apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según
el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres.
Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres
llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres
y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando
nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores
reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la
cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia
donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el
campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido.
Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard.
La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois
vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en
la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón
de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como
todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó
consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos.
Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta
os molesta, rompedla. Adiós.
«Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis,
por lo tanto, rencor.
«Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.
_Post scriptum._--La comida está pagada».
Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.
Favorita rompió el silencio la primera.
--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.
--Muy graciosa,--dijo Zefina.
--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.
Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la
historia.
--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.
--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!
--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.
Y echáronse á reir.
Fantina rió como las otras.
Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.
Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á
Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.
NOTAS:
[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere.
LIBRO CUARTO
CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE
I
=Una madre que se encuentra con otra=
Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto
á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era
propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y
mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la
puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado
algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba
grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas,
y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo
todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la
siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.
Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón.
Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que
obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una
tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto
la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.
Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven
en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y
troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de
hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas
desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado,
deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los
carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas,
los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y
sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas
catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el
orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado
Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber
de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido
arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y
sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera
sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.
¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en
la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse
de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de
instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que
no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se
encuentran.
El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al
suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un
columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas
graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera,
y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más
pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una
madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he
aquí un juguete para mis niñas.
Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero,
irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas;
sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era
castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables
arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los
transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho
meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza
de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas,
amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón,
negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de
ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una
caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la
madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante
á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo
bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con
aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad;
á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido
que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol
poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel
capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un
columpio de querubines.
Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de
falsete, una canción célebre entonces:
Ha de ser, dijo, un guerrero
La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo
demás que pasaba en la calle.
No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera
estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:
--Allí tenéis dos hermosas criaturas.
Á la bella y tierna Imogine...
Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.
Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía
también una criatura que llevaba en brazos.
Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.
La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan
verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á
las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un
cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes
en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo
blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando
de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las
manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que
habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.
Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos
de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en
ellos.
En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje
mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era
joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus
cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes,
pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada,
estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los
dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos
parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su
aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus
brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á
sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los
inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle.
Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice
endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera
lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina.
Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No
obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza.
Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba
ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo
tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la
locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase
desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á
la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que
engalanaran.
Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».
¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.
Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde
luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres
se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado
si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas,
lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado
sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son
irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre
de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por
sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía,
había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los
encontró luego cerrados.
No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber
escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma;
hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés,
luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna.
Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay
por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de
hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría
también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar
en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en
sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar
en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta,
pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el
pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de
caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor;
lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su
ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la
conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su
falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una
separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba,
pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos,
poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente
al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su
seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á
su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había
vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y
después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle
aproximadamente ochenta francos.
Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera,
dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas
pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el
mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo
más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual
había fatigado su pecho y tosía un poco.
Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés,
concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de
Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico,
elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre.
Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á
trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se
llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París,
encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.
Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas,
tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto,
deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.
Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para
aquella madre.
Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles
es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón
el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran
evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente
enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento,
entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase
que acabamos de leer:
--Tenéis allí dos hermosas criaturas.
Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus
pequeñuelos.
Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte
á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el
umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.
--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los
dueños de esta hostería.
Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:
Ha de ser, soy caballero
Y voy á la Palestina.
Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes
apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa
rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas.
Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las
imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era
joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que
estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal
vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá
asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo
tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de
estar de pie, influye en el destino.
La viajera refirió su historia algo modificada.
Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en
París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido
de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija,
sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble,
había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie;
que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan
tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla
nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido.
Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La
niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y
miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los
pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante
nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que
nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre
procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de
un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las
otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la
lengua y torciendo el gesto en señal de admiración.
La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y
dijo:
--Ea: jugad las tres.
Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto,
las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en
el suelo, inmenso placer.
Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba
escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía
de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El
mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por
una criaturita.
Las dos mujeres seguían en su conversación.
--¿Cómo se llama vuestra pequeñita?
--Cosette.
Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la
madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las
madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es
éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la
ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había
llegado á hacer de Teodora, Gnon _(ñon)_.
--¿Qué edad tiene ahora?
--Va á cumplir tres años.
--Como la mayor de las mías.
Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de
profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un
gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía
extasiadas.
Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres
cabezas en una aureola solamente.
--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan
enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas!
Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó
entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:
--¿Queréis cuidar de mi hija?
La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un
consentimiento ni una negativa.
La madre de Cosette prosiguió:
--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El
trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en
ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país.
Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería.
Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas,
he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el
reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas.
Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?
--Será preciso ver,--dijo la Thénardier.
--Os daré seis francos al mes.
En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:
--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.
--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier.
--Os los daré,--dijo la madre.
--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de
hombre.
--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al
través de estos números, seguía tarareando vagamente:
Ha de ser, dijo un guerrero.
--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para
llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y
en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.
La voz de un hombre repuso:
--¿Tiene la niña ajuar?
--Es mi marido,--dijo la Thénardier.
--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro!
Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un
ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora.
Ahí lo traigo, en mi saco de noche.
--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre.
--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería
poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!
La figura del hombre apareció.
--Está bien,--dijo.
El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió
su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche,
desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la
mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se
arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego!
Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y
vínose diciendo:
--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.
Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.
--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence
mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido
aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con
tus niñas.
--Sin duda,--dijo la mujer.
II
=Primer esbozo de dos figuras sombrías=
El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin
embargo aunque el ratón sea flaco.
¿Qué eran los Thénardier?
Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.
Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes
groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se
encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la
que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios
de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del
moderado orden del artesano.
Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría
las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía
la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un
perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible
degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la
senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente
hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando,
cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad,
empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura
creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta
naturaleza.
El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los
fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para
desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos.
Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente.
Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder
de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su
mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier
gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su
pasado, y sombras misteriosas en su porvenir.
Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento,
decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se
había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que
había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de
armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo
todo; mal.