de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo
hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba
de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme.
¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los
Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á
Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían
que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me
hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz;
ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á
Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he
visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego,
¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos
tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las
tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años!
Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad,
esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y
se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios
mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos!
¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha
hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho
frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no
es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana
mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes.
Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros
tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy
aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á
Montfermeil?
La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió:
--¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.
--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena
hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si
quisiera, bailaría.
Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera
dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y
natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja.
Alegría de madre, es casi alegría de niño.
--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa,
obedecedme y no habléis más.
Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:
--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor
Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.
Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas
partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una
palabra más.
La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.
Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que
Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.
Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los
grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.
Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á
mi lado en una camita?
El médico creyó que deliraba. Ella añadió:
Vedlo, hay justamente el sitio necesario.
El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto
es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que
en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba
en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues
que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y
al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:
--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á
mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su
tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.
--Dadme la mano,--dijo el médico.
Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:
--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.
El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había
disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida
ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.
--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor
alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?
El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción
penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de
repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse
dijo á la hermana:
--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase
mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan
asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y
aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay
tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.
VII
=El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado
en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras.
El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió
con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada,
despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí
mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una
sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los
codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto
que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por
culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.
Entró la posadera:
--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?
Él hizo un signo de cabeza negativo.
--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.
En esto rompió el silencio:
--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?
--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.
Y él preguntó:
--¿No está aquí la administración de postas?
--Sí, señor.
La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se
informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M*
con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor
estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.
--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente
á la una.
Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.
No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin
embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó
el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas,
en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar
bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes
á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:
--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?
--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen
anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la
prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces,
mientras se están reparando las salas de justicia.
--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?
--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal
antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo
construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.
Siguiendo su camino, le dijo el artesano:
--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas
concluyen á las seis.
Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro
grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso
edificio.
--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte.
¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay
luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido
preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa?
¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?
El forastero respondió:
--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.
--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es
aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la
escalera principal.
Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se
hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos
varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.
Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres
vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de
las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan
palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia
son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador,
que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como
espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios
tenebrosos.
Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una
antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una
puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran
sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.
La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que
encontró.
--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?
--Ya han concluido,--respondió el abogado.
--¡Concluido!
Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se
volvió.
--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?
--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?
--Sin duda. No podía ser otra cosa.
--¿Presidio?...
--Para toda la vida.
--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha
probado entonces la identidad?
--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna
que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y
se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de
premeditación, ha sido condenada de por vida.
--¿Pero es una mujer?--dijo él.
--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?
--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la
sala iluminada?
--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.
--¿Qué otro proceso?
--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un
presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero
tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le
mandaba yo á presidio.
--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?
--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la
audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la
puerta podáis penetrar. Probadlo.
--¿Por dónde se entra?
--Por esa puerta grande.
El abogado se separó.
En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado
todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le
habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y
como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa,
respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de
alegría ó de dolor.
Acercóse á varios grupos para oir qué decían.
Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal
había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves.
Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del
presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo
había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero
lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era
lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio
y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del
fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las
doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal
era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un
chico de provecho que hacía versos.
Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de
los jurados. El viajero preguntó al ujier:
--¿Se abrirá pronto la puerta?
--No se abrirá ya,--dijo el ujier.
--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no
se ha suspendido?
--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el
portero;--pero no se abrirá la puerta.
--¿Por qué?
--Porque está llena la sala.
--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?
--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.
El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó
tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí
sino los funcionarios públicos.
Y esto diciendo volvió la espalda.
Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la
escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que
tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en
su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento
surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se
arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su
levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió
rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena
alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la
escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el
papel, diciéndole con autoridad:
--Entregad esto al señor presidente.
El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.
VIII
=Entrada de favor=
Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta
celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba
todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de
aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos
vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la
capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno
solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no
le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer
las industrias de otros varios distritos.
Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos
la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de
Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche.
En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor
Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa
población de M* sur M*.
El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón
el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre
tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo
discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la
de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le
entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse,
añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente
hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas
palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle
entrar».
El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había
permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la
misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través
de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el
honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto
las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier,
al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí
cerca la lámpara, pudo leer:
«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al
señor Magdalena».
Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen
para él un sabor extraordinario y amargo.
Y siguió al ujier.
Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete
artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas
sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas
palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la
sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre
de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás
del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su
pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras
obscuras que acababa de recorrer.
El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado.
Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en
el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la
vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro
el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y
condenan.
Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible,
donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba
á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante.
Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que
aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.
Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las
sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.
Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba
bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache,
alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación,
el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la
municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus
propias casas.
Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento,
habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues
no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin
embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba
en Fantina y en Cosette.
Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre
que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella
puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó
como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil,
impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus
cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.
Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía,
ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien:
_¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió
delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella,
abrióla y salió.
Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor
largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda
clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos
á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado.
Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de
sí, y huyó como si alguien le persiguiese.
Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á
escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su
alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared.
La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se
enderezó temblando.
Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de
algo más tal vez, meditó.
Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro
de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!
Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con
angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba
lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en
su fuga, y le hiciese volver atrás.
Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió
fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado,
brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar
un cordero el ojo de un tigre.
Su vista no podía apartarse de él.
De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.
Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso,
el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.
De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió
convulsivamente el botón; la puerta se abrió.
Estaba en la sala de audiencia.
IX
=Lugar en el cual van formándose las convicciones=
Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció
de pie, contemplando lo que estaba viendo.
Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante,
donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su
mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.
Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos
jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó
cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa,
abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y
duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas
de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos;
en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban
más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de
cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se
desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa
gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada
justicia.
Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas
convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato
á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la
presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un
hombre sentado entre dos gendarmes.
Este hombre, era el hombre.
Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí,
como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.
Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto
al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos
erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el
día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel
repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose
por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.
Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme
así?
El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo
de rudo, estúpido y espantado.
Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para
dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el
personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había
saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*,
adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio,
le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba
bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:
Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas
cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro
tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con
todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían,
que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de
su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces,
verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era
evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el
aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.
Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado,
exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!
Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas,
volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á
quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!
Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de
representación del momento más horroroso de su vida, personificada en
un fantasma.
Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche,
casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los
espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente
había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de
su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.
Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la
idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran
legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar
su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á
poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel
punto de calma en que es posible oir.
El señor Bamatabois era del número de los jurados.