Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre,
antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor
ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió
en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la
rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello
resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la
saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia
mística, entró en su casa y le dijo:
--¿No me conocéis, verdad, señorita?
--No.
--Pues soy tu madre.
Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo
que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa.
Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita,
se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro,
descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo
mal de su hija.
Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y
hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas.
¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa
no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había
conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir:
«sí, señor».
Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes
amores van siempre acompañados de tales amistades.
Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que,
salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia,
eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.
¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma
parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de
Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.
Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.
Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del
fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra
social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido.
Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le
conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba
así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento
existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la
tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia.
Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró
de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como
recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla
la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había
entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se
puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se
fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo
el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes.
Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su
cabeza y en su boca las perlas.
Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también
el corazón su hambre, amó.
Amó á Tholomyés.
Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas
por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los
principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del
Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido
mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe
una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la
égloga.
Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era
Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.
Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía
cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez
escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor
de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á
tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente:
_coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya
bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se
extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos,
sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con
risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por
todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en
retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le
habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier
objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura,
lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y
calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir
hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?
Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el
oráculo, les dijo:
--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos
están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida
solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así
como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o
miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me
dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al
mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes.
Creo que ha llegado el momento. Hablemos.
Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan
chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en
los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba
Blachevelle: ¡Vaya una idea!
Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose
entre aquella neblina el resto de la conferencia.
El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo
que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes
invitaron á las muchachas.
III
=Cuatro y cuatro=
Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace
cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los
mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida
circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en
lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de
vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París
de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.
Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras
campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las
vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera,
Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente
á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un
buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana.
Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco
y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua!
Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía;
jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque;
subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta
del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux,
compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de
manzana, en fin, fueron dichosos por completo.
Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un
delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con
regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida!
¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las
ilusiones!
¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente
haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas,
á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un
cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado
riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia,
en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os
detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han
puesto!
Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se
presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor,
por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y
sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos
míos._
Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico,
en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor,
el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de
Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó:
_Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de
Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante
todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando
valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el
entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad
las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando
juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un
punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose
mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros
_keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por
las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así
es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina
y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una
discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la
diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.
Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo
los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.
Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba
entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura
en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón
de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un
magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una
cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada
sagrado fundaba al mismo tiempo.
--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta
veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!
En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura
había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.
Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja
cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia,
acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola
continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar
la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un
modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados
como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á
los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este
atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado!
Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba
un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color
de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su
blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina,
invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase
_quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa
buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas,
como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano,
bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y
atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la
rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y
sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo
incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido
por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez
concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en
nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor.
Es lo lógico.
Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto,
grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos
admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y
allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y
frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y
suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un
voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado
por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose
fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una
estatua, y en la estatua un alma.
Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes
misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en
todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través
de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada.
Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos
aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el
ritmo es el movimiento.
Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.
Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que
de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la
edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión
de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto
asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los
dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas
del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella
rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el
reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad
seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos,
y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura
se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente,
del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada
severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente,
su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante
del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del
rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del
labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo
misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies
de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.
Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta
misma.
IV
=Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=
Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda
la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud
embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el
follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas
al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se
precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto
parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.
Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre
las flores y los árboles, resplandecían.
Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo,
bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos
con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas,
recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de
ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia
meditabunda y esquiva que le era propia.
--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.
Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un
llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por
do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que
hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa
eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente,
y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la
popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el
ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el
populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á
esa hada.
Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una
transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses.
Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que
parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de
soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca,
todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un
grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener
fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis
sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama
Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos
envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y
de Urfé los mezcla con los druidas.
Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se
conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la
India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella
época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito
de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y
sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual
hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores.
Siempre estaba cercado de admiradores.
Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y
ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy
tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales,
posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto
de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta
en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete
de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó
de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran
columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate
de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra,
lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las
faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano
Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de
Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_,
inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo
sobre una cuerda entre dos árboles:
Soy de Badajoz.
Amor me llama.
Toda mi alma,
Es en mis ojos,
Porque enseñas
Á tuas piernas.
Fantina solamente, se negó á ser columpiada.
--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.
Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose,
siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta
la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde
las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse
en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso
de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por
las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las
alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de
los árboles de los Campos Elíseos.
De cuando en cuando, Favorita exclamaba:
--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.
--Paciencia,--respondió Tholomyés.
V
=En casa de Bombarda=
Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava,
á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda,
sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista
Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto
al pasaje Delorme.
Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á
causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso
contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se
podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente;
un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos
mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros
de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al
rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas;
jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la
mesa, y no escaso desorden debajo:
Bajo la mesa había
Un barullo de pies que estremecía.
dijo Molière.
He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella
gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito
se extinguía.
Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que
luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly,
aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro.
Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de
corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly;
la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba
sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada
nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres
paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una
cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera
de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y
recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos
una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien
Días, la cual tenía el siguiente estribillo:
Devolvednos nuestro padre de Gante;
Devolvednos nuestro padre.
Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos
igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre
el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas
y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban
tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse
mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz
innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una
memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al
rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas
palabras:
«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales
gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias
es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se
necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros
granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la
capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población
en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es
más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En
suma, es una canalla bastante buena».