Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su

primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor

Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia

del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su

primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de

locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese

incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado

sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel

Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia

del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de

todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor

le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á

consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto

había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya

ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo

algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca

de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se

unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa

á Champmathieu.

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á

Champmathieu, tomó á Magdalena.

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu,

el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de

la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur

M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda

de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la

primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era

preciso que la justicia siguiese su curso.

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de

bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi

furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del

desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_.

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á

M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al

inspector de policía Javert.

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente

después de haber prestado su declaración.

Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal

le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.

El enviado del fiscal era también un agente de policía muy

experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo

sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba

concebida en estos términos:

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de

M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser

el presidiario cumplido Juan Valjean».

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de

penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar

nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del

mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente

alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su

lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo,

examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su

corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja

izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.

Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni

en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los

botones del vestido.

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester

era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos

llamar terremotos interiores.

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y

cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el

patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le

había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como

estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con

la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.

Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta

con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de

su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del

codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía

detrás de él.

Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su

presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se

volviese el señor Magdalena.

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de

Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció

espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible

como la alegría.

Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su

condenado.

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su

fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo

removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido

la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel

Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien

desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El

contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del

triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo

del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese

darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo,

por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert,

personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime

de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una

profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la

conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía

el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad,

prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria.

Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie,

altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente,

la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de

la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago

centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su

planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno.

Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta

grandeza en aquel san Miguel monstruoso.

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del

deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes;

pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de

la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen

un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en

plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin

él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno

de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan

doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que

podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.

IV

=La autoridad recobra sus derechos=

Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde

la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de

nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la

vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro

entre ambas manos, y exclamó angustiada:

--¡Señor Magdalena, salvadme!

Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había

levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:

--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.

Después dirigiéndose á Javert, le dijo:

--Ya sé lo que queréis.

Javert respondió:

--¡Vamos pues!

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo,

en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino

_¡Vampués!_ No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo

pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de

arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é

impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco

años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un

fin. Limitóse por ello á exclamar:

--¡Vamos, pues!

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan

Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual

acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.

Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus

huesos, dos meses antes.

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando

allí el señor alcalde ¿qué había de temer?

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:

--¡Ea! ¿Vienes?

La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y

el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á

ella solamente; y empezó á temblar.

Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como

nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos

delirios de su fiebre.

Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al

señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.

--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina.

Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría

todos sus dientes.

--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto

por el cuello de su levita, y dijo solamente:

--¡Javert!...

Javert le interrumpió:

--Llámame señor inspector.

Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á

solas.

--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla

siempre en alta voz.

Juan Valjean continuó bajándola:

--Es un favor que os pido...

--Dígote que hables alto.

--Es cosa que únicamente vos debéis oir...

--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:

--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de

esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.

--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me

pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija

de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!

Fantina se estremeció.

--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí!

Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija!

¡Señor Magdalena, señor alcalde!

Javert dió una patada.

--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es

éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas

están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya

era tiempo!

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la

corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:

--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde

alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan

Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y

descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la

hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un

ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió

después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y

buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su

propio peso sobre la almohada.

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el

pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.

Estaba muerta.

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y

se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:

--¡Habéis matado á esa mujer!

--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender

razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida,

ó mando que te aten.

Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal

estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela.

Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera,

ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y

empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á

bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de

Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en

voz apenas perceptible:

--No os aconsejo que me estorbéis en este momento.

Es lo cierto que Javert temblaba.

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía

aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su

bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta

miraba fijamente á Juan Valjean.

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente

en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo

así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No

se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable

piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse

hacia Fantina, y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á

aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la

tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que

son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor

Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas

veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina,

vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y

en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en

la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después

le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho

esto, le cerró los ojos.

La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.

La muerte es la entrada en la gran luz.

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló

delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.

Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:

--Ahora estoy á vuestras órdenes.

V

=Tumba apropiada=

Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.

La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación,

ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder

disimular, que á la sola exclamación de: _¡Era un presidiario!_ casi

todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que

había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo

es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras.

Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como

esta:

--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.

--¿Quién?

--El alcalde.

--¡Bah! ¿El señor Magdalena?

--Sí.

--¿De veras?

--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean,

Boujean.

--¡Ay! ¡Dios mío!

--Está preso.

--¡Preso!

--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.

--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?

--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado

que cometió en otro tiempo.

--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado

perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna

á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar

todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono»

especialmente, dominó esta idea.

Una vieja señorona, suscriptora de la _Bandera blanca_, hizo esta

reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.

--Me alegro. ¡Así aprenderán los _bonapartistas_!

Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se

desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la

población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le

había servido fué una de ellas.

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su

cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había

estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo,

y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos

hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de

Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar,

la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la

llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía

por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de

donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si

también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar.

La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que

hacía.

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones,

exclamando:

--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el

clavo!

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una

mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela

que estaba ardiendo.

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un

grito que ahogó en la garganta.

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.

Era realmente el señor Magdalena.

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, _sobrecogida_, como decía

después ella misma, contando la aventura.

--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía...

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al

principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.

Éste terminó por sí mismo la frase.

--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una

ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á

mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre

mujer.

La vieja obedeció enseguida.

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría

ella mejor que él mismo.

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir

la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra

que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y

quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la

palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué

á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la

palmatoria y entró en la habitación.

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía

ser vista desde la calle.

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla,

sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el

menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había

«arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la

ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del

palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «_Éstas son las dos

conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo,

de que he hablado al tribunal_». Puso sobre dicho papel la moneda de

plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese

al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que

desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No

se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía

los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es

probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado

consigo al evadirse.

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en

el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un

reconocimiento por la justicia.

Dieron dos golpecitos en la puerta.

--Adelante,--dijo él.

Era sor Simplicia.

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba

en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que,

por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas

la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las

emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en

mujer. Había llorado y temblaba.

Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que

entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al

señor cura.

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.

--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean.

La hermana leyó:

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con

ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la

mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos

inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:

--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre

infeliz?

--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su

lado, esto turbaría su reposo.

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera.

Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que

decía en voz alta y penetrante:

--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie

durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un

instante de la portería!

Un hombre respondió:

--Sin embargo, hay luz en este cuarto.

Reconocieron la voz de Javert.

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse,

ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz

de un soplo y se quedó en el ángulo.

Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.

Abrióse la puerta.

Entró Javert.

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en

el corredor.

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.

La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el

humeante pábilo escasa claridad.

Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro

respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de

ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad

eclesiástica la primera de todas, era _religioso_, _superficial_ y

correcto en este punto, como en todo.

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una

religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este

mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la

verdad.

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente

en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y

arriesgar al menos una pregunta.

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía

y la veneraba particularmente por esta razón.

--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola?

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió

desfallecer.

La hermana levantó los ojos, y respondió:

--Sí.

--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis

visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien

vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?

La hermana dijo: No.

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar,

rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.

--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 27 / 64 段