la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los
fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada
caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las
catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.
Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó
desierta.
Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la
comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido.
Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.
Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante.
Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord
Bathurst.
Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente
á la aldea de Waterloo.
Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la
acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado,
Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué
tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos
vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que
para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.
No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos
claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no
hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus
fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo
inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á
una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.
¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante
y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria?
¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria?
Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente
los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no
cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe
del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo,
de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra
parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un
muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.
Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen
los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado
contemporáneo, fuera de duda.
Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres
murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves
nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores
de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles,
cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando
en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por
guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban
en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos
del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba
«los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables
de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y
seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses.
Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á
traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques,
quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos,
en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el
merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía
esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay
celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales,
grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de
sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte
de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el
Palatinado.
Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según
era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca
rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.
No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los
muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien
quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz.
Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla,
mientras se los fusilaba en el otro.
La luna era siniestra en aquella llanura.
Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por
la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,
uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni
paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los
muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo.
Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto
y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre?
La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba
morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina.
De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor,
como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por
tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía.
Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso,
le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las
ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.
Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.
Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas,
hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás
de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del
camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito
de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un
rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro
del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá
existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.
La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la
tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias
del cielo.
En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,
pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente
agitadas por el aire de la noche.
Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en
la yerba, que parecían exhalaciones de almas.
Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas
mayores del campamento inglés.
Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y
al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar
desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de
hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las
colinas del horizonte.
Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la
muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.
Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites
del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la
fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr
hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor;
sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una
voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre,
tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura
un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar,
aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas,
no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres
debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por
alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta
un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar,
retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un
ser viviente!
Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la
sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de
caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión.
Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura,
llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un
montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja:
tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría
hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago
delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la
calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.
Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de
Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor
de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia
el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la
división Delort, el lecho de muertos disminuía.
El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por
este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía
pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la
sangre.
De pronto se detuvo.
Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía
el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y
caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.
Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.
El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse
ya no brillaba el anillo en aquella mano.
No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y
fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el
horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre
el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde
del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas
acciones.
Después, tomando una resolución, se levantó.
En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por
detrás.
Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido
por la falda del capote.
Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.
--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.
Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto
en la tumba.
--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.
Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba,
cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y
unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un
hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y
oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo
de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía
el rostro, donde no se veía más que sangre.
Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna
feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían
formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser
aplastado. Tenía los ojos cerrados.
Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.
El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos
interiores de su capote.
Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba
un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde
encontró un bolsillo, que también se guardó.
Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el
oficial abrió los ojos.
--Gracias.,--le dijo débilmente.
Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco
de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su
letargo.
El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.
[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla
de Waterloo=]
Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que
se acercaba.
El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:
--¿Quién ha ganado la batalla?
--Los ingleses,--respondió el vagabundo.
El oficial repuso:
--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj.
Tomadlos.
Ya lo había hecho.
El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:
--No hay nada.
--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.
Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.
--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un
hombre que se va.
El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.
--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:
--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje.
Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad
hacer lo que podáis.
--¿Qué graduación es la vuestra?
--Sargento.
--¿Cómo os llamáis?
--Thénardier.
--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del
mío. Me llamo Pontmercy.
NOTAS:
[8] _¡Splendid!_ palabra textual.
[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas
reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió
por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa
Elena._)
LIBRO SEGUNDO
EL NAVÍO ORIÓN
I
=El número 24601 se trueca en 9430=
Juan Valjean había sido preso nuevamente.
Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos
concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos
de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos
acaecidos en M* sur M*.
Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no
existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.
Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de
julio de 1823:
«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un
acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento,
llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos
procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de
azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo
también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios
habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal
Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal
y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha
sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había
conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón
que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado
legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan
Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».
El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario
de París_, de igual fecha:
«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de
comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias
dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la
vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse
elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento
del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante
considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias
al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una
mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este
miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio
de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía
le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á
uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al
pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)
«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días
de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa
de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á
unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación,
debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no
se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado
Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de
Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de
ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que,
como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:
«Todos los años llegan de Saboya
Para deshollinar con mano diestra
Los largos tubos de las chimeneas».
«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil
y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido
perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una
cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean,
declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este
criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su
inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena
perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de
Tolón».
No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres
religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_,
presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.
Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.
Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor
Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había
previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó;
faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída,
verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes
existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes
que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad
humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se
efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.
Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron
fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres
del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios,
dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros
el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse
en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya
centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor
Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí;
el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á
la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador
para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron
y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los
productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos
pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la
quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.
El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en
alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la
sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena
con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos
de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y
el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes
de febrero de 1827.
II
=Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=
Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un
hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no
deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio
público.
Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima,
tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de
las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de
aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He
aquí, pues, la superstición de Montfermeil.
Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida
aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres
afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios
apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó
leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo,
y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos
cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda
reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado
en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de
semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle.
Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que
el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo,
sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por
cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol,
la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la
perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á
casa y se muere dentro de la semana.
La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido
su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí
donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro
ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del
mes.
En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una
palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.
Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.
Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece
al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque
no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.
Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas
aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos
cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece
que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se
ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos
enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un
mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está
enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de
cuya tumba nacen sapos.
Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son
ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la
noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa,
gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo
del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra?
¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo,
una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces
un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una
cartera, y otras muchas, nada.
Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:
Fodit, et in fossa thesauros condit opaca
As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.
Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de
pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado,
que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos
hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece
que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger
Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.
Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro
de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco,
tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se
sirve de ella.