esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche,
al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso
de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro,
saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la
coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas
de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera,
mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la
jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con
Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible
de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de
aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.
Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.
La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura
del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla.
¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido.
¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no
hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última
hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay
allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto
en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no
botar?
Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los
Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de
los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas,
están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al
gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que
Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.
Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una
espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la
palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella
victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á
la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y
abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el
alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer
esto, hallar esto, es ser el vencedor.
El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en
aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como
Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo
de lo alto.
Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de
estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico
supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de
desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre
del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la
Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los
gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.
Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las
baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de
bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una
vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se
hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa
de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.
Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se
percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué
cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas,
expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre,
entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á
las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su
caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.
XVI
=¿Quot libras in duce?=
La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la
ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9].
Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada.
Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios
embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.
Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la
corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos
diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero
golpe de vista las principales y características líneas de aquella
catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los
demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de
su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto,
derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los
reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota
de la guerra.
En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana,
la parte de los hombres es nula.
Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á
Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta
Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo,
los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de
la espada.
Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior
de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un
choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre
Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es
el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen,
así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son
majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas
á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas
mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo
XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los
pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es
la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los
pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se
elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso
específico en el género humano es resultado de algo más que un combate.
Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no
son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan
poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida,
significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el
tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.
Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al
azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo?
¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.
No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la
historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios.
Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más
sorprendente ni confrontación más extraordinaria.
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia,
la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría
pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha
el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza
tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado
voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección
absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho
militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé
qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso
dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma
profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque,
la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota
llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella
mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á
un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel
Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien
salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington
esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en
su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La
vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica,
no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel
corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido
que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin
municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado
de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa
coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y
con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después
de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando
á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre
Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra
con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar
le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del
viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada
flamígera, y del tablero contra el genio.
El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y
debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y
de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las
mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se
encontró ante Wurmser joven.
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos
á Wellington.
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de
segundo.
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza
inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que
Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma.
No fué su capitán, fué su ejército.
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord
Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de
1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría
confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan
grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos
escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos
de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt,
aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses
tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt,
aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el
fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo
grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo
hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué
tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de
hierro.
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al
ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra.
La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un
hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella
conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal,
porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual
ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como
nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y
toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que
le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento,
que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por
lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un
parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de
Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro
de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de
Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este
cataclismo aparece maravillosamente conducido.
En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.
Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea
de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de
Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,
con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración
vino la matanza.
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente:
pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento;
rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y
cuatro.
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.
En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y
uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y
cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la
tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si
algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio
en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe
le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental
desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su
realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos
cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables,
el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre
cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el
fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas
sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel
esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no
existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen,
y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y
en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint
Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen
confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.
XVII
=¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=
Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo
á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no
es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de
semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.
Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión,
es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa
contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el
_statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al
través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías
contra el indomable tumulto francés.
Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis
años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los
Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con
los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad
también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud
de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y
de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional,
con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede
ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente
fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando
los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y
sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de
Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad
para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la
declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que
es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es
el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente
su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo
extraño.
Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era
éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse
en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para
tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre
que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante
del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del
conquistador fuera, del gotoso dentro.
Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos,
no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra
revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó
el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha
pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha
sido vencida por la libertad.
En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que
sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de
mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo
que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos
para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo
sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba
á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de
Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era
la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta
infame palabra: _Desmembración_.
Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza
abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una
constitución.
No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad
intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente
liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón
involuntariamente revolucionario.
El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.
XVIII
=Recrudescencia del derecho divino=
Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.
El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano
agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros.
Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo
la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se
detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos
heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el
imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la
luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura.
Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la
noche produjo el efecto de una eclipse.
Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron
los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis
del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca.
Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante
del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy
como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono
fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de
la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el
continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo
célebre.
La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra,
figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay.
Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco
de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas
entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de
Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El
cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de
mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están
entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo
de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes
en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado
esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo
tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en
Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso
llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes
recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula,
y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la
luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de
verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por
aquí y no por allí!
El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades
perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La
mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una
carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones,
las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14
en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las
serpientes.
El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón.
Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el
extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre,
ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón
tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está?
¿Qué hace?
--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y
Waterloo.
--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis
bien!_
Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa,
después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo
tiempo por haber desaparecido Napoleón.
Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de
ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había
ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.
En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los
perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador,
hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad.
Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa
singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del
pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte
caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se
espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le
hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud
de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía
de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que
explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía
temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca
de Santa Elena permaneció en su horizonte.
Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos
en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella
triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus
tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.
Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.
Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella
nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no
turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón
saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de
campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.
XIX
=El campo de batalla por la noche=
Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de
batalla.