Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera

de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos

dicho, la sala estaba poco alumbrada.

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.

La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado;

hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales

la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza

terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable,

perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un

vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama

cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado

vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel

hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que

acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del

debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos

aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras

manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal

de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien

la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho

años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real

á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo,

crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos

reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado

comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual

prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será

juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los

testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y

signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era

toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de

todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era

como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No

obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador,

y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella

multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia

llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase

entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio,

era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad,

y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena.

¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya?

¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía

nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que

parecía igualmente dividir al jurado.

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no

era solamente sombrío, sino obscuro.

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia

que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que

usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin

ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan

solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes

conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el

cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París,

_el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_;

á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente

intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban

de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo

de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros

reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante

general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los

alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados

á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas

de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por

hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese

elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer

alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo

elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo

de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en

su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido

visto escalando la pared ó arrancando la rama.

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía

en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del

suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había

sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y

arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda,

un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése

Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El

abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente

bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado

había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien

tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin,

cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu

por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales

testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente,

negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan

Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía,

pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el

acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en

ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en

negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión

sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le

hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había

aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente,

creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un

error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez

de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga

permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían

embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para

condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía

necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado

concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de

Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía

que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo

espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen

serlo generalmente los fiscales.

Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa

lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su

abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean.

El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean.

Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no

cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al

origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la

inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el

nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la

_Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la

influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó,

por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó

á hablar del mismo Juan Valjean.

¿Qué es lo que era Juan Valjean?

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de

esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes,

la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos

diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y

los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió,

con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto,

al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y

es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios

de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las

acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio,

como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese

hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo,

á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto

robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega

todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien

otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen:

Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos

compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y

Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa.

¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc.,

etc.».

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta,

con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de

aquella manera.

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella

requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede

detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega

al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza

de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta

triste y muda con la que se había contentado desde el principio de

la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca

de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber

preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado

sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba,

no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á

la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad»

del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de

Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.

Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio

fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero

ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.

X

=El sistema de negativas=

Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al

acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.

--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra,

pareciendo no entender lo que se le decía.

El presidente repitió la pregunta.

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento

como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en

el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el

tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su

banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona

del fiscal, comenzó á hablar.

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su

boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas,

que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo

así:

--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en

casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero

hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de

algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres

cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se

pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero

los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo.

Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado.

Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo

joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres,

pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un

pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no

ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían;

los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija,

que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco,

reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el

día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con

nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar

también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la

lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos.

Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas

partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad

penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde

el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto

al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos

frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es

terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á

las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada.

Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena

muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un

martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo

la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe!

París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto

cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de

eso, no sé qué me queréis.

El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz

alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y

salvaje.

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes.

Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí,

venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba

el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el

auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por

qué, púsose á reir también.

¡Aquello era siniestro!

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro

carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había

citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido».

Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo

que iba á decirle, y añadió:

--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan

sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales

consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última

vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente,

¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la

rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con

escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí

ó no?

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha

comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se

volvió hacia el presidente, y dijo:

--En primer lugar...

Después miró su gorra, miró al techo y se calló.

--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No

respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os

condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el

presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan

Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia;

que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que

habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón.

Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en

cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:

--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no

se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no

come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un

turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían

desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas

de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama

tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar

que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me

llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me

dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el

codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no

he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer

verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en

él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes

hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor

Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo

decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo.

Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran

gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho

me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis

nombres de bautismo, tomadlo como queráis.

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene

esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en

Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que

soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he

estado domiciliado.

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis

todos contra mí?

El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:

--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy

hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo

logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que

se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados

Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert,

para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del

acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.

--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector

de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido

de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la

ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para

ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del

acusado.

--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del

señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo

ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra,

por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien

inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el

señor Javert:

«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas

materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco

perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo

presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso

en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez

y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco

ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo

de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el

difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era

yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le

reconozco perfectamente».

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión

así en el público como en el jurado.

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres

testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é

interpelados solemnemente.

El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la

puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme

dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio

estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no

tuviesen más que un alma.

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de

las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que

tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas

ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían

llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era

hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes

tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener

presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.

--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no

podéis prestar juramento.

Brevet bajó los ojos.

--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado

por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite,

sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este

momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una

parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por

otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El

instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis

haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado,

reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si

persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de

presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.

--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y

persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en

1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un

bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy

taciturno. Le reconozco positivamente.

--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.

Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo

indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el

predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa.

Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido,

descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona

tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa.

Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á

Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el

derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando

descaradamente al público.

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á

Brevet, si persistía en reconocer al acusado.

Chenildieu se puso á reir.

--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á

la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?

--Id á sentaros,--dijo el presidente.

El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido

de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de

Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la

montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje,

y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices

que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en

presidiarios.

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y

graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar

ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 25 / 64 段