Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la

catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército

inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que

algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo

vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante

hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido

fué su grande y fatal error.

De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería

inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset;

Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía

á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su

izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados

de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la

caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba?

Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.

Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así

podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas,

agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la

colección del museo de Waterloo.

Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.

Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato

vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En

un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos

á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió

con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de

Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros

dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor

decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno

á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo

cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta.

Esta horrorosa lucha duró dos horas.

El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que

si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por

el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido

la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien

había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en

sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media

voz: ¡Sublime![8]

Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó

clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos

ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la

guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la

Belle-Alliance.

La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular

era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su

parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre.

¿Cuál de los dos caerá primero?

La lucha de la meseta continuaba.

¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que

sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados

muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de

pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan

y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de

Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los

hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se

llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.

Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los

coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había

sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin

embargo dominaban la mayor parte los ingleses.

Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía

mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado

raíces en aquel suelo fúnebre.

Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia

de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba

refuerzo. _No le hay_, respondía Wellington; _¡Que se haga matar!_ Casi

en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en

ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba:

_¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?_

Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates

furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y

pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres,

alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento:

batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un

teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte,

estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze,

cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de

Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en

1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y

que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida

de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente

hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte

de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier,

Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de

los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey

muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de

Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel

equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería

había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres

alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido

veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses

tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y

cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.

Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con

su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y

destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el

bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros,

los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar

terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella;

los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al

arma!

Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos

leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven

todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que

se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII

en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del

hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de

las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda,

Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban

desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle,

exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés,

había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de

hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario

austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla

en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco

miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría:

_¡Blücker ó la noche!_

Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de

bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont.

Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.

XI

=Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow=

Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy,

apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.

El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se

divisa Santa Elena.

Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le

hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que

por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá

diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.

Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército

prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow

no podía llegar.

Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano

Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de

pie: «la batalla estaba perdida».

Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad,

retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había

salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y

sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas

de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido

preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que

conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y

furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas

ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya

las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía

á Chapelle-Saint Lambert.

De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado

á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por

Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito

que está muy por encima de nuestros alcances.

Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga

vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su

atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece

ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:

--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal,

aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor.

Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la

bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube»

designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que

hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube

no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto

obscuro la división de caballería ligera de Domon.

Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y

nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden

de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo

Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo

esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».

Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se

desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe

Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba

ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las

líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón.

XII

=La guardia=

Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la

batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente,

Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por

Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de

la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot

retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al

caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la

línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la

gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa

y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de

frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo

aquel espantoso derrumbamiento.

Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La

historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando

en aclamaciones.

El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo

instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte

dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el

grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en

Austerlitz.

Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por

un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de

Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los

granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron

éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella

pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar

veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los

vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó:

_¡Arriba, guardias, y buena puntería!_

El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de

los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera

tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos

enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia

imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su

alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de

¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador!

y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y

muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella

tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó

al suicidio.

Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte,

ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto

caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes

los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio

cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa

de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo,

admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; _¡Venid á

ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!_ Pero

inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de

Erlón esta pregunta: «_¿Es que no quieres hacerte matar?_». Y seguía

gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un

puñado de hombres: _¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas

balas inglesas entrasen en mi pecho!_

¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!

XIII

=La catástrofe=

La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.

El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de

Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de:

¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!

Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe,

estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción

inaudita!

Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin

espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á

la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama,

insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los

soldados se le escapan, gritando: _¡Viva el mariscal Ney!_

Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados

entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de

Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los

amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones

dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla.

Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella

ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia;

en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio.

Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante

Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe

Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones

del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón

recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita,

amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva

el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien

le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita,

vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se

arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan

los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados

con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos;

todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos.

Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los

caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los

valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres.

Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos,

paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas,

oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla

á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal

fué aquella fuga.

En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau

reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á

la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla

prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve

hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un

edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de

llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin

duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa.

Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo

de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un

prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la

guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en

Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó,

matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de

los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker

se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota

desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies,

atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta

la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande

ejército.

Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que

jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa?

No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la

jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la

línea de este día.

De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas

aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á

la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir,

sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. _Hoc erat in

fatis._ Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es

el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria

al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se

encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la

batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.

Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand

asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo,

pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la

derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la

brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo.

Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de

aquel sueño de gloria anonadada.

XIV

=El último cuadro=

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la

derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche.

Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad,

é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento,

aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al

ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado

posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las

alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí,

abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban

formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.

Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda

de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle

funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros,

inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes

de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de

proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado

Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba

á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro

lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar

aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.

Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando

su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las

balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor

que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror

sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería

inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua.

Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de

espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los

cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las

cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre

el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia

ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se

cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre

entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus

cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron

á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido

sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según

unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos!

Cambronne respondió:

--¡Mierda!

XV

=Cambronne=

El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al

historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha

dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la

historia.

Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.

Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán:

Cambronne.

Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque

morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado

sobrevivió.

El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no

es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no

es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de

Waterloo fué Cambronne.

Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 31 / 64 段