAU
I
=Maese Gorbeau=
Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre
los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard
hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que
París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes;
no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello
una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la
yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado
altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era
un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran
población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva,
más triste de día que un cementerio.
Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.
Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes
ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de
la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un
corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban
montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores
gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al
lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales
ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una
puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores
en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito
edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE
PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle
de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á
una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una
casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza,
y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía
pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad.
Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y
una ventana.
Esta casucha no tenía más que un solo piso.
Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella
puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco,
mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en
vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.
La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas,
groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados.
Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos
peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta,
y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y
desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura
informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla
estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular,
que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta
estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en
tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la
tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que
nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice:
en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de
polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.
La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y
hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales
tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso
vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor
amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.
Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente
reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que
comenzaba por persiana acababa por postigo.
Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto
decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el
efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran
codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo
sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.
La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía
á un cobertizo convertido en casa.
Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual
se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias
dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas
que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos
de los alrededores.
Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral;
cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por
ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y
pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.
Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura
de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho
cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar
por allí.
Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo
que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo,
en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de
una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre
participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.
Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era
conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.
Explicaremos el origen de este nombre.
Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes
de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas
fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos
procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard
(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia
era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la
gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo
cojos, las galerías del palacio de Justicia.
De un proceso en la rama,
muy ufano y contento,
ejecutoria en pico
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
un Zorro muy maestro,
etc...[10]