--¿Cuál?
--Que debo ser destituido.
El señor Magdalena se levantó.
--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra
falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente.
Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis
conservar vuestro puesto.
Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la
cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero
rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:
--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.
--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia.
Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:
--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He
sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en
nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya
abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas,
cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como
presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un
magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido
en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de
mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado
indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended,
señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los
demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo
conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto.
¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no
hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería
yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de
Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que
me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la
sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para
mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra
el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier
inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con
semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy
fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos
hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya
lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á
cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba
á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes
en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído
en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido;
es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra;
me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido
sencillamente la destitución del inspector Javert.
Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso,
desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á
aquel extraño y honrado personaje.
--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.
Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:
--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da
la mano á un esbirro.
Y añadió entre dientes:
--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy
más que un esbirro.
Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.
Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:
--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me
reemplace.
Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo,
escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento
del corredor.
NOTAS:
[4] _Fagot_, antiguo presidiario.
LIBRO SÉPTIMO
LA CAUSA CHAMPMATHIEU
I
=Sor Simplicia=
Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur
M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales
recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos
á conocer en sus menores detalles.
En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias
inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.
En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert,
el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.
Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.
Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas
como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una,
y la otra sor Simplicia.
Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera;
una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al
servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera
sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas
aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la
forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para
las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en
carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo;
el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser
una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino
en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor
Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que
hablaba en _patois_, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de
conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los
enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la
cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida,
honrada, robusta y colorada.
Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era
el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado
perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras
en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice,
más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto
de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que
las calles de la población y las salas del hospital, más clausura
que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que
la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie
hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven,
y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos
atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada,
fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía
frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los
desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por
así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y
era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario
y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado
perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto,
un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle
particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier
interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad
santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era
el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su
imperturbable veracidad.
El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo
Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en
nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba
limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por
ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el
que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del
demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He
aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba
aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente
en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era
blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de
polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito
de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por
elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es
aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder,
habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que
la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta
alma.
Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se
había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de
recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso
en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero
entendía el libro.
La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás,
una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.
El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á
Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.
Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.
Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se
espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:
--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.
Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le
preguntó:
--¿Y Cosette?
Él contestó sonriendo:
--Luego.
El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que
hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento
de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase
á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante
apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le
había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.
Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un
mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego
escribir con lápiz algunos números en un papel.
II
=Perspicacia de maese Scaufflaire=
De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco,
maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos
y «cabriolés á voluntad».
Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar
por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la
parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes
un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor
Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más
que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor
alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció
un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el
camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria,
con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo
levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso
y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer
bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su
camino con cierta prisa que no llevaba antes.
El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en
recoser un arnés.
--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?
--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos.
¿Qué entendéis vos por un buen caballo?
--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un
día.
--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!
--Sí.
--¿Arrastrando un cabriolé?
--Sí.
--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?
--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.
--¿Recorriendo la misma distancia?
--Sí.
--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?
El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito
con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos:
5, 6, 8-1/2.
--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como
decir: veinte.
--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito
blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca
del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo
de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele.
Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo.
Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil
como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de
montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada
cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que
éste es su lema.
--Pero, ¿hará el trayecto?
--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas.
Pero escuchad antes las condiciones.
--Decid.
--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino;
le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma,
evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo
observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor
frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.
--Se vigilará.
--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?
--Sí.
--¿Sabe el señor alcalde guiar?...
--Sí.
--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto
de no cargar demasiado el caballo?
--Convenido.
--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el
trabajo de vigilar que no se le quite la avena.
--Por supuesto.
--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un
ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la
manutención del caballo.
El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte
francos, y las dejó sobre la mesa.
--He aquí dos días adelantados.
--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería
muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que
consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.
--Consiento.
--Es muy ligero, pero está descubierto.
--Me es igual.
--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?
El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:
--¿Que hace mucho frío?
El señor Magdalena guardó silencio.
Maese Scaufflaire continuó:
--¿Que puede llover?
El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:
--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las
cuatro y media de la madrugada.
--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con
la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel
aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:
--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha
dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?
No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la
conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la
pregunta.
--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor
Magdalena.
--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay
muchas en el camino que vais á recorrer?
--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y
media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y
salió.
El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo
después.
El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió
á abrirse la puerta; era el señor alcalde.
Su aire era como antes, impasible y preocupado.
--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi
que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.
--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando
una carcajada.
--Sea. ¿Cuánto?
--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?
--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me
devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?
--En quinientos francos, señor alcalde.
--Aquí están.
El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió,
sin entrar ya de nuevo.
Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil
francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien
escudos.
El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos
querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á
París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.
El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel
en el cual había escrito algunos números.
El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho
y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su
mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco
leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras.
Va á Arras.
Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de
casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la
puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido
evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella,
lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No
obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única
criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las
ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:
--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante
algo de nuevo.
El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del
señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse
enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente;
había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á
escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease
en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos
del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía
en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á
levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo
parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si
arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse
á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama,
despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales
de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una
ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella
otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba
como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de
las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba
abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que
estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una
hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y
regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.
El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y
tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.
La ventana continuaba abierta.
Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.
III
=Una tempestad bajo un cráneo=
El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro
que Juan Valjean.
Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia;
ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin
emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase
de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en
ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del
hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más
complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más
grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el
del cielo, es el del interior del alma.
Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á
propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los
hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior
y definitiva.
La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las
ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios,
el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de
batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del
lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad
en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay
allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los
de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en
Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el
infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete
con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las
acciones de su vida.
Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He
aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también.
Entremos sin embargo.
No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después
de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto,
fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto
fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.
Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose
más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en
población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que
hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible
é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho
por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad
de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y
esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y
santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.
Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su
espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual
imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes.
Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía
seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y
sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia
entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca
de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante
en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad
á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia,
había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é
interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de
su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á
pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como
hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos,
que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.
No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á
lo presente.