Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27

de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_

encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido,

y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que

llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y

amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había

tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue

bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón

había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de

Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y

luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una

mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la

orden de batalla.

Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y

puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en

dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á

la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido

de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y

bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por

dos veces: ¡Magnífico, magnífico!

De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece

increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas,

formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV».

Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en

medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede

á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas

por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y

destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se

encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó

el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro

buenas mozas, general_.

Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de

él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él

mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la

aldea.

Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva

compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy

una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos

admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_

Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para

observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino

de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.

Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance

y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que

existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un

declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas

sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía

sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse

recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas

oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos.

_Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á

sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la

bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía

Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla

de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando

esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á

hacer que te maten por la espalda._

El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza

pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del

cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis

años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como

varas de saúco.

Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se

verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como

nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese

campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento,

le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede

reconocerlo.

Para glorificarlo se le ha desfigurado.

Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse

diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy

la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que

descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que

del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La

elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad

por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que

encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á

la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba

francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á

las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de

ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la

meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave;

el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era

de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los

cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el

fondo del valle, centro del combate.

El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente

aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no

bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo

de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de

adivinar para un observador lejano.

¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de

Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas

del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que

atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces

como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco

en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta

de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y

de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la

llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales

han servido para el promontorio monumental.

Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su

trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas

laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en

invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos

accidentes.

El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que

un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua

una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el

nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y

la fecha del accidente, febrero de 1637.

Dice así la inscripción:

D. M. O.

AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE

POR UN CARRO

EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE,

MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)

FEBRERO DE 1637

Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un

aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un

hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de

piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo

pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del

césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja

de Mont-Saint-Jean.

En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada

daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso

en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era

invisible, es decir, terrible.

VIII

=El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=

Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.

Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos

consignado, era efectivamente admirable.

Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de

Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera

de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada

Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y

sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas

sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto

de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo

empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo,

de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la

inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa

caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa

poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney

agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo,

masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres,

entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las

balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de

escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot

y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel

hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento

en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego

lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la

carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la

infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por

Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete

piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra

el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada,

y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los

exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo

el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras

dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos

hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont,

los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la

Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes

de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin

haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor

incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en

general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del

detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total

de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se

alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar,

suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual

á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.

Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y

tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia,

casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la

antigua invulnerabilidad.

No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau,

parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento

de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.

En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió

desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el

frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El

emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria

cruzó ante sus ojos.

Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el

aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy,

Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba

á Azincourt.

El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por

última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su

guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde

abajo con cierta contemplación religiosa.

Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes,

escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero;

parecía cortar uno á uno los matorrales.

Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas

de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte,

armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que

apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles

donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió

junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de

blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.

Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El

guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.

Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.

Wellington había retrocedido.

Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.

Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á

París, anunciando que se había ganado la batalla.

Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.

Acababa de encontrar el rayo.

Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint

Jean.

IX

=Lo inesperado=

Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de

legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran

veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división

de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los

cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los

lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos

sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas

y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había

admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas

las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido

en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en

el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe

y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa

segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo

á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema

derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de

hierro.

El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó

su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.

Entonces se vió un espectáculo formidable.

Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y

trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con

un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un

ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance,

penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían

ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la

sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida,

subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía

sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont

Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los

intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo

colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la

división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda.

Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos

inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.

Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa

por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía

que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma.

Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo,

se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y

allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos

borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón

y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima

de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la

hidra.

Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión

aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los

hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara

humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles,

invulnerables, sublimes; dioses y bestias.

Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir

á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta,

á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en

trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en

la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y

atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando.

No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba

subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos

tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al

trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una

especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio

espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una

larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las

trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises

gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en

la meseta, pareció el principio de un terremoto.

De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra

derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con

un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta,

desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre

los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los

ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.

Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico

bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre

los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera,

y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban

queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus

cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos

contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era

más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los

ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser

vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él,

atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola

carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres

vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una

tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.

Aquí comenzó la pérdida de la batalla.

Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos

y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de

Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás

cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.

Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente

maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había

arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.

Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había

examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo,

que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta.

Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca

que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había

dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una

pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_.

Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano

surgió la catástrofe de Napoleón.

Otras fatalidades debían todavía surgir.

¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos

que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No.

Por causa de Dios.

Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo

XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida

Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga

fecha.

Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.

El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba

el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo

universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en

una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería

mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en

que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente

se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que

dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden

material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las

madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la

tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten

de la sombra y oye el abismo.

Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su

caída.

Molestaba á Dios.

Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del

universo.

X

=La meseta de Mont-Saint-Jean=

Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.

Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de

jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería

inglesa.

Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de

los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar.

El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran

de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en

valor.

La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna

Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si

presintiese el engaño, había llegado entera.

Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.

Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los

dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.

Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta

convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve

granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se

movieron.

Aquello fué horroroso.

Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un

torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció

impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros

con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila,

los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro,

dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los

coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban,

levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de

las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros

vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros

abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían

deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en

los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas

como no se hayan visto tal vez nunca.

Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse

sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus

acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros

no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una

caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por

una nube; la lava combatiendo al rayo.

El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de

apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º

regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras

se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus

ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos,

sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de

sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como

los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando

de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música,

matando al músico.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 30 / 64 段