El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció

la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los

fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada

caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las

catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.

Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó

desierta.

Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la

comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido.

Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.

Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante.

Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord

Bathurst.

Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente

á la aldea de Waterloo.

Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la

acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado,

Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué

tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos

vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que

para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.

No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos

claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no

hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus

fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo

inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á

una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.

¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante

y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria?

¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria?

Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente

los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no

cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe

del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo,

de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra

parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un

muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.

Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen

los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado

contemporáneo, fuera de duda.

Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres

murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves

nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores

de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles,

cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando

en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por

guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban

en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos

del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba

«los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables

de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y

seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses.

Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á

traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques,

quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos,

en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el

merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía

esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay

celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales,

grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de

sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte

de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el

Palatinado.

Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según

era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca

rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.

No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los

muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien

quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz.

Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla,

mientras se los fusilaba en el otro.

La luna era siniestra en aquella llanura.

Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por

la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,

uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni

paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los

muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo.

Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto

y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre?

La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba

morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina.

De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor,

como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por

tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía.

Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso,

le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las

ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.

Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.

Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas,

hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás

de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del

camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito

de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un

rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro

del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá

existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.

La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la

tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias

del cielo.

En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,

pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente

agitadas por el aire de la noche.

Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en

la yerba, que parecían exhalaciones de almas.

Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas

mayores del campamento inglés.

Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y

al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar

desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de

hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las

colinas del horizonte.

Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la

muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.

Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites

del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la

fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr

hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor;

sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una

voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre,

tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura

un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar,

aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas,

no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres

debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por

alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta

un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar,

retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un

ser viviente!

Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la

sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de

caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión.

Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura,

llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un

montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja:

tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría

hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago

delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la

calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.

Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de

Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor

de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia

el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la

división Delort, el lecho de muertos disminuía.

El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por

este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía

pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la

sangre.

De pronto se detuvo.

Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía

el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y

caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.

Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.

El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse

ya no brillaba el anillo en aquella mano.

No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y

fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el

horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre

el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde

del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas

acciones.

Después, tomando una resolución, se levantó.

En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por

detrás.

Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido

por la falda del capote.

Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.

--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.

Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto

en la tumba.

--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.

Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba,

cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y

unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un

hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y

oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo

de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía

el rostro, donde no se veía más que sangre.

Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna

feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían

formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser

aplastado. Tenía los ojos cerrados.

Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.

El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos

interiores de su capote.

Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba

un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde

encontró un bolsillo, que también se guardó.

Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el

oficial abrió los ojos.

--Gracias.,--le dijo débilmente.

Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco

de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su

letargo.

El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.

[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla

de Waterloo=]

Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que

se acercaba.

El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:

--¿Quién ha ganado la batalla?

--Los ingleses,--respondió el vagabundo.

El oficial repuso:

--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj.

Tomadlos.

Ya lo había hecho.

El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:

--No hay nada.

--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.

Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.

--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un

hombre que se va.

El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.

--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?

El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:

--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje.

Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad

hacer lo que podáis.

--¿Qué graduación es la vuestra?

--Sargento.

--¿Cómo os llamáis?

--Thénardier.

--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del

mío. Me llamo Pontmercy.

NOTAS:

[8] _¡Splendid!_ palabra textual.

[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas

reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió

por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa

Elena._)

LIBRO SEGUNDO

EL NAVÍO ORIÓN

I

=El número 24601 se trueca en 9430=

Juan Valjean había sido preso nuevamente.

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos

concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos

de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos

acaecidos en M* sur M*.

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no

existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.

Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de

julio de 1823:

«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un

acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento,

llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos

procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de

azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo

también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios

habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal

Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal

y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha

sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había

conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón

que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado

legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan

Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».

El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario

de París_, de igual fecha:

«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de

comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias

dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la

vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse

elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento

del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante

considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias

al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una

mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este

miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio

de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía

le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á

uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al

pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)

«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días

de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa

de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á

unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación,

debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no

se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado

Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de

Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de

ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que,

como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:

«Todos los años llegan de Saboya

Para deshollinar con mano diestra

Los largos tubos de las chimeneas».

«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil

y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido

perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una

cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean,

declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este

criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su

inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena

perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de

Tolón».

No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres

religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_,

presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor

Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había

previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó;

faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída,

verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes

existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes

que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad

humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se

efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron

fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres

del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios,

dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros

el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse

en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya

centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor

Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí;

el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á

la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador

para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron

y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los

productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos

pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la

quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en

alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la

sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena

con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos

de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y

el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes

de febrero de 1827.

II

=Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=

Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un

hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no

deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio

público.

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima,

tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de

las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de

aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He

aquí, pues, la superstición de Montfermeil.

Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida

aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres

afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios

apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó

leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo,

y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos

cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda

reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado

en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de

semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle.

Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que

el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo,

sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por

cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol,

la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la

perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á

casa y se muere dentro de la semana.

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido

su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí

donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro

ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del

mes.

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una

palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece

al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque

no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas

aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos

cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece

que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se

ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos

enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un

mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está

enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de

cuya tumba nacen sapos.

Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son

ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la

noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa,

gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo

del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra?

¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo,

una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces

un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una

cartera, y otras muchas, nada.

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:

Fodit, et in fossa thesauros condit opaca

As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de

pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado,

que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos

hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece

que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger

Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro

de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco,

tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se

sirve de ella.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 33 / 64 段