¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que

estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes

y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el

paraíso esta mentira!

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni

siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser

apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las

brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.

Este hombre era Juan Valjean.

Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros

que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De

dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos

días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la

fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.

Una frase final para Fantina.

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta

madre.

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de

lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino

á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario

y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina

reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa

común.

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que,

siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos

de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas.

Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se

encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.

NOTAS:

[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.

SEGUNDA PARTE

COSETTE

LIBRO PRIMERO

WATERLOO

I

=Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=

El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el

mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La

Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles

una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van

sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas

enormes.

Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste,

el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un

vaso boca abajo.

Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de

un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el

que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón

en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de

particular._

Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un

pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén

de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles,

que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro

en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden,

hasta Braine l'Alleud.

Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta

de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas,

un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que

humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un

cobertizo cercado de paredes de paja.

Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón

amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era

continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una

laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un

sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió

por él.

Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una

pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos

encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada,

con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos

medallones planos.

Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la

fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en

ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos,

á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas

las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos

hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.

El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento

de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso

pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol

frondoso.

El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por

bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular

parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las

puertas y salió una aldeana.

Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:

--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.

Y luego añadió:

--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es

el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.

--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.

--Hougomont,--dijo la aldeana.

El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los

setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de

montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.

Encontrábase en el campo de Waterloo.

II

=Hougomont=

Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera

resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que

se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.

Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el

anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de

Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.

El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una

carretela antigua, y entró en el patio.

Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del

siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás

adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la

ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del

tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de

esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas,

un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un

potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un

pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla,

he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón.

Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado

tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus

picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que

reemplaza á los ingleses.

Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías

de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al

encarnizamiento de todo un ejército.

Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo

cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular

con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la

puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente.

Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y

la septentrional, que es la de la granja.

Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones

Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo

de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de

Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la

brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye

le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.

Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la

puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son

cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan

los destrozos del ataque.

La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se

ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se

entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente

en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior,

cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para

carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos

grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden

los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho

tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de

huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.

La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el

horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado

allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los

muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son

llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos

para huir.

Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias

construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y

recodos fortificados.

Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al

fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del

castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene

en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón;

la capilla de fortín, ambos se exterminaron.

Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde

lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas,

por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras,

acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la

metralla fué contestada por el incendio.

Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas

guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un

cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en

esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al

techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera

tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los

escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían

en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas.

Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el

primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos

inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto

parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía;

muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815

empezó á brotar al través de la escalera.

Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo

ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la

matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca,

pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas

de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas,

sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un

tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo

un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la

capilla.

Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del

siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los

franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después,

la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en

horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo

de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones

permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al

decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna

del Cristo.

Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies

del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde

de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres

franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.

Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se

insultaban las naciones mutuamente.

En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía

un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.

Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el

patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que

ya no se saca agua.

¿Y por qué no se saca agua?

Porque está lleno de esqueletos.

El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom.

Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18

de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.

La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y

muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy

todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles

quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores

tiritaron entre las espesuras de la maleza.

Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo»

agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron.

Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los

combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió

de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último

trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.

Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La

muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que

la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo.

Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en

él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban

muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió

al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de

socorro.

Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra

y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando

una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está

descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del

fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de

obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los

maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe

una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad

de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El

nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.

Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho

en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un

travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de

madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No

existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de

piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en

ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las

vecinas selvas, remontándose inmediatamente.

En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza,

cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura

gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol,

colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda

cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le

cortó la mano de un hachazo.

La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero

Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos

decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía

miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre.

Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo

imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_.

Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al

cercado.

Este cercado es terrible.

Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La

primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas

tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las

edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á

la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se

entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado

de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un

malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor.

Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le

Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan

en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y

tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos

están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece

sobre el estrave como una pierna rota.

En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis

tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados

como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías

hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los

hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis

franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis

contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los

groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.

Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el

espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en

menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el

combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por

los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos

sepulturas inglesas de granito.

Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el

ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto

vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto,

saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los

guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego

á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la

brigada Soye. Así comenzó Waterloo.

No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses

treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles.

Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau,

setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro,

contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está

acribillada por la metralla.

Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus

botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí

caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan

los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar

la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en

los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco

desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para

espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat,

oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de

Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo,

vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen

de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los

esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado.

Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de

violetas.

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería;

un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa,

furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento

de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto;

Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones

franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres

mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados,

destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un

aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos;

si gustáis os explicaré lo de Waterloo_.

III

=El 18 de junio de 1815=

Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y

trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que

comienza la acción referida en la primera parte de este libro.

Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el

porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de

menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término

de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco

de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la

estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.

La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no

pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba

mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la

artillería pudiese maniobrar.

Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de

este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio

desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_.

Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer

converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de

victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela,

y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y

desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio.

Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas,

aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él;

herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea

á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible

durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.

El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto

que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de

ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas

cuarenta.

Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción

empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y

terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.

¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla?

¿Es imputable el naufragio al piloto?

La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella

época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra,

¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se

manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una

palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han

creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á

sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo

de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del

peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden

llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía

del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los

Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal

y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido

directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á

no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos?

¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los

senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de

rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro

aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones?

¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura

suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un

inmenso abismo?

No lo hemos creído nunca.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 28 / 64 段