Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta

veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos

juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de

su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle

ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso

del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete,

ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier...

lloró. Rompió á llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier.

--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del

delito, que yacía á los pies de Cosette.

--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre.

--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!

--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca?

--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con

sus asquerosas manos!

Aquí Cosette redobló su llanto.

--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier.

El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.

En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por

debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo

levantar aún más el grito.

Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando

entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos

los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la

mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:

--Tómala, para ti.

Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio

de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de

juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que

aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.

Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con

aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas

palabras inauditas: _Para ti_; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo

luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa

en el rincón de la pared.

Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á

respirar.

La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos

bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo

el bodegón.

La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas:

¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas

cosas, es decir: un ladrón.

La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga

que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante

aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba

alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en

aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto

sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo

bajo:

--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es

preciso humillarse ante ese hombre!

Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que

no hay en ellas transiciones.

--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser

dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las

mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca?

Cosette se arriesgó á salir de su escondite.

Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor

te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de

terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos

empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de

las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba

en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le

hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».

Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.

Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la

Thénardier regañaría y le pegaría.

Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró

tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.

--¿Es verdad que puedo, señora?

Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de

espanto y de arrebato á un tiempo.

--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te

la regala!

--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es

mía?

El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía

haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar.

Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la

mano de «la señora» en sus manecitas.

Cosette retiró vivamente su mano como si la de _la señora_ la quemase,

y fijó los ojos en el suelo.

Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un

modo desmesurado.

Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:

--La llamaré Catalina,--dijo.

Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y

estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la

muñeca.

--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla?

--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier.

Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.

Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo

delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud

contemplativa.

--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero.

--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña.

Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita

que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la

Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso

contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que

podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando

copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas

á acostarse; después pidió _permiso_ al hombre amarillo para enviar

también á Cosette, _que se había cansado mucho aquel día_, añadió con

aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.

La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde

estaba su marido, _para ensanchar el espíritu_, decía ella. Cambiaba

con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á

expresarlas en alta voz.

--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar!

¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar

muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta

sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de

Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este

viejo misterioso!

--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le

divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que

juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga.

Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es

cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?

Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno

ni otro.

El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su

actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros

se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta

distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan

pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las _ruedas traseras_

con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas

andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.

Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya;

la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada

estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero

continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando

en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no

había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.

Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en

la sala.

--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer.

Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:

--Me voy á acostar. Haz lo que quieras.

El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y

se puso á leer el _Correo francés_.

Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos

tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del

impresor. El forastero no se movía.

Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo

ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor

movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía;

pero nada podía despertarle.

En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y

se permitió decir:

--¿El señor no va á descansar?

_No va á acostarse_ habría aparecido excesivamente familiar.

_Descansar_ sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras

tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente

la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se _acuesta_, cuesta veinte

centécimos; un cuarto en que uno _descansa_, cuesta veinte francos.

--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?

--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros.

Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el

posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era

de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras

de percal encarnado.

--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero.

--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi

esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.

--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente.

Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.

Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la

chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar.

Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de

cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.

--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero.

--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer.

El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido

pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?

Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella

casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto

alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar,

pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa»,

de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses

llaman respetabilidad.

Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase

eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no

queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se

proponía desollar regiamente á la mañana siguiente.

Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no

dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:

--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?

Thénardier respondió fríamente:

--¡Cómo te alteras!

No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada

la luz.

Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su

paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció

algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las

dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando

en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á

la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración

de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en

una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por

mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa

que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí,

en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el

polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un

jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta

descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los

ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su _señora_.

El hombre se acercó y la contempló.

Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se

desnudaba para no tener frío.

Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos

abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba

profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca

entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más

que uno de sus zuecos.

Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto

obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de

una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias.

Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba

una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había

estado llorando toda la noche.

El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos

Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea;

una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco

fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella,

ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero.

Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño;

recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que

colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar

allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine

y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de

ellas uno de sus zapatos en la chimenea.

Inclinóse el viajero.

La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía

brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente

nueva.

El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en

el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró

y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común,

medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el

zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños

que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto

también su zueco en la chimenea.

Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura

que nunca ha conocido más que la desesperación.

No había nada en aquel zueco.

El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el

zueco de Cosette un luis de oro.

Después volvióse á su habitación á paso de lobo.

IX

=Thénardier maniobrando=

Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba,

Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado

por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita

amarilla.

La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No

cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación

profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y

desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la

casa; era la Alondra que barría la escalera.

Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo

Thénardier esta obra maestra:

CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1

Cena 3 francos

Cuarto 10 »

Bujías 5 »

Fuego 4 »

Servicio 1 »

----------

Total 23 »

Servicio estaba escrito _cervisio_.

--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado

de cierta vacilación.

Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.

--¡Psch!--dijo.

Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la

cuenta que debía pagar la Francia.

--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer,

pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es

justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.

Thénardier rióse fríamente, diciendo:

--Pagará.

Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la

autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose

en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de

la sala. Después de un momento, éste añadió:

--¡Y yo debo mil quinientos francos!

Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y

puestos los pies sobre la ceniza caliente.

--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la

calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes

me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!

El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:

--Entregarás esta cuenta al hombre.

Y después salió.

Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.

Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo

inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para

su mujer.

El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.

--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos

deja ya el señor?

Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía

entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba

una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.

Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias

«de un pobre», se le resistía.

El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:

--Sí, señora; me voy.

--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil?

--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que

debo?

La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.

El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba

visiblemente en otra parte.

--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra

explosión distinta.

Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:

--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos

burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando

en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos

tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.

--¿Qué chiquilla?

--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el

lugar!

--¡Ah!--exclamó el hombre.

Ella continuó:

--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire

de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero

no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La

patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos!

¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo

mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.

El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que

pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:

--¿Y si os desembarazase de ella?

--¿De quién? ¿De Cosette?

--Sí.

La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una

expresión repugnante.

--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla,

azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la

santísima Virgen y de todos los santos del cielo!

--Está dicho.

--¡De veras! ¿Os la lleváis?

--Me la llevo.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo. Llamadla.

--¡Cosette!--gritó la Thénardier.

--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi

hospedaje. ¿Cuánto es?

Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa:

--¡Veintitrés francos!

Miró á la tabernera y repitió:

--¿Veintitrés francos?

Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el

acento que separa la admiración del interrogante.

La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque.

Respondió por lo tanto con aplomo:

--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.

El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.

--Id por la chica,--dijo.

En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo:

--El señor debe veintiséis sueldos.

--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer.

--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis

sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con

el señor. Déjanos solos.

La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran,

producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el

gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.

En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste

se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión

de hombría de bien y sencillez.

--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña.

El forastero le miró fijamente:

--¿Qué niña?

Thénardier continuó:

--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero?

Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro.

--¿Pero quién es?--preguntó el forastero.

--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla?

Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado,

no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto

tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene

defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado

más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus

enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni

madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy

encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se

encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la

chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya

como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa.

El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:

--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al

primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo

yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si

fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos

que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente

adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando

en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba

por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál

es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra?

¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un

pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!

El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por

así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento

grave y firme:

--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de

París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis

mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es

que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva

atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 38 / 64 段