--No lo sé,--respondió la chiquilla.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la

palabra, añadió:

--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.

Y después de una pausa, prosiguió:

--Creo que nunca la he tenido.

Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo

ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por

mirarla y ver su rostro en la obscuridad.

El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la

pálida luz del cielo.

--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre.

--Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó

después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y

echó á andar.

Después de unos instantes, preguntó:

--Chiquilla, ¿dónde vives?

--En Montfermeil, sabéis...

--¿Es allí dónde vamos?

--Sí, señor.

Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:

--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?

--La señora Thénardier.

El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el

tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor

singular.

--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?

--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada.

--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta

noche. Acompáñame.

--Vamos allá,--dijo la niña.

El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad.

No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos

hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza

inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la

Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo

que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta

los cielos.

Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:

--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?

--No, señor.

--¿Luego estás tú sola?

--Sí, señor.

Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:

--Es decir, hay dos niñas.

--¿Dos niñas?

--Ponine y Zelma.

La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan

agradables á la Thénardier.

--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?

--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.

--Y, ¿qué hacen estas niñas?

--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que

hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...

--¿Todo el día?

--Sí, señor.

--¿Y tú?

--Yo, trabajo.

--¿Todo el día?

La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á

causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:

--Sí, señor.

Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:

--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto

también.

--Y ¿cómo te diviertes tú?

--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y

Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un

sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.

Y la muchacha levantaba su dedo meñique.

--¿Y que no corta?

--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca.

Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles.

Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del

pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas,

guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras

sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre,

preguntó á Cosette:

--¿Hay feria aquí?

--No, señor; es Navidad.

Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo

tímidamente:

--¿Señor?

--¿Qué hay, hija mía?

--Enseguida estaremos en la casa.

--¿Y qué?

--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?

--¿Por qué?

--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta

del bodegón.

VIII

=Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico=

Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que

continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.

Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.

--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el

tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!

--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea

hospedaje.

La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una

mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando

ávidamente con la mirada al recién llegado.

--¿Es este señor?--dijo ella.

--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección

del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista

de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á

poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:

--Entrad, buen hombre.

Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada,

examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero

algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un

fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba

bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella

imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de

los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de

este supuesto, dijo la Thénardier:

--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.

--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra.

Pagaré como si me diérais cuarto.

--Cuarenta sueldos.

--¿Cuarenta sueldos? Bien.

--Corriente.

--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la

Thénardier.--¡Si no son más que veinte!

--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no

admito pobres á menos precio.

--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los

establecimientos el recibir gente de esta clase.

Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su

envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que

Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El

mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su

caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de

cocina y tomado su calceta.

El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se

había servido, contemplaba á la niña con atención particular.

Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.

Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y

descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus

grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados

á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de

curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y

en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado

su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel

momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente

de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío,

había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra.

Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima

en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa

agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por

varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó

negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado.

Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de

sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su

porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y

palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban

y traducían una sola idea: el temor.

El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el

temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los

talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla

respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse

su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había

en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.

Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había

atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á

su tarea.

La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de

ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos

parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.

Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto

el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.

El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.

De repente la Thénardier, exclamó:

--¡Á propósito! ¿Y el pan?

Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la

voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.

Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente

sempiterno de los niños asustados. Mintió.

--Señora, el panadero tenía cerrado.

--¡Haber llamado!

--Ya llamé, señora.

--¿Y bien?

--No abrieron.

--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes,

verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de

quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La

moneda de quince sueldos había desaparecido.

--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído?

Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse

hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que

contestar. Estaba petrificada.

--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la

Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el

rincón de la chimenea.

Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:

--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!

La Thénardier descolgó el martinete.

Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos

en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este

movimiento.

Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin

fijarse en nada más.

Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de

la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi

desnudos. La Thénardier levantó el brazo.

--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que

ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede

que sea esto.

Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un

instante.

--Aquí está precisamente,--añadió levantándose.

Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.

--Sí, ésta es,--dijo ella.

No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier

salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se

contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:

--¡Cuidado con que te vuelva á suceder!

Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho»,

y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á

tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible

asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.

--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero.

Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.

--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre

asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la

posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que

estaba en el suelo.

Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y

Azelma.

Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que

lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy

lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la

espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que

daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto

arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería

del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la

primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su

tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.

Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno

de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras?

Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra,

acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con

la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:

--¡Vais de cualquier manera!

Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y

revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De

cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas

jugar con aire triste.

Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas

como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro

años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la

envidia, por otra el desdén.

La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y

rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en

su vida había tenido una muñeca, _una verdadera muñeca_, para servirnos

de una frase que todos los niños comprenderán.

De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala,

advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba

de las niñas que estaban jugando.

--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú

trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.

El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier,

y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:

--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!

De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una

ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese

tenido aquel aire de _pobre asqueroso_, semejante ruego habría sido

una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener

un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese

manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber

tolerar. Replicó pues agriamente:

--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que

no haga nada.

--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz

dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus

hombros de cargador.

La Thénardier se dignó contestar:

--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice,

y que van á quedarse con los pies desnudos.

El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:

--¿Y cuándo habrá concluido esas medias?

--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.

--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?

La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.

--Treinta sueldos al menos.

--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre.

--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba

oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!

Thénardier creyó deber tomar la palabra.

--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco

francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.

--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera

breve y perentoria.

--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando

del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo

pago.

Después se volvió hacia Cosette:

--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.

El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso

adelantándose á recogerla.

--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera!

¡Y que no es falsa!

Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.

La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su

rostro tomó una expresión de odio.

Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:

--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?

--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible.

--Gracias, señora,--dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil

se las daba al viajero.

Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:

--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?

--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios

vistiendo levitas como la suya.

Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio.

Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella

algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo.

Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba.

Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado

del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la

mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con

una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía

esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce

y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las

alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:

--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se

mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella?

Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la

mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego

le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me

dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que

yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.

Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.

Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción

obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les

animaba y acompañaba.

Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una

muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma

envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho

lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para

ello dulcemente.

La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo

uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar,

levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar

un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien:

ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando,

haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos,

y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven

casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo

es la continuación de la última muñeca.

Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una

mujer sin hijos.

Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.

La Thénardier se había acercado al _hombre amarillo_. Mi marido tiene

razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan

especiales!

Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.

--Señor,--le dijo.

Al oir la palabra _señor_, volvióse el hombre. La Thénardier no le

había llamado todavía más que _buen hombre_.

--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más

repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña

juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois

generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:

--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre.

--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por

caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la

cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo

lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más

de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá

muerto.

--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.

--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de

abandonar á su hija!

Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese

adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la

Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.

Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo

inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de

color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús.

La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette,

debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su

mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho,

y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto!

¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!

Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el

millonario», consintió finalmente en cenar.

--¿Qué quiere tomar el señor?

--Pan y queso,--dijo el hombre.

--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier.

Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la

mesa, seguía también cantando la suya.

De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el

suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por

jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á

medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La

Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y

Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban;

ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió

de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos,

cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego

vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba

en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese

sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de

jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba

toda la violencia de un deleite.

Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente

su frugal cena.

Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.

Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de

los pies de la muñeca _sobresalía_, y que el fuego de la chimenea le

alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía

de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á

Eponine:--¡Mira, hermana mía!

Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había

atrevido á coger la muñeca!

Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y

empezó á tirarla de la falda.

--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres?

--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves?

Y señalaba con el dedo á Cosette.

Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía

ni oía nada.

El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone

de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se

designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».

Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette

había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca

de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el

gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.

Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:

--¡Cosette!

Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella,

volvió la cabeza.

--¡Cosette!--repitió la Thénardier.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 37 / 64 段