En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre

ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había

en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su

aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que

advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida?

Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne

de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en

lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso,

por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó

descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno,

era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era

indispensable que fuése un monstruo.

Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho

otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo

esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa

la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en

estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas

ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y

servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y

casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama

presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado

viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida

futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y

radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad,

dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del

sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.

Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era

que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en

él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese

hablado ni le hubiese conmovido.

En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le

había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de

seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como

á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado

del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en

estática _fuerza adquirida_? Era esto, y era menos todavía que esto,

tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no

había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por

instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras

la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y

nuevas.

Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción,

Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.

Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación

como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había

hecho una cosa de la que no era ya capaz.

Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él

un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en

su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas

obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se

hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia,

precipitando un elemento y clarificando otro.

Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el

que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para

devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é

imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy

un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces

separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un

fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en

la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la

espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de

proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.

Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto

visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver

verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí.

Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le

horrorizaba.

Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin

embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa

es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno

lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de

nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.

Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y

al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en

ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á

tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz

que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que

aquella antorcha era el obispo.

Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante

ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro

que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos

singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su

ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo

á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto

en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo.

Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios

del alma de aquel miserable.

Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró

sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.

Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro

una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á

la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su

embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida

á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo,

la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un

chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que

había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual

se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces

jamás había visto.

Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin

embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre

aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.

¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado?

¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado

que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella

época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de

la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en

actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á

la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.

NOTAS:

[1] Patuá de los Alpes franceses. _Gato de ladrón._

[2] Dos pesetas moneda española.

LIBRO TERCERO

EN EL AÑO 1817

I

=El año 1817=

Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no

carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué

también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas

las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave

real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la

época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los

domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los

Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y

su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha

hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el

siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814,

entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De

ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro

á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas

á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de

blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar

del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos.

Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el

paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.

En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier

reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso.

Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La

legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza,

á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.

El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado

para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos

augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la

federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo,

Luis le había ayudado como diácono.

En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte

(Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia,

y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas

y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes

habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban

esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los

vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de

aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs,

habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.

El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes

de junio en el campo de _Marzo_.

Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire

Touquet, y la tabaquera de la Carta.

La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien

había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores.

Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias

de la desgraciada fragata _Medusa_, que debía cubrir de mengua á

Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á

Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la

calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en

la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de

madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la

marina de Luis XVI.

La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete

tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N.

del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente

del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de

Austerlitz y el jardín de Plantas.

Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que

se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía

además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.

La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura

el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase

germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los

sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand

llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado

Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora

Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto

dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real

decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque

de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema

acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo

cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.

Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si

debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban

los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos

de las calles.

El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una

verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa

de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban

_l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano

amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el

emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.

Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia,

y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto

madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars.

Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se

había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era

constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_.

Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del

gran escritor.

En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á

los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y

Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad

también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro

que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus

manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no

es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo

David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir

las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos

realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto

al desterrado.

Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_,

ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_,

separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido

convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada

por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el

terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el

pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba,

en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la

monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas

graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y

de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano

y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de

Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie

se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto

liberal, dominaba.

Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número

27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus

cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo,

y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase

los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo

que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su

secretario.

La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor

de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa

Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban

colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis,

de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra

policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana

del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque

de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de

húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones,

gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su

costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué

es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague;

el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor

Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.

El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no

había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos

Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber

sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA

EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de

Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero

Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de

Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores»,

decía aquel infeliz editor.

Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del

siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria;

escribiéndose sobre ello este verso:

Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.

El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de

Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de

Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán

Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime

teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la

posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro

de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar;

una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos

términos: _un tal lord Barón_.

David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba

con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón

(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado

Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.

Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el

ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las

Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de

poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de

un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses

veían indiferentes semejante inutilidad.

El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado,

hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á

quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San

Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor

Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y

discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con

los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.

Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se

esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles

de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los

mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria

de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata)

se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo

obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la

polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que

acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo

por Royer-Collard.

Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente

de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado

el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La

justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de

Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que

deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose

el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.

Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían

pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la

recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor

cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de

Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada,

ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito

en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos:

_Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse

antes de salir).

He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año

1817, hoy día olvidado.

La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no

puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos

detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad

pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la

fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.

Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una

linda gracia».

II

=Doble cuarteto=

Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero

de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice

estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.

Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha

visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos;

ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles;

bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares

cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún.

_Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar

viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era

escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer

hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas

de ganar la batalla de Waterloo.

Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el

otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el

último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su

damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado

en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por

nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina,

contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia,

por sus hermosos cabellos color de sol.

Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas

perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían

aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos

pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad

del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la

mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que

llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la

vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos

que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más

acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la

Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.

Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar

otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda

de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer

capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero.

Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra

lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su

compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas

mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les

arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é

inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 11 / 64 段