--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?

--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.

--Imposible, señor.

--Pagaré lo que se quiera.

--Imposible.

--¡Pues bien! Dentro de dos horas.

--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No

podéis salir antes de mañana.

--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa

rueda se reemplazase con otra?...

--¿Cómo?

--¿No sois carretero?

--¡Sin duda!

--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.

--¿Una rueda suelta?

--Sí.

--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas

constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.

--En ese caso, vendedme un par de ruedas.

--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.

--Probadlo.

--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste

un país tan pobre.

--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?

El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era

el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.

--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo

alguno no sería quien os lo alquilase.

--Pero ¿me lo venderíais?

--No lo tengo.

--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.

--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una

carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á

guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes.

Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar

que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela,

y se necesitan dos caballos para tirar de ella.

--Tomaré dos caballos de posta.

--¿Á dónde vais?

--Á Arras.

--¿Y el señor quiere llegar hoy?

--Precisamente.

--¿Con caballos de posta?

--¿Por qué no?

--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?

--No, ciertamente.

--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos

de posta... ¿Traéis pasaporte?

--Sí.

--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de

mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los

caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de

labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se

encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo

menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar

sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.

--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una

silla en el pueblo?

--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?

--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.

--Entonces...

--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de

alquiler?

--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!

--Sí.

--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais

que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni

alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!

--¿Qué hacer, entonces?

--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es

que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.

--Mañana sería tarde.

--¡Diantre!

--¿No pasa por aquí el correo de Arras?

--¿Á qué hora?

--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube

como el que baja.

--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?

--Un día largo; como os he dicho.

--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?

--¡Aún que se pusieran diez!

--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?

--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.

--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?

--No.

--¿Hay otro carretero?

El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo

moviendo la cabeza:

--No.

El viajero se alegró inmensamente.

Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había

roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer

aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar

el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía

á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga

ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más,

no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho

providencial.

Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de

la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el

corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.

Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:

Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver

tranquilamente sobre sus pasos.

Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las

habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la

hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que

no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer;

pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle

produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer

de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían

detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado

escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había

fijado, se separó del grupo echando á correr.

En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior

que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el

muchacho. Venía acompañado de una vieja.

--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un

cabriolé.

Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un

muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le

había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.

Y díjole á la vieja:

--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.

Apresurándose á añadir:

--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?

--Sí lo hay,--dijo la vieja.

--¿Dónde está?--repuso el carretero.

--En mi casa,--replicó la vieja.

Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.

La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín

cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que

se les escapara el viajero, intervinieron.

--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos

están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una

criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis

con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una

carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en

él!--etc., etc.

Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella

carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.

Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo

tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al

calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía

siguiendo desde por la mañana.

En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido

cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella

alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de

alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje

libremente. Nadie le obligaba á ello.

Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.

Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos!

¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y

rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la

esperanza.

Era el chico de la vieja.

--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.

--¿Y qué?

--Que nada me habéis dado.

Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión

exorbitante y odiosa.

--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!

Y arreando el caballo, partió al trote largo.

Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito

era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había

llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el

tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes

que subir.

Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro

horas para cinco leguas.

En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo

conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á

Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo.

Pensando en mil cosas tristes y confusas.

La posadera entró en la cuadra.

--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.

--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.

Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á

una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada

en lugar de manteles.

--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la

marcha; llevo mucha prisa.

Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la

joven la verdadera expresión del bienestar.

--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.

Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo

sobre la mesa sin volverlo á tocar.

Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á

este hombre:

--¿Por qué es tan amargo este pan?

El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.

El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.

Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que

dista sólo cinco leguas de Arras.

¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la

mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos

cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del

camino.

Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces,

disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez,

¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir

á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía

comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia

humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de

nosotros.

Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después

de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las

manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y

de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es

negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida,

que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que

le desengancha en las tinieblas.

Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que

salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad

que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en

Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero

que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:

--¡Vaya un caballo fatigado!

El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.

--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.

--Sí.

--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.

Detuvo el caballo y preguntó al caminero:

--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?

--Cerca de siete leguas largas.

--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.

--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo

el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay

medio de seguir adelante.

--¿De veras?

--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el

río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino

de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.

