sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan
seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras
palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto
oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras,
quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado
y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió
el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse
como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al
aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas
de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió
fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y
sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión
en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos!
¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió
ante el heroísmo.
Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del
obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en
medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en
presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y
hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto
ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera
sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta
de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo
que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu
de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la
personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la
firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar,
recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador
romano á recoger su escudo.
El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en
el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa
que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba
aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no
alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera
podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran
golpe.
Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina,
prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía
obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso
de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que
ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje,
decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía
haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase,
y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar
prevenido para lo que pudiere sobrevenir.
Comió con bastante apetito.
Volvió á su cuarto, y se concentró.
Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo,
que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable
ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y
temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de
parapetarse lo posible.
Un momento después mató la luz. Le estorbaba.
Parecíale que aún podían verle.
¿Quién?
¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que
él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.
Su conciencia, es decir, Dios.
No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y
seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz,
juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los
codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á
meditar entre tinieblas.
¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han
dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello?
¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto
posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de
dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo
que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?
He aquí su tormento.
Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas
pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas
sujetando su frente con ambas manos.
De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el
cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en
definitiva más que angustias.
Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en
par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la
mesa.
Así se pasó la hora primera.
Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á
tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos
de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles.
Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su
situación, era, por completo, dueño de ella.
Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.
Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera
en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había
sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había
temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus
noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en
este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre
reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién
sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea
de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese
dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos,
con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las
sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para
disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente
sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella
luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado
aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su
edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado,
si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su
existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean,
el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más
digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto,
hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por
insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella
balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que
aquellas locuras se convirtiesen en realidades!
Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando
cuenta de su verdadera situación.
Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se
encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie,
temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo.
Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á
quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar.
Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su
fondo, él ó el otro.
No había sino dejar al tiempo.
Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba
vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le
seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que
aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una
manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento
había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la
víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio
la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de
señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres
sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como
la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.
Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una
de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado
más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la
conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto
está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría
llamarse un estallido de risa interior.
Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.
--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto?
¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta
entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta
puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene
acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme
adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas
partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí,
está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado!
¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan
Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá
alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he
intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así
me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo,
si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa
mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que
así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella
ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto
no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me
falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis
noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios
lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué
lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga
bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en
fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he
sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo
á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura
y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando
es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que
sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!
Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado
hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su
asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más
en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la
menor alegría.
Al contrario.
Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender
que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea;
para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el
océano.
Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío
diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo
que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber;
cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había
dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».
Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos,
insistimos en una observación muy necesaria.
Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador
que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca
es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del
hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de
la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran
entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo,
_dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que
el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo
habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser
invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.
Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su
«resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa
de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las
cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que
siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin
detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era
hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita!
¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!
Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado
acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala
acción.
Y lo arrojó con asco.
Continuó interrogándose.
Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por
conseguido su objeto».
Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál?
¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa
tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No
existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona,
sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era
esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido,
lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado?
¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á
abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso
de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su
parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un
miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á
cielo abierto, que se llama presidio!
Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan
funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el
presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su
resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer
aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que
convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida
resultaba inútil, toda su penitencia perdida.
¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y
que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba
fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus
virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á
sus ojos admirable y puro.
Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los
hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era
preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar
al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa
de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era
preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de
Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!
--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber!
¡Salvemos á ese hombre!
Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta
voz.
Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un
legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.
Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer
cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur
Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una
cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se
había servido aquel año para ir á las elecciones.
Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan
grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él.
Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba
pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera
de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera
aclarar ó interrogar.
Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo
mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.
Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber
escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban
con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_
Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas
sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de
su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se
le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que
las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente
buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el
sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_,
y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de
la noche.
Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él
reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya
estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro
de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas,
diosa la una y gigante la otra.
Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.
Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su
destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva,
y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran
crisis, la gran prueba.
Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía
á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero
fortificándole más en su resolución.
Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor;
que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues
al fin y al cabo, había robado.
Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas,
tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién
sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de
Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores
del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que
ha sido presidiario.
En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese
denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su
acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en
favor del país, y que le harían gracia.
Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente
al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía
reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los
términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.
Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la
tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que
era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan
desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo;
que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su
consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la
veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían
impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas
santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo
su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde,
el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría
siempre una idea celestial.
En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que
él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo
caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por
dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.
Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se
fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras
cosas; cosas indiferentes.
Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y
viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la
parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas
en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este
motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro
viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este
nombre: _Antonio Albin de Romainville_.
Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la
ventana.
Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran
esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce.
Recordóle por fin.
--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.
Y súbitamente recordó á Fantina.
--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!
Aquí se reveló una nueva crisis.
Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo
de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno
suyo, y exclamó:
--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he
atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó
denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado
despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es
decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello
no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre
egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es
pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!
Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me
denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á
presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un
pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos,
abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho
vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien
he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado
la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había
nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado,
enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma.
Desapareciendo, todo muere.
¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra
en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que
quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo
yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le
he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará
la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.
¿Y si no me denuncio?
Veamos lo que puede suceder.
Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de
vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:
--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha
robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es
que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado
diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué
lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad
de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las
manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien
familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen
poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada;
desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje,
la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los
crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca
rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo
al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse.
¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso...
¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado
en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo
en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha
de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital!
¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como
perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver
á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por
ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir
á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan
á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo
vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y
que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos
que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella
pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se
halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier!
¡He ahí otros nuevos canallas!