Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba

á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda

en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para

ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa.

La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado

cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo

lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha

llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la

indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada.

Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella

todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas

sus amarguras.

Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte

se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.

¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á

dónde van? ¿por qué han de ser así?

El que esto sabe, ve en toda obscuridad.

Es único. Se llama Dios.

XII

=La ociosidad del señor Bamatabois=

Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M*

particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas

libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus

semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen

los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que

poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio,

que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna,

que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las

actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan

con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones;

que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar,

contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el

café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo

de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean

un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las

mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y

á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan

nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.

Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto

nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.

Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más

pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama

sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay

fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos

graciosos.

Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una

gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de

colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color

de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de

botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta

los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido

en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre

impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás.

Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un

sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un

enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de

Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes

significaban paisano y las espuelas peón.

El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes

más marcados que el parisién.

Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional

y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala

estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan

sombreros de alas anchas, llamados bolivares.

Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas

precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que

había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de

buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien

embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el

traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en

traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas

del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello,

decididamente, de moda.

Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con

una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía

ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes

dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer,

triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no

le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio,

por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco

minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos

que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó

indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer

daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa,

se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente

entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido

desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra

el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las

palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas

injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas

de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos

dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.

Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café;

agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que

se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino,

compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y

una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando

por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y

los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por

la cólera, horrible.

De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la

multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro,

la dijo:--«Sígueme».

La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus

ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con

el estremecimiento del terror.

Había reconocido á Javert.

El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.

XIII

=Solución de algunas cuestiones de policía municipal=

Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar

á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo

de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó

conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de

espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus

pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.

Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja

caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera

con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando

con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran

descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de

los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera

del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una

glotonería. Ver es devorar.

Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se

acurrucó como un perro espantado.

El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse

Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á

escribir.

Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por

nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo

que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas

dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert

estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor

emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era

uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera

contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa,

su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado

de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba.

Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener

dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que

ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica,

más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la

comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la

sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada

por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un

contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.

Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la

guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la

cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.

La desventurada se estremeció.

--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar

solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi

hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier:

señor inspector ¿sabéis vos esto?

Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas

de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.

--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no

era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais

persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué

aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en

la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando

seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar

daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía

mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes

dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía

ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy

prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin

duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah!

señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es

verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya

veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse

aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría

inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel

señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío!

me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor

Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan

más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan

sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos,

ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible

tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette!

¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo

decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan

con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme;

tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura,

en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen

señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero

no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala.

No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que

soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me

aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para

convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo

tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.

Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las

lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y

frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los

grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á

los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella.

En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del

inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no

lograba enternecer un corazón de palo.

--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate

ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería

imposible hacer nada por ti.

Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible

hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia.

Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!

Javert volvió la espalda.

Los soldados la cogieron por el brazo.

Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin

que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta,

habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.

En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la

desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de

entre la sombra, y dijo:

--¡Un instante si os place!

Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y

saludó con cierta turbación y disgusto.

--Perdonad, señor alcalde...

Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto.

Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra,

desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose

al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole

fijamente, con aire extraviado, exclamó:

--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!

Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.

El señor Magdalena se limpió y dijo:

--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.

Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes,

una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones

que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública

escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa

que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de

sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su

imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer

y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado

algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al

magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en

libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor,

faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había

traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.

Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó

ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien

vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz

baja, como hablando con ella misma:

--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por

seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya

dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde!

¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre?

¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de

alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos,

señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de

unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso!

¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había

yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es

indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer

fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que

perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.

Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja

á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en

este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he

visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es

este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que

yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los

oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la

nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche.

¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert?

¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices!

¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad,

¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá

que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la

llave de la estufa y ha salido el humo.

El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina

hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había

sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á

guardar. Entonces dijo á Fantina:

--¿Cuánto habéis dicho que debéis?

Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:

--¿Te hablo á ti por ventura?

Después, dirigiéndose á los soldados:

--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y

pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás.

¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!

Y así diciendo, volvióse al inspector:

--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida

de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene

echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que

los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y

nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y

tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la

mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que

se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses

de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me

prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun

cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente

que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido

toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho,

estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está

quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no

temáis.

Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello

blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba

sonriendo.

De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer

los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la

rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados

con un movimiento de cabeza amistoso:

--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.

Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.

Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija

en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada

de su asiento que espera ser colocada en otra parte.

El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta

expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto

más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el

hombre de nada.

--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á

marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?

--Yo,--dijo Magdalena.

Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como

deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la

cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse

á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á

Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.

Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera

de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa

de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina

en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde?

¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una

«autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor

alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las

enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar

á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese

grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente

de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada

situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad

entera, estaban personificadas en él, en Javert?

Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_

que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse

hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada

desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa,

inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:

--Señor alcalde, esto es imposible.

--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.

--Esta perdida ha insultado á un señor.

--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo

y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna

dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la

plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me

he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y

el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.

Javert respondió:

--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.

--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo

hacer de ella lo que quiera.

--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la

justicia.

--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la

conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.

--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.

--Entonces, limitaos á obedecer.

--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer

seis meses en la cárcel.

El señor Magdalena respondió con dulzura:

--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.

Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al

alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:

--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde;

es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy

dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el

señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he

presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois,

elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres

pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este

mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho

de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me

corresponde; así es que yo retengo á Fantina.

Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan

severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:

--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme

á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de

instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en

libertad á esta mujer.

Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.

--Pero, señor alcalde...

--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799,

sobre detención arbitraria.

--Permitidme, señor alcalde...

--Ni una palabra más.

--No obstante...

--Salid,--dijo el señor Magdalena.

Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como

un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde

y salió.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 18 / 64 段