--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan

el Gato, por su fuerza extraordinaria.

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente

sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de

mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban

más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la

anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que,

según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera,

los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre

dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y

con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse:

¡Famoso!

El presidente le interpeló:

--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Él respondió:

--Repito que ¡famoso!

Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era

evidente que aquel hombre estaba perdido.

--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el

debate.

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á

la cual se oyó una voz que gritaba:

--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible

era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había

partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia

sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la

puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie

en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois,

veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:

--¡El señor Magdalena!

XI

=Champmathieu más y más asombrado=

Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro.

Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su

traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y

ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras,

aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de

estar allí.

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible.

Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan

penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer

momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había

gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien

hubiese dado un grito tan horroroso.

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que

el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los

gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que

en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había

adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.

--¿No me reconocéis?--les dijo.

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza

que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar.

El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y

dijo con acento tranquilo:

--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor

presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es

él sino yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había

sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie

de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está

verificando algo grandioso.

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía

y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas

palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al

público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:

--¿Hay por aquí algún médico?

El fiscal tomó la palabra:

--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que

suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un

sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al

menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*.

Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del

señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y

acompañarle á su domicilio...

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con

un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras

que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas

inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de

aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que

las oyeron hace cuarenta años.

--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á

verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese

hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado

criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios,

que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis

prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo

mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he

enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre

las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto

hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi

historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé

á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis

dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea

suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido

como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á

la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado

salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario.

Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un

infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me

cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón.

Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera

que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis

vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará,

entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que

robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme.

¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena

se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al

menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que

estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría

del acento con que acompañó esta exclamación.

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:

--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:

--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que

llevabas en presidio?

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado

de pies á cabeza.

Él continuó:

--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el

hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día

sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se

descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?

--Es cierto,--dijo Chenildieu.

Dirigióse entonces á Cochepaille.

--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una

fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la

del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815.

Levántate la manga.

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver

aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se

leía perfectamente.

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces

con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando

la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la

desesperación.

--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no

había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba

del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de

que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para

dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto

digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna

autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse

de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie

alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se

explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y

todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La

aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella

aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria

otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de

revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe,

aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para

que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las

vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en

aquel vasto hecho luminoso.

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.

--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy,

puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe

ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando

quiera.

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se

extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en

él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres

retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la

multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta,

pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí

volvióse y dijo:

--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.

Después se dirigió al auditorio:

--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es

verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en

verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese

pasado nada de esto.

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había

abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros

de hallar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda

culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto

inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á

todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.

NOTAS:

[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.

[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una

pronunciación casi igual.

LIBRO OCTAVO

RETROCESO

I

=En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=

El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y

calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al

amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para

ir á preparar una nueva poción de quina.

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el

laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy

de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce

sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero

grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar

silenciosamente.

--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.

Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?

--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.

Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala

la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor

alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se

atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no

era de Montfermeil de donde venía.

--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.

--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña,

señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?

Permaneció un momento reflexivo y luego:

--¡Dios nos inspirará!--exclamó.

--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad

daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que

la hermana alzase los ojos.

--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha

vuelto blanco!

--¡Blanco!--repitió él.

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un

estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el

médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto,

que ya no respiraba.

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:

--¡Es verdad!

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.

La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que

entreveía en todo aquello.

Él preguntó:

--¿Puedo verla?

--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana,

arriesgándose apenas á hacer la pregunta.

--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.

--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la

hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle

paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor

alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de

mentirle.

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo

con tranquila gravedad:

--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.

La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que

daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y

respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:

--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.

Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal,

y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde

estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas.

Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre

propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres

madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y

dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una

especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la

transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus

mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo

de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á

pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como

tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y

llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una

enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo

que á morirse.

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y

parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano

tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los

dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel

lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como

cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo.

Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en

el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y

él los tenía blancos.

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie

junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien

allí á quien imponer silencio.

Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:

--¿Y Cosette?

II

=Fantina dichosa=

No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era

la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una

fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa

de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella

continuó:

--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo.

Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido

siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda

clase de figuras celestes.

Él levantó su mirada hasta el crucifijo.

--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no

la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha

podido nunca recordar.

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de

auxiliar al señor Magdalena.

--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su

semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto

puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.

--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que

se lleva en brazos.

--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de

fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo

primero es curarse.

Ella le interrumpió impetuosamente:

--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de

médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!

--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis

así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es

preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.

La pobre madre agachó la cabeza:

--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no

habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que

algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y

esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor

daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de

verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría

á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que

tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente

á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser

dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que

me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi

Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien

que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á

no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy

tranquila, dirán: hay que traerle su hija.

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al

lecho.

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer

serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel

abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á

fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle

su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía

menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.

--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en

haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien

el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá

olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como

los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan

de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían

aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais,

haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora

todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor

alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija?

¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer

siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo

vos! ¡Vos que sois el amo!

Él le tomó la mano, y dijo:

--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos.

Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y

esto os hace toser.

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas

quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar

de cosas indiferentes:

--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen

muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa

mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola

ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su

mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor

Simplicia era la única persona que estaba con ellos.

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:

--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á

escuchar como extasiada.

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó

de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre,

y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos

lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para

entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella

criatura era el que oía Fantina.

--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.

La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió.

Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de

sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:

--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene

ese hombre!

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y

continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:

--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me

lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya

debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre

la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su

primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?

Púsose á contar con los dedos.

--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco,

llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh,

mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya

pensando en la primera comunión de mi hija!

Y se puso á reir.

Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye

el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en

reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á

él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la

cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro,

radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en

algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala,

agrandados sus ojos por el terror.

--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?

Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar

viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que

mirase detrás de sí.

Volvióse, y vió á Javert.

III

=Javert contento=

He aquí lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de

la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada

precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que

recordará el lector que había tomado.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 26 / 64 段