Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor

Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor

Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos

años.

El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los

periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con

todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.

Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la

tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas

y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado

una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto

á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de

nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario,

poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia

que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su

tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta

de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse

del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y

venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que

somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos

cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto

más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad

y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel,

pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la

vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos

mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el

ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta

algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor!

¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay

certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella

alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es

la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á

vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto

hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce

debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña,

tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros

brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa

obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie

cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí,

siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño

y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí

está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo

de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas

que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la

voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo

desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se

siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.

Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de

su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor

Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el

sombrero.

Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca

del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún

parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_,

díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor

Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la

nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella

ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena,

pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el

adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le

hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le

dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran

mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:

--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de

D***?

Él contestó:

--No, señora.

--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?

Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí

lacayo de su familia.

Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que

pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca

de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y

después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo

decían unos á otros, así es que pasaban muchos.

V

=Vagos relámpagos en el horizonte=

Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron.

Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa

especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus

correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo

murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último

completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial,

y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor

alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta

otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran

los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él

terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba

á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía

encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un

contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó

á extenderse por todo el país.

Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró

absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena,

continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable

le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en

ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como

todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa

fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no

se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio

de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo

de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de

cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente

al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de

la presencia del hombre-león.

Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle,

tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía

que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de

plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con

un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con

la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo

lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el

inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría

traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he

visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.

Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que,

por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.

Llamábase Javert y era de la policía.

Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de

inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert

debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet,

secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto

de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del

gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor

Magdalena.

Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica

con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert

tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.

Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos,

se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de

la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de

la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta

verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra

hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están

en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces,

igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.

Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de

nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles

de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos.

Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les

ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al

contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio,

Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la

educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un

alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.

Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre

aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad

anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible

no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.

Hecha esta observación, prosigamos.

Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre

se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más

fácil decir quién era el inspector Javert.

Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de

loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que

en creciendo devore á los pequeños.

Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.

Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan

la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se

encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás

en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de

ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan;

no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo,

sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de

probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de

gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á

los cuarenta años era inspector.

Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del

Mediodía.

Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que

hemos aplicado hace poco á Javert.

El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos

profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos

enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la

primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual

era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse,

dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se

formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si

fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de

presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha

mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas;

entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de

cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión

de mando feroz.

Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como

relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de

exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á

sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa

que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe

ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado,

desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de

desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el

dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por

una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado

jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente

perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente

partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley

humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar

demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad.

Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como

los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así

taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras:

velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el

mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus

funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que

caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de

presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera

hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la

virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación,

castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable;

la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una

vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto

encarnado en Vidocq.

Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se

esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época,

salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras,

no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la

frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que

se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro

la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas;

no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en

llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como

de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta,

una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.

En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los

libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto

se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.

No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho

de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente

estaba unido á la humanidad.

Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella,

clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia

designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo

pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert

apareciendo, les petrificaba.

Tal era aquel hombre formidable.

Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena.

Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado

por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor

importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni

le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada

y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla

bondad.

Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado

secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran

por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores

que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y

algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas,

que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre

cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo

mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado

sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado

se le hubiese roto.

Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido

de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede

haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es

propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado,

desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el

bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.

Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila

serenidad de Magdalena.

Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta

impresión en Magdalena.

He aquí el motivo.

VI

=Fauchelevent=

Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M*

sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse

á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent,

acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.

Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor

Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad,

Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba

cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había

visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él,

maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo

que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á

Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y

un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero

para poder vivir.

El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse.

El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido

verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba

sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El

pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de

arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una

ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible

salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo.

Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado

á buscar un gato.

El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.

--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún

buen hombre para salvar á este pobre viejo?

Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:

--¿No hay un gato de albañil?

--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.

--¿Cuánto tardará en estar aquí?

--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en

casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto

de hora.

--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.

Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el

carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del

viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría

rotas las costillas.

--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los

artesanos que estaban mirando.

--¡Y no hay otro medio!

--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?

--¡Virgen santísima!

--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio

bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la

espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre.

¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco

luises de oro que ganar!

Nadie de los del grupo contestó.

--¡Diez luises!--dijo Magdalena.

Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso

ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!

--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!

El mismo silencio.

--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.

El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había

notado al llegar.

Javert continuó:

--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para

levantar un carro como éste con la espalda.

Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las

palabras que iba pronunciando:

--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre

capaz de hacer lo que proponeis.

Magdalena se estremeció.

Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de

Magdalena:

--Era un presidiario.

--¡Ah!--exclamó Magdalena.

--De Tolón.

Magdalena palideció.

Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz

Fauchelevent rugía y aullaba.

--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier

cosa! ¡Ah!

Magdalena miraba en torno suyo.

--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este

pobre viejo?

Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:

--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el

presidiario.

--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.

Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert

siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro

inmóviles, y sonrió tristemente.

Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y

antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo

ya debajo del carruaje.

Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.

Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso,

intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las

rodillas. Gritábanle:

--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!

El viejo Fauchelevent mismo exclamó:

--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya

lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?

Magdalena no dijo una palabra.

Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado

hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de

debajo del carro.

De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué

levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril.

Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era

Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.

Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando

fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El

viejo Fauchelevent estaba salvado.

Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus

vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El

viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba

en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando

su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.

VII

=Fauchelevent, Jardinero en París=

Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor

Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida

para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba

servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana

se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de

noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro

vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo

muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor

Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su

cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas

del cuartel de San Antonio de París.

Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La

primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda

que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió

una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo

olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó

el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían

imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con

el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 16 / 64 段