Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el
enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la
parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos
trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el
alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su
plan de batalla. Después, ya vería.
Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de
Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando,
tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su
historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente
bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una
pléyade de historiadores[7].
Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones,
no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un
investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana,
tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho
alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de
hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica
militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según
nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos
capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado,
le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.
IV
=A=
Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más
que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna
izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la
carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain
á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está
Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille
con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience,
allí está Napoleón.
Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra
y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este
palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla.
Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo
heroísmo de la guardia imperial.
El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y
la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta
fué toda la batalla.
Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los
dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y
Reille frente á frente de Hill.
Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se
encuentra la selva de Soignes.
En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno
ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas
ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á
la selva.
Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que
luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse
á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un
parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde
un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una
senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la
planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.
El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe
responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el
más pequeño relieve.
Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint
Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había
examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una
gran batalla.
En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington
la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las
alturas, el francés la llanura.
Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la
mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de
1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto.
Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne,
aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el
capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco,
el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo
púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana
sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es
decir, la figura completa del último César, está presente en todas las
imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.
Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz;
esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la
mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo
la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.
La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario
y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es,
coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del
mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca
al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con
los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en
la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á
Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén
muerta, empequeñece á Tito.
La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en
pos de sí la sombra de su forma.
V
=El quid obscurum de las batallas=
Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al
principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más
aún para los ingleses que para los franceses.
Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero,
habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la
llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los
furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido.
Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en
marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas,
se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los
valles de la parte de Papelotte.
La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía
la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola,
apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido
esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar
libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la
tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada
de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés
Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.
La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que
hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre
Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando
la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha
francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.
El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí
á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan.
Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias
inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen
guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á
concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras
cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.
El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo:
desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas,
interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á
Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia
Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos
incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó
Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.
Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa,
particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados
bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su
inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo
un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado
en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio;
aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas.
Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á
Wellington.
Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.
Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo
obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues
participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo.
Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo
vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en
nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes,
las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los
húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós
guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada
con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses
llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la
caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con
filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las
piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas
de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente
al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.
Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid
obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar
los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere
la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene
incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes
penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo
de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más
ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les
arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se
quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea
como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes
de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman
cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos
delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde
estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.
Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los
claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden;
una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa
aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación.
La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una
jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos
pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que
Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La
geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da
derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre
cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza
y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una
frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos
que á la historia del ejército».
El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede
abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún
narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de
esa nube horrible que se llama una batalla.
Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de
armas, es particularmente aplicable á Waterloo.
Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo
apreciarse la batalla con toda exactitud.
VI
=Cuatro horas después del mediodía=
Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era
grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha,
Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente,
gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_
Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington;
Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían
arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses
les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que
le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de
apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero
ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la
defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales
menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se
habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa,
el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como
invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring
había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas
banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón
de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts.
Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby
estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el
ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil
doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles,
dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby
había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh
también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.
Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el
centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó.
Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en
Braine-l'Alleud.
El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto,
estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean,
teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la
sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella
época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de
los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban
en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían
cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos,
poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los
zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo
púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las
estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por
el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías
enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que
no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que
obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las
mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado
entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de
carabinas.
Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba
en excelente posición.
El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua
entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael
y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin
disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente.
La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según
opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido
una dispersión general.
Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala
derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división
Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de
Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la
infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos
de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis
batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás
del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra
en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de
Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los
guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra
mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido
Ponsomby quedaba Sommerset.
La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba
dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta
apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho
de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para
empalizarla.
Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo
todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino
de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde
un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se
lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las
balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord
Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles
son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis
matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo
lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada
iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de
Talavera, Salamanca y Vitoria.
_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la
vieja Inglaterra!_
Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás.
De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería
y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos,
arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo
que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean,
realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés
desapareció, Wellington retrocedió.
--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.
VII
=Napoleón de buen humor=
El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento
local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde
la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815,
aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad.
El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en
Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones.
Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á
Dios.
_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión
Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que
se reía César.
Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y
la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme,
satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban
por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale
parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de
Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido
inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y
se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase
misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya
de acuerdo.
No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de
aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido
toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá
á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de
Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un
momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia
inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis
mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había
vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.°
de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan,
exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del
17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita
una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el
trueno, mientras la lluvia arreciaba.
Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones;
los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo
no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque
se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo
en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro,
condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido
de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada
Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema
izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que
acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la
batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más
bien derribarlos que rechazarlos._
Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de
Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había
mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina
y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por
alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de
batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_
Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres,
atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de
mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas,
lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos
noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo
al emperador. _Tenía convidados muchos generales._
Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en
el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo
con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había
contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no
será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre.
_Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón.
_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud.
_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín
Constant.
Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él
fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las
orejas y tirándoles de los bigotes.
_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos.