Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía,

sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por

dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña

jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el

comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria,

apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en

apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es

dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al

Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un

termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete

años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el

distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho

distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle,

ministro de Hacienda á la sazón.

Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se

acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor

Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué

admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para

Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón

sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus

principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la

vida.

VIII

=La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=

Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría.

Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El

amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo,

regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus

bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en

Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló

un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus

costumbres desordenadas.

No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya

dejado entrever, de hablar de su hija.

En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los

Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir

por la mediación de un escribiente público.

Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo

bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía

«ciertos aires».

Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que

aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este

señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no

cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por

callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar

á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas,

teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por

conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte,

perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y

se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones;

y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que

por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán

horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles,

desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros

y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué?

para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura

comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes

secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los

enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias,

amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo

han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por

cierto!

Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus

palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son

como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho

combustible, siendo su combustible el prójimo.

Se observó pues á Fantina.

Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos

y de sus dientes blancos.

Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente

para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su

hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.

Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.

Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre

con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un

sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_.

Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no

conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho

de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que

debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje,

á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con

los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en

limpio. ¡He visto la criatura!».

La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien,

guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien

contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con

la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella

vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno

93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado,

pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera,

espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien

había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en

la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la

restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales

le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que

había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy

considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo

en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».

Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía,

en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó,

de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba

despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la

invitaba á dejar la población.

Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier,

después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo

quince francos en lugar de doce.

Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el

alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar

estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le

significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era,

por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más

que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta

era ya conocida de todo el mundo!

No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que

viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había

dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era

justo. Sometióse pues á este mandato.

IX

=Triunfo de la señora Victurnien=

La viuda del fraile fué útil para algo.

Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello.

Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El

señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller

de mujeres.

Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le

habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona

verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del

espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo

grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona.

El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven

obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de

sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora

del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.

En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de

una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y

socorros de obreras, de la que no daba cuenta.

Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en

puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había

podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles,

¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como

ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois

joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió

los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á

éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que

con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más

que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.

Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición,

ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué

cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.

Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía

por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de

vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro

el primero, el segundo negro.

Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se

prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos

días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se

ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es

capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido

en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello

por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró

cierto valor.

En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo

yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la

costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está

triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes,

un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto

me irá alimentando».

Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera

sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por

qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los

Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?

La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la

vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena

fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos;

sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que

es la existencia.

Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto.

Esta vida tiene siempre una mañana.

Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á

salir.

Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás

para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la

saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus

carnes, y aún su alma, como el viento norte.

En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre

sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al

menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido.

¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.

Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había

acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido.

Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á

la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.

Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y

sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.

La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana,

advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada

donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha

negra.

El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía

iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved

mis manos como arden».

No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto

sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un

instante de feliz coquetería.

X

=Prosigue el triunfo=

Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el

verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El

invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á

la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve

claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene

el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en

piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la

acosaban.

Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier,

mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la

desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron

que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que

hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que

mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la

carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche

entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se

quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se

extendió y cayó hasta las caderas.

--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.

--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.

--Diez francos.

--Cortadlos.

Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los

Thénardier.

Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos

querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó

tiritando.

Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis

cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza

rapada, con la cual estaba aún graciosa.

Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.

Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto

la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración

general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de

repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la

causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando

pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á

estar á la puerta, afectaba reir y cantar.

Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía

de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.

No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un

hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el

corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso,

un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado,

con disgusto.

Ella adoraba á su hija.

Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor,

brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su

corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y

se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.

Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes

términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la

comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto

nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde

luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».

Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana

vecina:

--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y

de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!

Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á

leer la carta.

Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y

riendo siempre.

Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan

alegre?

Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos

campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!

Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba

un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba

un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en

ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos

y elixires.

Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga,

la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la

gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que

se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os

estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de

cada uno un napoleón de oro.

--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.

--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la

mandíbula superior.

--¡Qué horror!--exclamó Fantina.

--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He

aquí una mujer feliz!

Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz

ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa!

Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta,

id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me

encontraréis.

Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á

su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un

hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes

hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo

vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría

arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el

cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_.

--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.

--Dos napoleones de oro.

--¡Caramba! ¡cuarenta francos!

--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.

Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un

cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los

Thénardier en la escalera.

Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á

ella:

--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?

--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.

--¿Y son necesarios muchos remedios?

--¡Oh! remedios terribles.

--¿Y se adquiere fácilmente?

--Nos coge á lo mejor.

--¿También á las criaturas?

--Á las criaturas sobre todo.

--¿Y mueren muchos?

--¡Muchísimos!--dijo Margarita.

Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.

Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de

París, donde están las posadas.

Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de

Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta

manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á

Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su

gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda

la noche, y estaba casi consumida por completo.

Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden,

y exclamó:

--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que

sucede?

Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.

Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.

--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?

--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la

terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!

Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban

sobre la mesa.

--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna?

¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?

--Los he ganado,--contestó Fantina.

Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La

sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los

bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.

Los dos dientes se habían arrancado.

Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.

Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de

los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.

Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado

su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en

la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo

con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no

puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su

destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le

quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón

sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le

había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que

había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba

en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del

líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió

también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras

sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no

repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían

iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos

pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con

pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á

quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se

encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las

noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un

dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho.

Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y

siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles,

que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en

los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las

obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve

sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como

nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía

continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella,

Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo

de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente

había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba

cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en

la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad,

con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque

reventase, si así lo quería.

--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el

cual ganar cien sueldos diarios?

--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.

Y la desventurada se hizo mujer pública.

XI

=Christus nos liberavit=

¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una

esclava.

¿Á quién? Á la miseria.

Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta

dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad

acepta.

La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no

la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la

civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más

que sobre la mujer, y se llama prostitución.

Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad,

sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores

ignominias del hombre!

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 17 / 64 段