Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor
Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos
años.
El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los
periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con
todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.
Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la
tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas
y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado
una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto
á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de
nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario,
poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia
que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su
tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta
de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse
del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y
venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que
somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos
cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto
más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad
y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel,
pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la
vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos
mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el
ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta
algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor!
¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay
certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella
alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es
la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á
vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto
hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce
debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña,
tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros
brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa
obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie
cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí,
siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño
y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí
está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo
de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas
que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la
voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo
desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se
siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.
Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de
su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor
Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el
sombrero.
Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca
del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún
parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_,
díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor
Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la
nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella
ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena,
pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el
adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le
hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le
dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran
mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:
--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de
D***?
Él contestó:
--No, señora.
--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?
Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí
lacayo de su familia.
Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que
pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca
de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y
después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo
decían unos á otros, así es que pasaban muchos.
V
=Vagos relámpagos en el horizonte=
Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron.
Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa
especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus
correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo
murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último
completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial,
y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor
alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta
otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran
los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él
terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba
á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía
encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un
contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó
á extenderse por todo el país.
Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró
absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena,
continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable
le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en
ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como
todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa
fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no
se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio
de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo
de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de
cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente
al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de
la presencia del hombre-león.
Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle,
tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía
que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de
plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con
un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con
la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo
lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el
inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría
traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he
visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.
Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que,
por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.
Llamábase Javert y era de la policía.
Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de
inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert
debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet,
secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto
de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del
gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor
Magdalena.
Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica
con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert
tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.
Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos,
se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de
la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de
la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta
verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra
hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están
en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces,
igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.
Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de
nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles
de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos.
Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les
ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al
contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio,
Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la
educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un
alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.
Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre
aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad
anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible
no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.
Hecha esta observación, prosigamos.
Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre
se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más
fácil decir quién era el inspector Javert.
Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de
loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que
en creciendo devore á los pequeños.
Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.
Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan
la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se
encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás
en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de
ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan;
no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo,
sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de
probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de
gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á
los cuarenta años era inspector.
Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del
Mediodía.
Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que
hemos aplicado hace poco á Javert.
El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos
profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos
enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la
primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual
era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse,
dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se
formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si
fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de
presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha
mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas;
entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de
cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión
de mando feroz.
Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como
relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de
exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á
sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa
que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe
ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado,
desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de
desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el
dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por
una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado
jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente
perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente
partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley
humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar
demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad.
Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como
los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así
taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras:
velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el
mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus
funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que
caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de
presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera
hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la
virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación,
castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable;
la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una
vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto
encarnado en Vidocq.
Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se
esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época,
salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras,
no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la
frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que
se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro
la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas;
no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en
llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como
de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta,
una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.
En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los
libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto
se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.
No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho
de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente
estaba unido á la humanidad.
Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella,
clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia
designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo
pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert
apareciendo, les petrificaba.
Tal era aquel hombre formidable.
Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena.
Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado
por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor
importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni
le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada
y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla
bondad.
Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado
secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran
por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores
que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y
algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas,
que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre
cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo
mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado
sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado
se le hubiese roto.
Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido
de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede
haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es
propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado,
desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el
bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.
Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila
serenidad de Magdalena.
Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta
impresión en Magdalena.
He aquí el motivo.
VI
=Fauchelevent=
Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M*
sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse
á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent,
acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.
Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor
Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad,
Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba
cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había
visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él,
maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo
que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á
Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y
un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero
para poder vivir.
El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse.
El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido
verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba
sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El
pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de
arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una
ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible
salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo.
Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado
á buscar un gato.
El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.
--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún
buen hombre para salvar á este pobre viejo?
Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:
--¿No hay un gato de albañil?
--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.
--¿Cuánto tardará en estar aquí?
--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en
casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto
de hora.
--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.
Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el
carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del
viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría
rotas las costillas.
--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los
artesanos que estaban mirando.
--¡Y no hay otro medio!
--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?
--¡Virgen santísima!
--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio
bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la
espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre.
¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco
luises de oro que ganar!
Nadie de los del grupo contestó.
--¡Diez luises!--dijo Magdalena.
Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso
ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!
--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!
El mismo silencio.
--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.
El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había
notado al llegar.
Javert continuó:
--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para
levantar un carro como éste con la espalda.
Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las
palabras que iba pronunciando:
--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre
capaz de hacer lo que proponeis.
Magdalena se estremeció.
Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de
Magdalena:
--Era un presidiario.
--¡Ah!--exclamó Magdalena.
--De Tolón.
Magdalena palideció.
Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz
Fauchelevent rugía y aullaba.
--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier
cosa! ¡Ah!
Magdalena miraba en torno suyo.
--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este
pobre viejo?
Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:
--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el
presidiario.
--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.
Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert
siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro
inmóviles, y sonrió tristemente.
Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y
antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo
ya debajo del carruaje.
Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.
Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso,
intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las
rodillas. Gritábanle:
--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!
El viejo Fauchelevent mismo exclamó:
--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya
lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?
Magdalena no dijo una palabra.
Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado
hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de
debajo del carro.
De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué
levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril.
Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era
Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.
Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando
fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El
viejo Fauchelevent estaba salvado.
Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus
vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El
viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba
en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando
su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.
VII
=Fauchelevent, Jardinero en París=
Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor
Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida
para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba
servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana
se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de
noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro
vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo
muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor
Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su
cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas
del cuartel de San Antonio de París.
Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La
primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda
que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió
una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo
olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó
el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían
imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con
el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.