--Pero viene la noche y me perderé.

--¿No sois del país?

--No.

--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el

caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado,

quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana

podréis ir á Arras.

--Es preciso que llegue allí esta noche.

--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad

un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.

Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó

por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al

suyo.

Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas

del calesín.

Sin embargo conocía que perdía tiempo.

Había caído ya por completo la noche.

Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de

un bache á otro. Dijo él al postillón:

--Siempre al trote, y doble propina.

En uno de los vaivenes rompióse el balancín.

--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo

enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si

quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano

podríamos estar en Arras.

Él le respondió:

--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?

--Sí, señor.

Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.

Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al

galope.

La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía

trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse

puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del

mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante

al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba

terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la

noche!

El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba

vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías

de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.

Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:

--¿Qué hora es ésta?

--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más

que tres leguas.

Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no

se le hubiese ocurrido antes:

Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía

siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse

informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin

saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente

algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas

del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso

no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería

muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar

la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de

parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo

terminado!

El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás

á Mont Saint Eloy.

La noche aumentaba más y más su obscuridad.

VI

=Sor Simplicia puesta á prueba=

Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.

Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre,

y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró

delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara

el señor Magdalena.

Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo

en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja

que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos

y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos,

resplandeciendo como estrellas.

Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo

inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.

Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía

invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.

Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el

último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra

de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico

había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco

años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada,

los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las

clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus

cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la

vejez las enfermedades!

Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si

había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la

cabeza.

El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la

enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.

Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el

espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:

--¿Hermana mía, qué hora es?

Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama,

ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente

sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su

pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso

de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.

Nadie entró; la puerta no se abrió.

Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil

y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El

reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de

nuevo en su almohada.

No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.

Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj

sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía

á dejarse caer.

Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre

alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.

Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro

iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios

azulados, sonriendo á cada instante.

Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y

dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!

La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor

Magdalena.

En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que

quisiera recordar algo.

De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana

se puso á escuchar.

He aquí lo que cantó Fantina:

Compraremos muchas y muy bellas cosas

Viendo de las calles lo más principal

Azul es el lirio, rosadas las rosas,

Azul es el lirio, que dulce es amar.

La Virgen María con manto bordado

Ayer vino á verme en mi pobre hogar,

Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo

El niño que un día viniste á implorar.

--Á la ciudad pronto, corriendo, volando,

Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.

Compraremos muchas y muy bellas cosas

Viendo de las calles lo más principal.

Buena y santa virgen del manto bordado

Arreglé una cuna, con cintas, sin par;

Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos

Me diera prefiero lo que tú me das.

--¿De todo este lienzo, señora, qué hago?

--Al recién nacido hacedle el ajuar.

Azul es el lirio, rosadas las rosas,

Azul es el lirio, que dulce es amar.

Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río.

Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar,

Una hermosa falda con su cuerpecito,

Que con muchas flores la quiero bordar.

--¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño?

--Haced mi sudario, llevadme á enterrar.

Compraremos muchas y muy bellas cosas

Viendo de las calles lo más principal,

Azul es el lirio, rosadas las rosas,

Azul es el lirio, que dulce es amar.

Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella

acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no

había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se

habían pasado sin ver á su hija.

Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era

bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada

á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.

El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar

atención á nada de lo que pasaba junto á ella.

Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la

portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría

luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.

Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.

La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde

había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que

hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin

cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían

haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle

encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable

como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le

esperase aquella noche.

Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina,

cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina

con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que

mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración

de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos

crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre

la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:

--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué

es lo que hace? ¿Por qué no viene?

Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres,

creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.

--¡Respondedme!--exclamó Fantina.

La criada balbuceó:

--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.

--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.

Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento

imperioso y desgarrador á un tiempo:

--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais

cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.

La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:

--Decid que está ocupado en asuntos municipales.

Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era

una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la

enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto

grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco.

La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la

dijo:

--El señor alcalde se ha ausentado.

Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos

centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía

dolorida.

--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!

Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró

inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.

Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:

--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo

que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os

pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana,

ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es

bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.

Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y

besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había

regalado sor Simplicia.

--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.

Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta

procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 23 / 64 段