de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos
dicho, la sala estaba poco alumbrada.
En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.
La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado;
hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales
la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza
terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable,
perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un
vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama
cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado
vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel
hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que
acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del
debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos
aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras
manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal
de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien
la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho
años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real
á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo,
crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos
reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado
comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual
prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será
juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los
testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y
signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.
Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era
toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de
todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era
como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No
obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador,
y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella
multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia
llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase
entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio,
era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad,
y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena.
¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya?
¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía
nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que
parecía igualmente dividir al jurado.
Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no
era solamente sombrío, sino obscuro.
El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia
que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que
usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin
ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan
solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes
conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el
cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París,
_el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_;
á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente
intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban
de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo
de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros
reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante
general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los
alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados
á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas
de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por
hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese
elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer
alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo
elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo
de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en
su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido
visto escalando la pared ó arrancando la rama.
Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía
en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del
suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había
sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y
arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda,
un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése
Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El
abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente
bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado
había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien
tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin,
cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu
por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales
testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente,
negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan
Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía,
pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el
acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en
ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en
negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión
sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le
hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había
aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente,
creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un
error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez
de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga
permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían
embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para
condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía
necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado
concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de
Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía
que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo
espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.
El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen
serlo generalmente los fiscales.
Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa
lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su
abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean.
El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean.
Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no
cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al
origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la
inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el
nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la
_Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la
influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó,
por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó
á hablar del mismo Juan Valjean.
¿Qué es lo que era Juan Valjean?
Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de
esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes,
la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos
diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y
los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió,
con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto,
al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y
es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios
de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las
acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio,
como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese
hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo,
á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto
robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega
todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien
otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen:
Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos
compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y
Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa.
¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc.,
etc.».
Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta,
con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.
Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de
aquella manera.
De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella
requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede
detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega
al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza
de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta
triste y muda con la que se había contentado desde el principio de
la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca
de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber
preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado
sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba,
no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á
la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad»
del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de
Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.
Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.
Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio
fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero
ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.
X
=El sistema de negativas=
Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al
acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.
--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra,
pareciendo no entender lo que se le decía.
El presidente repitió la pregunta.
Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento
como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en
el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el
tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su
banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona
del fiscal, comenzó á hablar.
Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su
boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas,
que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo
así:
--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en
casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero
hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de
algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres
cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se
pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero
los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo.
Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado.
Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo
joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres,
pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un
pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no
ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían;
los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija,
que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco,
reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el
día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con
nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar
también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la
lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos.
Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas
partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad
penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde
el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto
al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos
frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es
terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á
las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada.
Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena
muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un
martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo
la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe!
París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto
cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de
eso, no sé qué me queréis.
El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz
alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y
salvaje.
Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes.
Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí,
venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba
el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el
auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por
qué, púsose á reir también.
¡Aquello era siniestro!
El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.
Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro
carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había
citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido».
Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo
que iba á decirle, y añadió:
--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan
sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales
consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última
vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente,
¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la
rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con
escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí
ó no?
El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha
comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se
volvió hacia el presidente, y dijo:
--En primer lugar...
Después miró su gorra, miró al techo y se calló.
--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No
respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os
condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el
presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan
Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia;
que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que
habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón.
Los señores jurados apreciarán estos hechos.
El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en
cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:
--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no
se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no
come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un
turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían
desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas
de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama
tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar
que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me
llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me
dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el
codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no
he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer
verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en
él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes
hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor
Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.
Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo
decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo.
Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran
gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho
me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis
nombres de bautismo, tomadlo como queráis.
He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene
esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en
Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que
soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he
estado domiciliado.
¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis
todos contra mí?
El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:
--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy
hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo
logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que
se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados
Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert,
para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del
acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.
--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector
de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido
de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la
ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para
ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del
acusado.
--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del
señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo
ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra,
por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien
inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el
señor Javert:
«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas
materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco
perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo
presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso
en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez
y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco
ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo
de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el
difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era
yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le
reconozco perfectamente».
Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión
así en el público como en el jurado.
El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres
testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é
interpelados solemnemente.
El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la
puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme
dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio
estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no
tuviesen más que un alma.
El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de
las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que
tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas
ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían
llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era
hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes
tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener
presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.
--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no
podéis prestar juramento.
Brevet bajó los ojos.
--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado
por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite,
sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este
momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una
parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por
otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El
instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis
haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado,
reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si
persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de
presidio Juan Valjean.
Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.
--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y
persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en
1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un
bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy
taciturno. Le reconozco positivamente.
--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.
Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo
indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el
predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa.
Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido,
descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona
tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa.
Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].
El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á
Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el
derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando
descaradamente al público.
El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á
Brevet, si persistía en reconocer al acusado.
Chenildieu se puso á reir.
--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á
la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?
--Id á sentaros,--dijo el presidente.
El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido
de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de
Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la
montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje,
y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices
que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en
presidiarios.
El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y
graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar
ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.