¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y

yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo

por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción,

y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro,

esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo

á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.

Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.

Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la

tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del

pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes

profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo

más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de

aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano

y le estaba deslumbrando al contemplarla.

--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad,

tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos

hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de

todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo.

¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese

hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean,

¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que

flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor

para ella!

Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:

--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.

Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:

--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la

resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan

Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me

acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.

Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de

él una llavecita.

Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas,

disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las

paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado

entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en

aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón

viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus

extremos.

Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***,

octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel

miserable arreo.

Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata,

para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo

que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que

venían del obispo.

Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se

abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento

rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada

á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente

guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.

Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles

ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó

delante.

Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se

iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el

garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.

Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía,

había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza.

Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda

de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.

Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.

De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con

el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.

--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso

destruir eso aún.

Y cogió ambos candeleros.

Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una

especie de lingote sin forma.

Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le

produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.

Removió las brasas con uno de los candeleros.

Un minuto más, y estaban ya en el fuego.

En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior:

¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!

Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo

terrible.

--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos

candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo

todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es

cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda

un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha

hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre

que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo,

que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y

el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor

alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los

necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado,

y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en

la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre

ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así

muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!

El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada

huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La

voz continuó:

--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran

ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que

nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye,

infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y

únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!

Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más

oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y

formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale

que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.

Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del

cuarto con cierto terror.

--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.

Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:

--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!

Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que

pueda ver el ojo humano.

Dejó los candeleros sobre la chimenea.

Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su

sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento

inferior.

Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que

en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que

pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no

sabía dónde se encontraba.

Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones

que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban

parecíanle tan funestas la una como la otra.

¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido

con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber

escogido la Providencia para tranquilizarle!

Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios!

¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería

menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era

preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan

radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya

no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros

en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no

sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en

él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que

habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.

¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella

mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que

tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de

todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie,

la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos!

¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven!

¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por

el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies

desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y

tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la

curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan

Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso

y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir

de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón

flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un

ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?

Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema

que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y

convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en

ángel!

¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!

La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía

á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse,

tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación.

El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación

junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo.

Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van

los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.

Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del

niño que comienza á andar solo.

Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase

para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y

definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo

rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía

sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones

dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros

como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido

que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que

debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la

derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía,

la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.

¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No

había adelantado nada desde el principio.

Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma

desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en

quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la

humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento

cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso

cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por

entre las profundidades llenas de estrellas.

IV

=Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=

Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que

paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una

silla.

Y así durmió y soñó.

Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con

la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le

produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que

la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su

puño, y que creemos deber transcribir textualmente.

Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de

aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma

enferma.

Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve

aquella noche_.

«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No

me parecía que fuése ni de día, ni de noche.

«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo

decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.

«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina

que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación

que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y

sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.

«No había árboles en el campo.

«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de

color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no

tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba

en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el

hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.

«Mi hermano me dijo:

«--Tomemos el camino hondo.

«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni

una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo.

Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba.

Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.

«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era

Romainville (¿por qué Romainville?)[5].

«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra.

Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie,

junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde

estoy? El hombre no respondió.

«Vi la puerta de una casa abierta y entré.

«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás

de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared.

Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El

hombre no respondió tampoco.

«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El

jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie.

Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?

«El hombre tampoco respondió.

«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles

estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser

viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba

sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta,

detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se

veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.

«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.

«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía

siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían

cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban

más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella

multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de

color de tierra.

«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en

el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace

ya mucho tiempo que estáis muerto?

«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á

mí».

Despertóse. Estaba helado.

Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las

hojas de la venta abierta.

El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era

obscura todavía.

Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.

Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido

seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los

ojos.

Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y

recogían caprichosamente en la sombra.

Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los

sueños, exclamó:

--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!

Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero

acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran

los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían,

pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo

blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre

el suelo.

--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?

En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.

Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:

--¿Quién llama?

Alguien dijo:

--Yo, señor alcalde.

Reconoció la voz de la vieja portera.

--¡Y bien! ¿Qué ocurre?

--Señor alcalde, van á dar las cinco.

--¿Y qué me importa?

--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.

--¿Qué cabriolé?

--El tílburi.

--¿Qué tílburi?

--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?

--No,--dijo él.

--El cochero dice que es para el señor alcalde.

--¿Qué cochero?

--El cochero de maese Scaufflaire.

--¿Maese Scaufflaire?

Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado

ante sus ojos.

--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!

Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado

espantada.

Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama

de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor

del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después,

aventurándose á levantar aún la voz:

--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?

--Que está bien; que bajo.

V

=Los rayos de las ruedas=

El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en

aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas

eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por

dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para

el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de

esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á

mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los

caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja

oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él.

Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.

Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día,

presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se

los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en

el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman

«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto.

Caminaban no obstante, con gran velocidad.

La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar

el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la

madrugada.

Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de

Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la

población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía

en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto

en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte.

El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le

hizo caso, y continuó su camino al trote largo.

--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.

El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar

interiormente entre convulsiones dignas de lástima.

¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.

¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de

él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte.

Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella

noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le

atraía.

Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo

puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en

la obscura caverna de lo desconocido?

Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada

determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había

sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.

¿Por qué, pues, iba á Arras?

Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de

Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de

haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que

era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía

decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los

objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto

al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su

conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio

en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos

presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido,

pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de

toda sospecha.

Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel

Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las

conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.

Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él;

que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.

Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.

Aferrábase á este pensamiento.

Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á

Arras.

Y sin embargo, iba.

Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y

sentado que hace dos leguas y media por hora.

Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que

retrocedía.

Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se

hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte;

miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras

de una aurora de invierno.

El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía;

pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física,

las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado

violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.

Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas

que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay

gentes que duermen!

El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la

carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan

agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.

Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un

mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.

El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del

Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho

abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza

fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas

en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.

Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena,

se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.

--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.

Él contestó sin salir de sus meditaciones.

--¿Por qué?

--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.

--De cinco leguas de aquí.

--¡Ah!

--¿Por qué decís: ah?

El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso,

fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:

--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo;

pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.

El viajero saltó del tílburi.

--¿Qué estáis diciendo, amigo?

--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir

rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real.

Mirad.

La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la

silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya

matriz había saltado de su centro.

--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?

--Sin duda, señor.

--Hacedme el favor de ir por él.

--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!

Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se

acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree

rota una pierna.

--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?

--Sí señor.

--¿Cuándo podré seguir mi camino?

--Mañana.

--¡Mañana!

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 22 / 64 段