Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de

haber sido _Clélie_, no era más que _Lodoïska_, siempre noble, pero más

vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora

Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy

Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar

de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la

inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba

de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había

dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie

de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos

alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un

tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault

Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga,

ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó

quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente

llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela,

no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos

que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las

necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la

pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no

sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no

llamarse más que Azelma.

Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo

y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y

que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto

al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma

social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se

llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes

todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece

el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el

aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible

penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa

aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución

francesa.

III

=La alondra=

No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.

Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier

había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente,

necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte

de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde

que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no

ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad,

tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar,

la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de

harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor

que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran

generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa

en una cazuela de madera igual á la de ellos.

Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur

M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los

meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban

invariablemente: Cosette está muy bien.

Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para

el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había

terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué

quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole

doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y

que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.

Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La

madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía

que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre

puede tener alguna parte mala.

El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se

lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire

que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie,

tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias

que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette,

es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas

y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes,

recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las

caricias.

No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una

lluvia de castigos violentos é inmerecidos.

Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de

Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo

continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como

en un rayo de aurora.

La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas

también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre.

Son de menor tamaño, nada más.

Pasóse un año, luego otro.

Decíase en el lugar:

--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y

mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!

Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su

madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo,

que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no

podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la

criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore

mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus

tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince

francos.

De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.

Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos

niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años,

fué ya la criada de la casa.

Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los

sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto,

por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano,

hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años,

según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba

para vivir y robaba?».

Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones,

el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los

Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la

madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien,

dejando algún mes en descubierto.

Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años,

no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y

fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada.

Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada

paso la Thénardier.

La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto

fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos,

porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.

Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había

cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal

agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme

entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes

ojos.

En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que

gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel

pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y

tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo;

cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.

Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.

LIBRO QUINTO

DESCENSO

I

=Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros=

Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil,

parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde

estaba? ¿qué hacía?

Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó

su camino hasta llegar á M* sur M*.

Recordemos que esto pasaba en 1818.

Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había

cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de

miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.

Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos

industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.

Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi

diríamos subrayar.

De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la

imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania.

Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las

materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió

á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera

de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre,

un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado

sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para

los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á

la chapa, á los colgantes soldados á la misma.

Este pequeño cambio había producido una revolución.

Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el

precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente,

elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo

lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el

tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho

del industrial.

Así es que una idea producía tres resultados.

En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico,

lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los

que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el

departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca

cosa.

Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos

centenares de francos todo lo más.

Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa

fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de

la comarca.

Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y

el lenguaje del obrero.

Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en

la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre,

el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de

declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se

precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños,

que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual

hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo

su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_.

II

=Magdalena=

Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen

sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.

Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había

reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro

de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro,

encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante

comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío

Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran

fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para

mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la

seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á

los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos

probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y

que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En

este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y

estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur

M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes.

Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era

providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en

el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran

movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y

la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que

fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que

no encerrase un poco de alegría.

El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa:

ser hombre honrado, ser honrada mujer.

Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa

y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un

simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su

principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros,

que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre,

en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos;

pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había

empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.

El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está

dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él

vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada;

mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de

su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á

su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó

admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado,

son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una

sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de

socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un

centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban

familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.

Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un

atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país

antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron:

«Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel

hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa

muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los

domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes,

no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que

había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de

las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre

de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á

puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico

industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió

en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un

confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición,

en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una

_carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así

como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas

en el hospital, y fueron ya doce.

Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de

que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos

servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el

rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso»

al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por

todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el

vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después

apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío

Magdalena renunció.

Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento

inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria;

fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor,

caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah!

ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.

Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron

satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.

Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían

todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan

cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en

particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta

gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de

sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena;

sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío

Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente.

Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él.

«La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había

en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros

tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le

invitaban. Á ninguna asistía.

Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre

ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría

como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».

Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante.

Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso.

Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y

cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.

En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios

que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión

de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de

la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia;

todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le

suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que

aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación,

fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual

exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es

útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_

Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había

llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor

alcalde.

III

=Sumas depositadas en casa Laffitte=

Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer

día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un

obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un

sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado

hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello,

vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba

de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por

calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de

él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.

Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía.

Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los

libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo

con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu.

Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año

su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.

Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras

veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su

tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había

tirado á un pajarillo.

Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa.

Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello;

levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por

los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos

al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los

chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una

nube de mosquitos.

Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía

toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él

aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros

é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y

á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes,

en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía

«recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola

de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba

una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo

de Berbería que hacía entrar.

Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar

ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas

diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si

se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una

legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el

cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo.

Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para

los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da

brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un

hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede

ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra,

ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á

medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es

todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad;

se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se

parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened

esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino

malos cultivadores.

Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy

lindos con paja y cáscaras de coco.

Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba

los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia

ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los

amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros

al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus

pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo.

Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración

hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban

junto al borde del obscuro abismo de la muerte.

Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como

se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en

las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo

se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta

había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre

hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo

primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El

«ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.

Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no

tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».

Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando

que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda

de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de

tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien

algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le

dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por

ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta

de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una

habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos,

como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada

había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua,

colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de

plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de

los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos

que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de

ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.

Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa

Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata

disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede

llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus

dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó

tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó

cuarenta mil francos.

IV

=El señor Magdalena de luto=

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 15 / 64 段