los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro
del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el
conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba
á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera
del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso
de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba
demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía,
«buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense
al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más
francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber
mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy
propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue
la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y
realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es
el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la
patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado!
sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en
clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre,
hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se
crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su
soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá
bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á
estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló
en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría.
Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no
tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis
XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo.
Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á
nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.
VI
=Capítulo de amor=
Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros
con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos
de sobremesa humo.
Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía
Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había
comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á
Blachevelle, y le decía:
--Blachevelle, te adoro.
Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:
--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?
--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si
dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te
remojaría y te haría prender...
Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en
su amor propio. Favorita repuso:
--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.
--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!
Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente
sus ojos.
Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el
murmullo:
--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?
--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo
nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que
vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se
ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores.
Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya
se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío,
¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto
llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda
encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo,
pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya
veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo
de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico!
Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me
dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_.
No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico!
¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante,
yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!
Favorita se paró un momento, y prosiguió:
--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más
que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca;
Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes
en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_,
como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es
horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me
hace aborrecer la vida.
VII
=Sabiduría de Tholomyés=
Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos
al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés
intervino.
--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado
aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de
improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se
derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos
la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito
á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está
perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones
y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia
de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del
parecer de Talleyrand.
Una sorda rebelión recorrió el grupo.
--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.
--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.
--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.
--El domingo existe,--repuso Fameuil.
--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.
--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_.
--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.
Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á
un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón.
Todas las ranas se quedaron mudas.
--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su
imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger
este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad
no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es
el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero
el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde
de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra
una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de
mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada
más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la
humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de
palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés
acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de
Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la
batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne,
palabra griega que significa cucharón.
Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo
repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en
agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo
reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable
un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._
Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los
pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de
pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería
castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el
encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente;
cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que
es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á
tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece
urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y
ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe,
en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza
en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan
mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la
cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en
latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento,
en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio,
porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la
indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo
la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix
Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la
hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como
Sila ú Orígenes.
Favorita escuchaba con profunda atención.
--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere
decir Próspero.
Tholomyés prosiguió:
--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir
ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada
más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar
á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en
gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones
de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta
rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de
yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor
de saturno y reparaos con oxicrato.
--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.
--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del
que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida
y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La
serpiente es para ella el tendero de enfrente.
--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!
--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.
--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.
--¡Consiento!--respondió Tholomyés.
Y levantóse llenando nuevamente su vaso.
--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas,
esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal
tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de
Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las
Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran
zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de
amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores
está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y
embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de
las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino
para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha
dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras,
á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada;
seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una
hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado
alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle,
por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de
medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas.
Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó,
fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor
griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los
labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca.
Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú
has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela
como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres
tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer
hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la
poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre.
Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su
nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy
un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar
jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja
pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de
vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la
mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una
visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de
ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas,
pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla
el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos
en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más
pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á
decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima
rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en
ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh
Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer
del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el
casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro:
Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas.
Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo
cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que
las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos
llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto:
vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una
sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca.
¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el
azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y
es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de
las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la
solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de
ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo
tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres:
señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el
menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay
amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las
hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura
femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito.
Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La
mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo
las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne
como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas
las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de
Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El
enemigo lo tiene».
Tholomyés se paró un momento.
--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.
Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil
entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller,
compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas,
vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del
viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como
el calor mismo.
He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:
Los pavos padres le dieron
Dinero á un agente
Para hacer, por San Juan, papa
Á Clermont Tonerre.
Pero Clermont no fué papa
Porque no era clérigo;
Y el agente regañando
Devolvió el dinero.
No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de
Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:
--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni
poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la
alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la
locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano
el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda
creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son
admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou
gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la
calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos!
¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar
los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me
complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva
y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo
es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha
estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!
Y equivocándose, abrazó á Favorita.
VIII
=Muerte de un caballo=
--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.
--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es
más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.
--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.
Blachevelle insistió:
--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata,
y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el
hueso.
--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.
En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos,
visible desde las ventanas de casa Bombarda.
Hubo una pausa.
--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos
discutiendo...
--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.
--Disputábamos sobre filosofía.
--¿Y era?
--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?
--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.
Dada esta sentencia, bebió y continuó.
--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra,
puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses
inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo
inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía
aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja
de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo
con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de
Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el
nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y
el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y
siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.
Fameuil interrumpió nuevamente:
--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?
--Ber...
--¿Quién?
--No, Choux.
Tholomyés prosiguió:
--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera
cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme
una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y
Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada
nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub
sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y
Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se
embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra.
¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en
que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte
rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora.
Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos
de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut.
Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á
Prometeo.
Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo
no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe,
la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y
flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una
carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el
escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El
incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero,
jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía
acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable
latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no
volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre
auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para
terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:
Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros
Destino semejante;
Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo,
El espacio de un: «arre».
--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.
Y Dalia exclamó:
--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse
mayor tontería!
En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza
hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:
--¡Bien! ¿Y la sorpresa?
--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores,
la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un
momento.
--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.
--En la frente,--añadió Tholomyés.
Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego,
alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la
puerta.
Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.
--Esto es ya divertido,--dijo.
--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.
IX
=Gracioso fin de la alegría=
Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose
en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas
con otras.
Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo;
volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que
desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade
semanalmente los Campos Elíseos.
--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.
--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.
--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.
--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.
Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que
circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los
grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido.
Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas
las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los
Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por
la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de
negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme
á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que
desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en
pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del
chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una
furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita
exclamaba:
--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el
diablo las lleva.
Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía
fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse,
volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.
--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban
jamás.
Favorita se encogió de hombros.
--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por
curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que
yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando
paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve
todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.
Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de
quien despierta.
--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?
--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?
--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.
Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en
la sala.
Traía algo en la mano que parecía una carta.
--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.
El mozo respondió:
--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.
--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?
---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que
dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.
Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente,
una carta.
--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito
en el sobre:
AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA
Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).
«¡Amadas nuestras!