Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre,

mirándole estupefacta pasar ante ella.

Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción.

Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos

poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que

tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de

aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia

la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del

miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando

el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de

su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía

temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente

el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho

tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso

momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba!

¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que

la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida,

miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía

desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del

odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á

ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.

Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando

con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:

--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que

es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué

no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré

que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis

aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos.

No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga

falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego,

oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis

dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa

delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!

Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener

á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica,

dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en

medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba

como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer

otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus

piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que

él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que

la llevaba á sus trémulos labios.

Después, se desmayó.

LIBRO SEXTO

JAVERT

I

=Principio del reposo=

El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia

casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había

sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y

hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien

que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor

Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada

estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la

dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente

de la pared.

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le

pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna

oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por

último, le dijo tímidamente:

--¿Qué hacéis?

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina

despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:

--¿Cómo estáis?

--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será

nada.

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había

dirigido, como si la acabase de oir entonces:

--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.

Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya

lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de

Fantina, continuó:

--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado

el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La

falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este

infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es

preciso empezar por ahí.

Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella

sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á

la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida

á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del

señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia

había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas

otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la

letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión

de su cargo.

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les

debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que

se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M*

sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.

Esto deslumbró á Thénardier.

--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla.

¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche!

¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la

madre.

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En

esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos

incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales

habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina

y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se

redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie

de la cuenta:

_Recibido á cuenta trescientos francos._

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y

escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».

--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña.

Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.

Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella

«chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves

de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes

prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de

las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de

la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento

que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las

había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes,

que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las

hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.

--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí,

querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no

he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido

soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien

yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré

las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré,

encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un

ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas

todavía.

El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba

siempre:

--¿Veré pronto á Cosette?

Y él contestaba:

--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la

estoy esperando.

Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.

--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser!

Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado

parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al

centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de

la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando

hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse

entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades

del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á

Fantina, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena preguntó al médico:

--¿Y bien, doctor, cómo sigue?

--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico.

--Sí.

--Pues bien, haced que venga luego.

El señor Magdalena se estremeció.

Preguntóle Fantina:

--¿Qué ha dicho el médico?

El señor Magdalena se esforzó en sonreir.

--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os

volvería la salud.

--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier,

que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la

felicidad á mi lado!

Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil

pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en

invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas

iba reuniendo, etc., etc.

--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y

si es preciso iré yo mismo.

Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le

hizo firmar.

«Señor Thénardier,

«Entregad á Cosette al portador.

Os serán pagados todos los picos.

Tengo el honor de saludaros respetuosamente.

«FANTINA».

Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos

cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la

negra vena del destino reaparece siempre.

II

=De cómo Juan puede llegar á ser champ=

Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado

en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para

el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle

aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir

pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable

impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había

excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.

--Hacedle entrar,--dijo.

Javert entró.

Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la

mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando,

el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas

contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea,

sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre

Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas,

y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.

Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper

el silencio.

Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de

Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto

al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y

espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de

mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta

y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde

por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento,

se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque

habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba,

austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é

íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en

su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á

variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente

demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante

del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio,

ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás

del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con

la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que

es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra,

sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila

resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el

sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba

por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo

delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos

que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su

semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza

melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como

cierto abatimiento valeroso.

Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:

--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?

Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí

mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no

excluyó la sencillez, diciendo:

--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.

--¿Qué hecho?

--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un

magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber

á daros conocimiento del hecho.

--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena.

--Yo,--dijo Javert.

--¿Vos?

--Yo.

--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?

--Vos, señor alcalde.

Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo

y los ojos bajos:

--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad

mi destitución.

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.

--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero

esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he

faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.

Y, después de una pausa añadió:

--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo,

injustamente. Sedlo hoy con justicia.

--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es

lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos

contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis

para ser reemplazado?...

--Separado,--dijo Javert.

--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.

--Ya lo comprenderéis, señor alcalde.

Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:

--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar

por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.

--¿Me denunciásteis?

--Á la prefectura de policía de París.

El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.

--¿Como alcalde que se antepone á la policía?

--Como antiguo presidiario.

El alcalde palideció.

Javert, que no había levantado los ojos, continuó:

--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran

semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles,

vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra

puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más?

¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.

--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?

--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando

era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan

Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió

otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano.

Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba

buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La

cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.

El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un

momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.

--¿Y qué se os ha contestado?

--Que estaba loco.

--¿Y bien?

--¡Que bien pueden tener razón!

--¡Bueno es que lo reconozcáis!

--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.

Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en

ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento

inexplicable:

--¡Ah!

Javert continuó:

--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este

país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen

hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable.

Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo

como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo

preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo

de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de

árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama

de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de

ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el

caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez

de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel

departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un

antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y

que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en

cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida

Brevet:

--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un _Fagot_[4].--¡Miradme bien,

buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!

--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?

Champmathieu se hacía el admirado.

No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has

estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.

Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se

profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo

siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero

podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y

particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo

después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según

dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está

probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir

á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde?

En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila

Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.

¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para

ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces

Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia

el Juan _(Jean)_ en _chan_, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro

hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais

comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles.

Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las

familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad.

Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no

son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data

de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan

Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que

dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos

condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se

les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido

Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para

Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años,

la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este

tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París.

Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean

se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto

había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean!

Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me

presentó á Champmathieu...

--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena.

Javert contestó con cara imperturbable y triste:

--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío,

confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.

El señor Magdalena le preguntó en voz baja:

--¿Estáis seguro?

Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar

una profunda convicción.

--¡Oh! ¡seguro!

Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente,

con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la

salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:

--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto

á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón,

señor alcalde.

Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis

semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole:

«¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de

sencilla dignidad.

El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta

seca:

--Y, ¿qué dice este hombre?

--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan

Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar

unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional;

para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un

crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso

de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal.

Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por

la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también

ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad?

Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo.

También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería,

gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de

ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada

comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!».

Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está

bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido

cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á

la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para

ello.

El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de

nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á

la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:

--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles.

Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con

urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied,

que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle

que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste

un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es

forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de

Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del

lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos

de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía

denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y

en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é

instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No

vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para

este negocio dentro ocho ó diez días?

--Mucho antes, señor alcalde.

--¿Qué día entonces?

--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que

yo salgo en la diligencia de esta noche.

Magdalena hizo un movimiento imperceptible.

--¿Y cuánto ha de durar esta vista?

--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana

por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar;

después de prestada mi declaración, volveré.

--Está bien,--dijo Magdalena.

Y entonces despidió á Javert alargando la mano.

Javert no se movió.

--Perdonad, señor alcalde,--dijo.

--¿Hay más?--preguntó Magdalena.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 19 / 64 段